sanciones

Esta semana hemos sabido que los ingresos por petróleo de Irán desde marzo pasado han caído hasta un 50% debido a las sanciones impuestas por la Unión Europea, Estados Unidos y otros países occidentales. Así lo aseguró, al menos, el ministro de Economía iraní, Shamsedin Huseini, y debe de ser cierto, ya que solo un par de días después, el viceministro de Relaciones Exteriores, Hossein Amir Abdollahian, se apresuró a desmentir a su colega: «La información sobre la reducción de las exportaciones de petróleo iraní no es fiel a la realidad. Algunos estados compran menos petróleo iraní, pero el petróleo iraní tiene un mercado global diversificado», afirmó el viceministro. El diplomático reconoció que las sanciones han creado «algunas dificultades» para el país, pero enfatizó que «Irán tiene una economía desarrollada y, por lo tanto, no ha sentido de manera notable el efecto de las sanciones». Estas declaraciones fueron hechas durante una rueda de prensa en Moscú y recogidas por la cadena rusa RT (antigua Russia Today), cercana al Gobierno ruso y bastante crítica con Occidente y las sanciones.

La respuesta del régimen iraní forma parte del juego propagandístico que suele acompañar a la imposición de sanciones internacionales a un país. Ocurrió con el Irak de Sadam Husein y lleva décadas ocurriendo con Cuba. A principios de este mes, sin ir más lejos, el Gobierno de la República Islámica tildó las sanciones de «ridículas», destacando que la comunidad internacional no cumple «las directrices de EE UU» sobre las mismas, ya que sería «contraproducente para sus intereses», y añadiendo la consabida consigna de que Teherán «ha convertido las amenazas en oportunidades» y «ha ampliado su cooperación con los países de la región al tiempo que mantiene su independencia».

¿Están haciendo efecto entonces las sanciones o no? En lo que respecta a su objetivo último, es decir, ejercer presión política sobre el régimen, la respuesta es que no mucho. La excusa de las sanciones actuales es persuadir a Teherán para que abandone su programa nuclear, un programa destinado, según los gobiernos que han impuesto esas sanciones, a construir bombas atómicas. Sin negar que pueda existir un temor más o menos fundado a que esto sea cierto (Irán lo desmiente), una razón más de fondo es, también, ir abonando poco a poco el terreno para una eventual caída del régimen mismo, ya sea por motivos bienintencionados (la República Islámica no es precisamente un modelo en lo que respecta a los derechos humanos) o por motivos no tan nobles (Irán es una amenaza para los intereses políticos y económicos occidentales en Oriente Medio, una potencia discordante en la región, el gran enemigo de Israel y un factor de desequilibrio constante en el vital ajedrez petrolero que juega Occidente con Arabia Saudí y los países del Golfo, sus grandes rivales en la zona). En cualquier caso, el Irán de los ayatolás ha estado bajo sanciones unilaterales estadounidenses desde la creación de la República Islámica en 1979, y ahí sigue.

Donde sí están teniendo efecto las sanciones (no solo las impuestas por la ONU, sino también, y especialmente, las petroleras y financieras decretadas por EE UU y la UE) es, como suele ocurrir, entre la población. Irán no está sufriendo la terrible escasez ni el hambre que padeció Irak hasta que llegaron los parches envueltos en corrupción del famoso programa Petróleo por Alimentos, pero las consecuencias empiezan también a notarse.

Las sanciones financieras impiden que se realicen transferencias y operaciones bancarias entre Irán y otros países, y ello ha causado una escasez de reservas de divisas fuertes (dólares, euros), que impide a Teherán importar muchas mercancías y productos que, en teoría, no están sujetos a sanciones. Entre ellos, fármacos y equipos médicos. Hace aproximadamente un mes, una representación de los medicos iraníes pidió expresamente al secretario general de la ONU que esta organización facilitase una «exención eficaz» de los medicamentos y los alimentos de las sanciones financieras impuestas al país, «por el dolor y el sufrimiento que causan a la población». La carta dirigida a Ban Ki-moon llegaba después de que los medios locales iraníes hubiesen estado difundiendo noticias sobre la muerte de enfermos como consecuencia de la escasez de medicamentos, en especial los destinados al tratamiento de enfermedades graves. Al margen del aprovechamiento propagandístico que pueda hacer el régimen de la situación, lo cierto es que, como explica la ONG Arseh Sevom, no hay un solo día en que no salga a la luz una nueva historia sobre la escasez de medicamentos en Irán y sobre cómo afecta negativamente a los iraníes, especialmente a los que requieren medicación constante.

Peor aún: A la presión que viene de fuera se suma lo que la propia Arseh Sevom denomina «el mal interior». Según la ONG, con sede en Amsterdam, durante las últimas tres semanas algunos medios locales han destacado acusaciones de mala gestión y de «manejo de importaciones» por parte del Gobierno, lo que «ha contribuido a la crisis de medicamentos» y ha «revelado corrupción e incompetencia en los más altos niveles». Hossein Ali Shahriari, jefe de la comisión de Sanidad en el Parlamento, asegura que el Gobierno «no ha prestado atención al ámbito de la salud y la medicina», y que no ha habido «casi ningún dinero» para el presupuesto y la importación de medicamentos en los últimos seis meses. A las críticas se une la propia ministra de Sanidad, Marzieh Vahid-Dastjerdi: «No sabemos qué ha pasado con las divisas asignadas a la compra de medicamentos», dice. Según la ministra (que fue objeto recientemente de una moción de censura en el Parlamento), el Banco Central iraní solo ha proporcionado el 24% del presupuesto necesario para la compra de medicinas.

Por otro lado, el Gobierno iraní, que practica el doble juego de dar publicidad al sufrimiento que causan las sanciones mientras insiste en su autosuficiencia, afirma que el 95% de las medicinas necesarias se producen dentro del país, pero no aclara cuántos de esos medicamentos producidos localmente están certificados de acuerdo con las normas internacionales.

Las sanciones económicas son siempre un arma de doble filo en la frontera de lo moralmente aceptable, sobre todo cuando es la población quien las sufre, y no los dirigentes a quienes se pretende castigar. Los regímenes sancionados, además, tienden a reforzarse y venden, a menudo con éxito, las cartas del nacionalismo y de la unidad frente a «las injusticias del enemigo exterior». En una sociedad como la iraní, sin apenas libertad de expresión, esto no resulta especialmente complicado.

Los defensores de las sanciones argumentan que, a la larga, resultan eficaces, pero la historia parece demostrar lo contrario. No es, en cualquier caso, un debate simple. ¿Acaso no merecía sanciones —no las tuvo— el régimen dictatorial de Mubarak? Por otra parte, agotadas las vías diplomáticas en un conflicto, la otra opción podría ser la militar…

Pero tal vez las sanciones tendrían una mayor justificación si no estuvieran prostituidas por los intereses comerciales. De acuerdo con las razones a las que apela Occidente para imponer sanciones, China, por ejemplo, ha dado motivos más que de sobra para recibir unas cuantas. No parece probable, sin embargo, que estadounidenses, europeos o canadienses estén dispuestos a renunciar al mayor mercado del planeta.

En el caso de Irán, además, las sanciones no se han impuesto por los atentados contra los derechos humanos o por la represión de la oposición política, sino por la posibilidad de que el país pueda llegar a fabricar las mismas armas que tienen los países sancionadores, incluido Israel.


Más información y fuentes:
» Iran: Sanctions and Shortages, Empty Pockets for Healthcare (Arseh Sevom, traducido al castellano en Global Voices: Irán: Sanciones y escasez, bolsillos vacíos para la asistencia sanitaria)
» Médicos de Irán piden a la ONU que logre la exención de medicamentos de las sanciones (Efe)
» Iran oil revenues halved by sanctions: minister (AFP)
» Irán dice que las sanciones de la UE no han afectado a sus exportaciones de petróleo (RT)
» El Gobierno iraní tilda las sanciones impuestas contra el país de “ridículas” (Europa Press)
» Las sanciones empujan a Irán a la recesión (Reuters)
» Todas las sanciones impuestas a Irán, a qué y por quién (Reuters)

Irán: El fiasco de las sanciones

Esta semana hemos sabido que los ingresos por petróleo de Irán desde marzo pasado han caído hasta un 50% debido a las sanciones impuestas por la Unión Europea, Estados Unidos y otros países occidentales. Así lo aseguró, al menos, el… Leer

Caminar en el invierno de 1994 por las calles de Damasco (o de cualquier otro lugar de Siria) se parecía bastante a recorrer un museo dedicado a la figura de un solo hombre: Basil al Asad. O, para ser exactos, a las de dos, porque a Hafez al Asad, el presidente, el gran dictador, no le hacía sombra ni su hijo, por más que ese hijo fuese el favorito, el sucesor, el mismo que, fatalidades del destino, había fallecido hacía menos de un año en un accidente de tráfico; el mismo cuya mitificada imagen de playboy (barba perfectamente arreglada, grandes gafas de sol, uniforme militar) rivalizaba casi con la de su padre, envuelta en corazones rojos y guirnaldas, y expuesta sin rubor en escaparates, farolas, paredes, llaveros, souvenirs, chapas y todo el merchandising que pueda uno imaginarse.

Maher al Asad, en 2008. Foto: M.naddaf / Wikimedia Commons

El culto a la personalidad en Siria, como en tantas otras dictaduras, era, y sigue siendo (aunque algo menos), verdaderamente espectacular. Poco después de cruzar la frontera de Jordania rumbo a Damasco, por ejemplo, aparecía de pronto, a un lado de la carretera, en lo alto de una colina, una escultura gigantesca con los brazos abiertos y estirados hacia adelante. De no ser por lo poco ortodoxo de la postura (y por el hecho de que los cristianos en Siria son apenas el 10% de la población), podría pensarse que se trataba de una especie de Cristo del Pan de Azúcar trasplantado a Oriente Medio. Pero era, por supuesto, Hafez, no tanto rugiendo como un león, que es lo que significa Asad en árabe, sino en algo más semejante a un abrazo del oso. A partir de ahí (imaginemos, por ejemplo, una estatua monumental de Zapatero nada más cruzar La Junquera), cualquier cosa era posible.

Y lo que vale para el padre, vale para la prole. La familia Asad, perteneciente a la tribu Kalbiyya y a la minoritaria secta alauí (una rama del islam que muchos musulmanes ni siquiera consideran como tal), lleva manejando los hilos del poder en Siria prácticamente desde la ascension del partido Baaz, en 1963. Durante casi 30 años, desde 1971 hasta su muerte en 2000, Hafez al Asad condujo el país con mano de hierro. Masacró a sus oponentes, convirtió Siria en una nación militarizada con lo peor de las dictaduras del otro lado del telón de acero y lo peor, también, de las dictaduras árabes; se escudó en la ocupación israelí de parte de su territorio (los Altos del Golán) para mantener durante décadas las denominadas leyes de emergencia; controló el vecino Líbano en una colonización encubierta; jugó la carta del panarabismo y de la incorruptibilidad para legitimarse en el poder y mantener unido a un país marcado por una sociedad diversa y muy fracturada, y, cómo no, se aseguró bien de instaurar en el país ese oxímoron de los oximorons que es la república hereditaria.

Basil, el primogénito (en realidad hay una hermana mayor, Bushra), había sido designado para la sucesión desde muy joven. Era jefe de la seguridad presidencial y el régimen se esforzaba, con éxito, en presentarlo como látigo de corruptos. Además, era un deportista nato, campeón, entre otras cosas, de equitación. Le perdió la velocidad. El Mercedes que conducía a primera hora de una mañana de enero de 1994 se estrelló cuando Basil se dirigía hacia el Aeropuerto de Damasco apretando el acelerador entre una espesa niebla. El puesto en la camada quedó vacante.

La familia Asad, a principios de los años setenta. De pie, a la izquierda, Hafez al Asad, y debajo, de izquierda a derecha, sus hijos Bashar y Maher, su esposa (Anisa Makhlouf), y sus hijos Majd, Bushra y Basil. Foto: Wikimedia Commons

Y es aquí donde entra en escena Maher al Asad, el menor de los cinco hijos del dictador. Porque, pese a que en la «sucesión natural» el siguiente en la lista era el actual presidente, fue el nombre de Maher el que más sonó en un principio para ocupar el cargo en un futuro. Su perfil, simplemente, encajaba: militar de carrera, fama de duro… Y Bashar, sin embargo, era por entonces un oftalmólogo no muy interesado en la política, que estaba ampliando sus estudios en Londres.

Pero Hafez, sin embargo, se decidió por la «cara amable» (ya estamos viendo ahora que salió rana) y prefirió no jugársela con el menor de sus hijos. Maher quedó fuera, según unos por ser demasiado joven aún, y según otros porque ya por entonces tenía fama de «inestable».

Considerado «hombre de excesos», Maher es, efectivamente, un tipo duro. Según se cuenta, en 1999, por ejemplo, le pegó un tiro a un general durante una disputa de carácter personal. El general, por cierto, era su cuñado.

Un año después, Maher aparece como la principal voz que acabó de persuadir a su hermano Bashar para que éste pusiera fin a las reformas que, en principio, parecía dispuesto a llevar a cabo tras la muerte de su padre. Y en 2005, para completar el currículum, un informe de la ONU le cita como uno de los posibles responsables del plan para asesinar al entonces primer ministro del Líbano, Rafik Hariri.

La familia Asad, a principios de los años noventa. En el frente, Hafez al Asad y su esposa, Anisa. Detras, de izquierda a derecha, Maher, Bashar, Basil, Majd y Bushra. Foto: Wikimedia Commons

Ahora, Maher, de 43 años, es el comandante de la 4ª División del Ejército, el hombre fuerte de la Guardia Republicana (la fuerza de élite que protege al régimen de las «amenazas internas»), y se le considera el principal responsable de la brutal represión contra la revuelta popular que está sacudiendo el país. Maher es el número dos del régimen. Y es, además, el primero de la lista de 13 personalidades del gobierno sirio que han sido sancionadas este martes por la Unión Europea, debido a su responsabilidad en la «violencia contra los manifestantes» en el país. Las sanciones les vetan a todos ellos la entrada en territorio comunitario y autorizan la confiscación de los bienes que puedan tener en Europa.

Para muchos sirios, de hecho, es Maher, y no Bashar, el verdadero culpable de la situación, el verdugo. Envuelto en una nube de propaganda y con los medios de comunicación extranjeros vetados en el país, el presidente se sigue esforzando por aparecer como el nuevo padre que escucha a su pueblo. Bashar promete reformas, habla en el Parlamento, denuncia una conspiración conjunta de los islamistas, Al Jazeera y la prensa occidental, pide lealtad para luchar contra los que quieren acabar con un Estado laico y unido… Maher, sin embargo, es el que aprieta el gatillo.

En todas las familias, dicen, hay una oveja negra. En esta familia de ovejas negras, la oveja negra tenía que ser más negra aún. Y no parece muy probable que la prohibición de viajar a Europa vaya a devolverla al redil.

Maher al Asad, la oveja más negra aún de la familia

Caminar en el invierno de 1994 por las calles de Damasco (o de cualquier otro lugar de Siria) se parecía bastante a recorrer un museo dedicado a la figura de un solo hombre: Basil al Asad. O, para ser exactos,… Leer