Turquía

Ekrem İmamoğlu
El alcalde de Estambul, Ekrem İmamoğlu, en junio de 2019. Foto: Mark Lowen / Wikimedia Commons

El alcalde de Estambul, Ekrem İmamoğlu, fue condenado el pasado 14 de diciembre por un tribunal turco a dos años y siete meses de prisión por insultar a funcionarios en unos comentarios realizados hace tres años. El impacto de esta sentencia se dejará sentir en un acontecimiento que tendrá lugar dentro de tan solo unos meses: las elecciones presidenciales turcas.

Si el tribunal de apelación confirma la condena ‒basada en un discurso de 2019 en que el İmamoğlu supuestamente llamó «tontos» a los miembros del consejo electoral supremo de Turquía‒, el alcalde no podrá seguir ocupando ningún cargo político. Con ello, el presidente, Recep Tayyip Erdoğan, gana por partida doble: además de retomar el control de Estambul, impediría potencialmente que su mayor contrincante se presentara a las elecciones de junio de 2023.

Sin embargo, obedezca o no a motivos políticos, la sentencia podría no tener el resultado que esperan los rivales de İmamoğlu, como debería saber bien el propio Erdoğan. El largo camino del presidente turco hacia el dominio político comenzó, precisamente, con su elección como alcalde de Estambul en 1994. La élite laicista, que en aquel momento dominaba la política turca y temía el auge del conservadurismo religioso de Erdoğan, le prohibió hacer política mediante una decisión judicial que le llevó a la cárcel durante cuatro meses por incitar al odio religioso en un discurso. Aquella sentencia, de hecho, no hizo sino reforzar el apoyo al actual presidente. Tal vez de forma similar, la condena a İmamoğlu fue seguida de la salida a la calle de miles de sus seguidores en señal de protesta.

La popularidad a la baja de Erdoğan

El veterano presidente es un político pragmático. Durante más de 25 años, Erdoğan ha seguido una doble estrategia para afianzar su control del poder: conseguir legitimidad ganando elecciones y, al mismo tiempo, consolidar el poder a través de una larga lista de métodos autoritarios, como encarcelar a periodistas y calificar de «terroristas» a figuras de la oposición.

Sin embargo, las elecciones de 2023 se van a celebrar en un momento en el que la posición de Erdoğan en Turquía parece más débil, ya que las encuestas sugieren que podría perder frente a alguno de los posibles aspirantes, a la espera de que la oposición anuncie quién concurrirá a los comicios.

Las elecciones municipales de Estambul de 2019 supusieron un punto de inflexión en la suerte política de Erdoğan. İmamoğlu, el candidato de su principal oposición, el Partido Republicano del Pueblo, ganó frente al candidato del Partido Justicia y Desarrollo de Erdoğan. El presidente no aceptó la derrota y apoyó la anulación de los comicios mediante una decisión del consejo electoral supremo, lo que motivó el comentario de «tontos» de İmamoğlu.

En la repetición de las elecciones, İmamoğlu volvió a ganar, con un margen aún mayor.

Desde 2019, la popularidad de Erdoğan ha disminuido aún más, según la mayoría de las encuestas publicadas. Actualmente es menos popular que İmamoğlu y que el alcalde de Ankara, Mansur Yavas, del mismo partido de la oposición.

Una de las principales razones del problema de popularidad de Erdoğan es la actual crisis económica. La tasa de inflación anual de Turquía se ha disparado por encima del 80%. En una encuesta nacional de febrero de 2021, el 50% afirmó que la pobreza les obligaba a saltarse comidas.

La crisis económica está directamente asociada al gobierno de Erdoğan, que ha provocado una fuga de cerebros y ha estado marcada por políticas financieras equivocadas, especialmente su insistencia en bajar los tipos de interés para reducir la inflación, algo que va en contra de lo que prescribirían la mayoría de los economistas.

Si la oposición sigue una estrategia razonable, y los comicios son justos y libres, Erdoğan se encamina hacia la derrota en las elecciones de junio de 2023.

No obstante, los observadores temen que intente jugar con el sistema o cambiar las reglas para ganar las elecciones y mantener sus poderes superpresidenciales durante cinco años más.

Erdoğan ya ha trabajado para establecer unos medios de comunicación obedientes, mediante la confiscación, el capitalismo de amiguetes y la represión, e incluyendo la detención y encarcelamiento de periodistas. En octubre, Erdoğan promulgó una nueva «ley de censura» para criminalizar aún más a los periodistas y controlar las redes sociales.

También ha estrechado lazos con el presidente ruso, Vladimir Putin, y ha normalizado relaciones con los príncipes herederos de Arabia Saudí, y de Emiratos Árabes Unidos, Mohammed Bin Salman y Mohammed Bin Zayed, en un intento de fomentar su apoyo financiero de cara a las elecciones.

¿Se repetirá la historia?

Y luego está el ataque directo a las figuras de la oposición. Si İmamoğlu es encarcelado, no será el único político importante que languidece en las prisiones turcas.

Selahattin Demirtas, ex copresidente del prokurdo Partido Democrático de los Pueblos, lleva más de seis años entre rejas. Demirtas apoyó a İmamoğlu durante las elecciones municipales de 2019 y ha criticado la nueva sentencia judicial contra el alcalde de Estambul.

Es una muestra de lo que convierte a İmamoğlu en una amenaza electoral potencialmente potente para Erdoğan: su capacidad para atraer a votantes de varios segmentos de la sociedad. Puede conseguir el minoritario pero crucial voto kurdo, y mantener a la vez sólidas relaciones con los políticos nacionalistas. Pertenece a un partido laico, pero es capaz de recitar el Corán en público para atraer a los votantes religiosos. Lo que Erdoğan teme es una figura de la oposición que pueda servir como candidato de «gran carpa».

Esto ayudó a İmamoğlu a derrotar al partido de Erdoğan en Estambul dos veces en 2019. En unos meses, veremos si puede conseguir el mismo logro en el escenario nacional, aunque eso solo puede suceder si İmamoğlu puede presentarse legalmente.

El peligro para Erdoğan es que la popularidad de İmamoğlu podría aumentar si la población turca considera que su encarcelamiento obedece a motivaciones políticas. De ser así, la historia podría repetirse en Turquía, solo que esta vez para desgracia de Erdoğan.


Ahmet T. Kuru es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Estatal de San Diego (EE UU). Se doctoró en la Universidad de Washington y ocupó un puesto de posdoctorado en la Universidad de Columbia. Su libro Islam, Authoritarianism, and Underdevelopment: A Global and Historical Comparison (Cambridge University Press, 2019) recibió el Premio de la Sección de Historia y Política Internacional de la Asociación de Ciencias Políticas de EE UU. Kuru es también autor del premiado Secularism and State Policies toward Religion: The United States, France, and Turkey (Cambridge, 2009) y coeditor (con Alfred Stepan) de Democracy, Islam, and Secularism in Turkey (Columbia, 2012).


Publicado originalmente en The Conversation bajo licencia Creative Commons el 15/12/2022
Traducción del original en inglés: Why Istanbul’s mayor was sentenced to jail – and what it means for Turkey’s 2023 presidential race

Por qué ha sido condenado a prisión el alcalde de Estambul y cómo afecta la sentencia a las presidenciales de 2023

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Mehmed VI
El sultán Vahideddin (Mehmed VI), saliendo por la puerta trasera del palacio de Dolmabahçe en Estambul. Pocos días después de que se tomara esta fotografía, el sultán fue depuesto y exiliado (junto con su hijo) en un barco de guerra británico a Malta (el 17 de noviembre de 1922), y luego a San Remo (Italia), donde finalmente murió en 1926. Foto: Wikimedia Commons

La desaparición del Imperio otomano, paralela en muchos aspectos a la del Imperio austrohúngaro, produjo una larga serie de consecuencias políticas, sociales, económicas, culturales e incluso religiosas para una amplia franja de territorios europeos y asiáticos.

En una perspectiva combinada, destacan tres hechos fundamentales:

En primer lugar, la desaparición de una entidad política multiétnica y diversa, basada en autonomías culturales, en favor de la consolidación definitiva de Estados nación de vocación y titularidad monoétnicas.

En segundo lugar, el reparto desconsiderado de amplios territorios de Oriente Medio bajo la forma de Mandatos de la Sociedad de Naciones, germen de futuros permanentes conflictos en la zona. Los mandatos suponían que territorios o colonias que antiguamente pertenecían al Imperio alemán y al otomano pasaban a ser administrados por las potencias ganadoras de la Primera Guerra Mundial.

En tercer lugar, la redefinición drástica del pueblo turco en torno a un proyecto de occidentalización y secularización radical que en la práctica nunca pudo completarse del todo.

Soldados de la infantería turca en Alepo, actual Siria, durante la Primera Guerra Mundial. Foto: Wikimedia Commons (imagen coloreada)

En noviembre de 1922 se ponía fin definitivamente a una entidad política que había ocupado la historia de Europa, Asia y África durante más de 600 años. La decadencia política del Imperio otomano fue un proceso largo, pero el golpe definitivo fue el de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), en la que se sumó al bando de los imperios centrales, a la postre derrotados.

Incluso tras el fin de la guerra, continuaron los conflictos bélicos con países vecinos como Grecia o entre etnias del propio Imperio. El resultado final fue la aparición de un gobierno alternativo exclusivamente turco designado para establecer la nueva República de Turquía.

Con todas sus imperfecciones, el Imperio otomano tenía una vocación plural y nunca pretendió la asimilación cultural o religiosa de sus poblaciones. Los turcos otomanos, conscientes de su inferioridad numérica, no aspiraron a diseñar un único modelo público para todos los súbditos.

La desaparición de una entidad política multiétnica

Como consecuencia de una tradición islámica que abre el camino a la convivencia de diferentes religiones, la idea de entidad política unificada o la lealtad esperada al sultán no se traducían en un modo de vida único. En el Imperio podían convivir poblaciones de religión cristiana, musulmana o judía. También etnias de origen túrquico, latino, eslavo, caucásico, iranio, griego o magiar, sin que ello implicara un cuestionamiento del proyecto común.

En realidad, el Imperio otomano constituye uno de los mejores ejemplos históricos de utilización de la autonomía como instrumento fundamental de la gestión de la diversidad. Diferentes grupos de población, básicamente alineados conforme a sus creencias religiosas (cristianos ortodoxos, cristianos armenios y judíos, fundamentalmente), componían los llamados millet. Estos fueron antecedentes de las autonomías personales o culturales existentes en varios países de la Europa central u oriental, o de Oriente medio.

Mediante los millet, los diferentes grupos religiosos disponían de autonomía en la gestión de sus propias normas y disputas, con tribunales propios. En última instancia, estos dependían de sus propios líderes religiosos, residentes, como el sultán, en la propia capital del Imperio. El número de millet, además, se amplió en los últimos siglos del Imperio.

Imperio otomano 1899
División administrativa del Imperio otomano en 1899. Mapa: SAİT71 / Wikimedia Commons

Lógicamente, el sistema pluralista del Imperio otomano no siempre funcionó a la perfección ni pudo evitar conflictos entre comunidades. Tampoco se fundamentaba en una igualdad estricta, puesto que hasta las reformas del siglo XIX la comunidad musulmana gozaba de cierta primacía incluso en el plano jurídico.

También resulta inevitable hacer referencia a un lamentable episodio que se produjo en los estadios finales del Imperio y en una situación bélica. Hablamos del genocidio armenio, una evacuación forzosa y letal de gran parte de la población armenia de Anatolia oriental bajo la acusación de colaborar con el enemigo ruso.

Si comparamos el modelo otomano y su desarrollo con las políticas seguidas en la mayor parte de los países de mayoría cristiana y, por supuesto, con las de los Estados nación que los sustituyeron, podemos afirmar que la desaparición de los imperios plurinacionales fue un duro golpe para la diversidad histórica de una buena parte de Europa y Asia.

Fronteras artificiales

La segunda gran consecuencia de la desaparición del Imperio fue la orfandad política en la que se dejó a una amplia zona del occidente de Asia, fundamentalmente poblada por el pueblo árabe.

Reino Unido y Francia se repartieron de forma secreta el control de dichos territorios y la legitimación de tal reparto se produjo mediante el sistema de Mandatos de la Sociedad de Naciones. Este sistema asignaba un territorio al gobierno de una potencia occidental con la excusa de garantizar el desarrollo de sus poblaciones bajo la supervisión de la Sociedad de Naciones. En realidad se trató de una nueva manera de adquirir colonias por parte de dichas potencias a costa de los países derrotados en la guerra.

El nuevo reparto territorial fue muy desafortunado. De entrada, privó de soberanía a los pueblos que poblaban dichos espacios. Además, estableció unas fronteras ilógicas que generaron gran resentimiento en el pueblo árabe al dividirlo arbitrariamente. Con ese sistema tampoco se satisfacían las aspiraciones de las comunidades judías que buscaban disponer de un hogar nacional propio en Tierra Santa.

Además, el reparto de fronteras obvió absolutamente la suerte de otros pueblos, como los kurdos, cuya existencia quedaba condenada a ser permanentemente minoritaria en diferentes Estados, con la consiguiente represión y su exclusión de la comunidad internacional.

El futuro turco

Por último, la desaparición del Imperio marcó la necesidad del pueblo turco, titular teórico de aquél, de redefinirse nacional, territorial y políticamente. El proceso se realizó en condiciones bélicas y de conflictos constantes por todos los puntos cardinales, y bajo la idea de crear un Estado nuevo al estilo occidental.

Retrato de Mustafá Kemal, ‘Atatürk’, realizado en torno a 1918. Foto: Wikimedia Commons

Los fundadores del nuevo Estado turco, liderados por el militar Mustafá Kemal (posteriormente conocido como Atatürk o «padre de los turcos»), implantaron sin piedad un proyecto radical basado en un laicismo estricto, y un nacionalismo mayoritario. Esto pronto supuso la exclusión y represión de la diversidad presente en el país, para desconsuelo de kurdos, caucásicos, griegos, armenios, árabes y otras minorías.

En definitiva, la desaparición del Imperio otomano no puede entenderse como una buena noticia. Los cien años transcurridos desde entonces han servido fundamentalmente para que los Estados sucesores reafirmen su uniformidad a costa de la diversidad y para que las minorías sufran represión y asimilación.

La convivencia en la diversidad, la riqueza cultural y la autonomía de grupos, vividos durante siglos en Salónica, Adrianópolis, Esmirna, Damasco o la propia Estambul, son hoy poco más que un recuerdo de la Historia. Una historia no europea ni occidental, de la que sigue siendo necesario y urgente extraer lecciones.


Eduardo Ruiz Vieytez es profesor de la Universidad de Deusto, en la que ha ejercido como Director del Instituto de Derechos Humanos, Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, y Vicerrector de Estrategia Universitaria. En el pasado ejerció como asesor jurídico del Ararteko (Defensor del Pueblo del País Vasco) y fue presidente de una ONG de apoyo a inmigrantes extranjeros. Ha sido Vocal del Foro para la Integración Social de los Inmigrantes, del Comité Científico del Observatorio del Pluralismo Religioso, del Instituto Internacional de Sociología Jurídica (Oñati) y de los patronatos de las Fundaciones Ceimigra (Valencia) y Gernika Gogoratuz (Gernika). Ha realizado estancias de investigación y docencia en diversas universidades extranjeras y ha participado como experto independiente en misiones del Consejo de Europa sobre derechos de las minorías en países como Serbia, Ucrania, Moldavia, Armenia o la Federación Rusa. Sus publicaciones principales tratan sobre minorías nacionales en Europa, derechos humanos y diversidad cultural, lingüística o religiosa.


Publicado originalmente en The Conversation bajo licencia Creative Commons el 4/12/2022

Cien años del final del Imperio otomano: el mundo que dejó

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Interior de Santa Sofía, en Estambul. Foto: Abdullah Öğük / Unsplash

En apenas un mes, dos antiguas iglesias bizantinas de Estambul utilizadas como museos durante décadas, la famosa Santa Sofía y la de San Salvador de Cora, han sido convertidas en mezquitas. La medida ha sido recibida con preocupación. Y la comunidad greco-ortodoxa de la ciudad siente que lo que está en juego va más allá de estos dos monumentos.

Los griegos ortodoxos de Estambul, los Rum Polites, constituyen la mayor parte de los feligreses del Patriarcado Ecuménico, el centro tradicional de la Iglesia Ortodoxa Oriental. Numerosos e influyentes durante las épocas bizantina y otomana, en la actualidad representan una pequeña minoría de apenas 2.000 personas. Las experiencias traumáticas que han sufrido a lo largo de la historia, incluyendo pogromos y expulsiones, han provocado que estén dispersos por todo el mundo. Pero los Rum Polites siguen manteniendo una fuerte conexión con Estambul y con su herencia bizantina, palpable en hitos arquitectónicos como Santa Sofía y Cora.

Tanto Santa Sofía como San Salvador de Cora eran iglesias reverenciadas en la Constantinopla bizantina. Santa Sofía, cuyo ingenio arquitectónico asombró al mundo, fue la iglesia imperial del Imperio Bizantino. Cora formaba parte de un complejo monástico rural y estaba ricamente adornada con impresionantes mosaicos y frescos.

Parte central del mosaico de la Dormición de la Virgen, en la naos de la iglesia bizantina de San Salvador de Cora, en Estambul. Foto: Dosseman / Wikimedia Commons

Los dos lugares fueron convertidos en mezquitas por los otomanos: Santa Sofía, inmediatamente después de la caída de Constantinopla en 1453, y Cora medio siglo después. Ya en las décadas de 1930 y 1940, durante la República de Turquía, Santa Sofía y Cora fueron transformadas en museos, en consonancia con el espíritu laico y la actitud orientada hacia Occidente del nuevo Estado. Las representaciones de figuras en los mosaicos y frescos, que habían sido cubiertas de yeso por los otomanos, fueron sacadas de nuevo a la luz durante este periodo, mediante extensos proyectos de restauración.

La solución republicana ha sido deshecha con los recientes decretos presidenciales de Recep Tayyip Erdoğan que han reconvertido oficialmente Santa Sofía y Cora en mezquitas.

Al igual que muchos otros habitantes de Estambul, los Rum Polites temen que la transformación de iglesias históricas bizantinas en mezquitas suponga la decadencia de la identidad cosmopolita de la ciudad y de su historia de múltiples capas. «No debería existir una competición entre civilizaciones, especialmente en una ciudad tan culturalmente rica como Estambul, capital de un imperio durante más de 1.500 años», señaló Laki Vingas, presidente de la Asociación de Fundaciones Rum, tras la conversión de Cora.

Como museos, Santa Sofía y Cora personificaron el pasado bizantino y otomano, y fueron símbolos de la coexistencia entre múltiples religiones. Su conversión implica una jerarquía que da prioridad a su pasado islámico sobre todas las demás capas.

Retórica de conquista

La decisión de Erdoğan es el reflejo de una retórica de conquista que intensifica la alienación del pasado cristiano de Estambul.

En el discurso del pasado 10 de julio en el que anunció la decisión de abrir Santa Sofía, el presidente turco destacó que la conversión de la antigua basílica satisfaría «el espíritu de conquista» de Mehmet II. El 24 de julio, Ali Erbas, jefe de la Dirección de Asuntos Religiosos de Turquía, pronunció el primer sermón del viernes en Santa Sofía con una espada en la mano, simbolizando asimismo una tradición de conquista. Podría decirse que semejante discurso marca a los no musulmanes de Turquía como sujetos reconquistados y ciudadanos de segunda clase.

Santa Sofía, en Estambul. Foto: Arild Vågen / Wikimedia Commons

El arzobispo Elpidoforos, de la Archidiócesis Ortodoxa Griega de América, y natural de Estambul, dijo a la BBC que Santa Sofía evoca «sentimientos especiales por cualquier cristiano, especialmente por los ortodoxos, que están más directamente relacionados con este monumento». Y añadió: «Soy un ciudadano turco, y no quiero que el estado tenga mentalidad de conquistador, porque no me considero parte de una minoría conquistada. Quiero sentirme en mi propio país como un ciudadano más».

En otra declaración igualmente personal y emotiva, el arzobispo de Constantinopla – Nueva Roma y Patriarca Ecuménico, Bartolomé I, dijo sentirse triste y «herido» por la conversión.

¿Qué está en juego?

Las reconversiones de Santa Sofía y Cora en mezquitas pueden deberse a los muchos desafíos a los que se enfrenta Erdoğan, incluyendo sus maniobras para ganar poder geopolítico, su batalla contra el legado laicista del fundador de la Turquía moderna, Kemal Ataturk, su llamada al nacionalismo religioso para revivir su popularidad electoral, o sus tácticas para desviar la atención de la caída en picado de la economía turca. Sin embargo, como advierte el historiador rum Foti Benlisoy, sería un error pensar que se trata únicamente de conseguir pequeñas victorias en la política interna.

Según sostiene Benlisoy, estos actos de reislamización o desoccidentalización probablemente reflejan una orientación «neo-otomana» hacia la construcción de una «identidad nacional alternativa» basada en la polarización. Esta guerra cultural conduce a un clima hostil que, especialmente para las comunidades vulnerables como los Rum Polites, pone en peligro aún más su supervivencia en la ciudad.

Parte trasera de la iglesia de San Salvador de Cora, en Estambul. Foto: G Da / Wikimedia Commons

La comunidad de los Rum Polites es una parte tan valiosa del patrimonio cosmopolita de la ciudad como lo son Santa Sofía y Cora. Las urbes metropolitanas como Estambul deben abrazar su legado multicultural en su totalidad, tanto en el tejido urbano como en la diversidad cultural, y crear un lugar seguro para la convivencia. De lo contrario, la identidad de la propia ciudad puede verse en peligro.

Algunos monumentos son tan grandiosos que su impacto va más allá de los habitantes de la ciudad en que se encuentran, o incluso de los visitantes; pertenecen a la humanidad. Sin embargo, siguen siendo la principal referencia para algunos lugareños, o para sus compañeros de la diáspora, cuya identificación con la ciudad se materializa a través de esos monumentos. Es el caso de Santa Sofía y Cora para la comunidad ortodoxa griega de los Rum Polites, en Estambul y más allá.


Ilay Romain Ors es investigadora del Centro de Migración, Políticas y Sociedad (COMPAS) de la Universidad de Oxford. Actualmente vive en Grecia y trabaja en un proyecto de investigación sobre las migraciones en el Mar Egeo, financiado por la Independent Scholar Research Foundation.

Tuğba Tanyeri-Erdemir es investigadora en el Departamento de Antropología de la Universidad de Pittsburgh. Su trabajo se centra en la vertiente etnográfica de los edificios religiosos históricos reconvertidos, la gestión del patrimonio cultural de sitios sagrados y la reutilización y museificación del patrimonio religioso.


Publicado originalmente en The Conversation bajo licencia Creative Commons el 15/9/2020
Traducción del original en inglés
: Former Byzantine churches are being converted to mosques – this threatens Istanbul’s cosmopolitan identity

Un golpe a la identidad cosmopolita de Estambul

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Manifestación en Afrin, Siria, en contra de la intervención militar turca, en enero de 2018. Imagen: Voice of America / Wikimedia Commons

«Me amenazó con matar a mi hija, violarme, hacer fotos y distribuirlas a todo el mundo. Me obligó a mirar mientras torturaban cruelmente a mujeres. Era tan horrible que me puse enferma solo de verlo», relata una mujer anónima en un vídeo en el que detalla su captura en Afrin, en el norte de Siria.

Afrin era una región de mayoría kurda donde las mujeres tenían más derechos que en ningún otro lugar de Siria, un país patriarcal sumido en una guerra sangrienta. El matrimonio infantil y la poligamia estaban prohibidos, y la violencia doméstica, penalizada.

Durante buena parte de la guerra en Siria, la ciudad de Afrin se mantuvo segura, convertida en un santuario que acogía a todo el mundo. Shiler Sildo, una antigua residente en Afrin de 31 años de edad, voluntaria en la Media Luna Roja kurda, explica a openDemocracy que «disfrutábamos de un ambiente de libertad donde todo el mundo, especialmente las mujeres, podía mostrarse como quisiera. Podías vestir pantalones cortos, faldas, vestidos cortos, lo que fuera».

«Había un nivel de criminalidad muy bajo. Tener esa clase de seguridad en Siria era especial. Había una atmósfera utópica, era un lugar muy pacífico», recuerda Shiler.

Pero esto pronto cambió.

Desde 2018, Afrin ha estado bajo el control de milicias respaldadas por Turquía, que tomaron el control de la región tras una operación de dos meses que sacó de allí a las fuerzas kurdas. Para muchos civiles residentes en la ciudad, es como vivir en estado de sitio.

En marzo de 2018, Shiler y su familia huyeron de su casa de cinco dormitorios. «La ciudad ya no podía seguir aguantando la tensión entre las distintas facciones», dice.

Un clima de miedo

Una comisión reciente de Naciones Unidas ha encontrado grandes evidencias de que «la situación de las mujeres kurdas es precaria». La Comisión de Investigación sobre Siria de la ONU halló pruebas abrumadoras de violaciones diarias, violencia sexual, acoso y tortura, en la primera mitad de 2020. Solo en febrero, el informe documenta la violación de al menos 30 mujeres en la ciudad kurda de Tal Abyad . «Las facciones están cometiendo cientos e incluso miles de violaciones a diario», señala Shyler, con preocupación.

A principios de este año, un vídeo mostró a mujeres siendo sacadas de la celda secreta, ilegal y abarrotada de una prisión. El Observatorio Sirio para los Derechos Humanos informó de que estaban desnudas cuando las encontraron.

Estas atrocidades se asemejan a lo que padeció la población kurda a manos de Estado Islámico en varias partes de Irak y Siria, tan solo unos años antes. La diferencia es que estas mujeres no están siendo torturadas por un grupo militante islamista, sino que se encuentran bajo el control de milicias respaldadas por Turquía, un país miembro de la OTAN y aliado de Estados Unidos.

Hay ahora «un clima generalizado de miedo a la tortura, hasta el punto de que muchas mujeres no salen de sus casas porque no quieren convertirse en el objetivo de los grupo armados», indica Meghan Bodette, fundadora del proyecto Mujeres Desaparecidas de Afrin, una página web lanzada en 2018 para rastrear las desapariciones de mujeres en la zona, la otra gran preocupación, junto a la tortura.

Desde enero de 2018, un total de 173 mujeres y niñas han sido presuntamente secuestradas. Solo se ha informado de la liberación de 64 de ellas, mientras que el destino de las 109 restantes sigue sin conocerse. Meghan lo califica como una «total campaña de terror contra la población kurda». Otros investigadores locales de derechos humanos aseguran que ha habido más de 1.500 secuestros. Es importante reseñar que Meghan solo documenta los casos de aquellas mujeres de las que se conoce la identidad completa.

Cerca de casa

Muchos kurdos huyeron de Afrin en 2018, entre ellos, Hassan Hassan, de 50 años, que cuenta a openDemocracy cómo su familia escapó «con solo algo de comida y la ropa puesta, dejando atrás nuestra casa, los álbumes de fotos, libros de toda una vida, juguetes de niños, muebles y aparatos eléctricos».

La familia de Hassan se refugió en un pueblo y vivió en una cueva durante 45 días: «Había bombardeos a diario, F-16 y drones en el cielo. Pudimos escapar del asedio gracias a la misericordia de Dios». Ahora viven en el lúgubre campamento de Shahba, cerca de Alepo, con otros desplazados internos, incluyendo Shiler y sus tres hijos.

Hassan y Shiler dejaron atrás a unos 200.000 habitantes en Afrin. Los que se quedaron se arriesgaron a ser torturados y secuestrados. Primos, amigos y vecinos de Hassan han desaparecido.

Su nueva vida tampoco ha supuesto un respiro en su sufrimiento. «Ayer no pudimos dormir por el estruendo de las bombas», dice Shiler.

La zona donde se encuentra el campo estuvo anteriormente bajo el control de Estado Islámico, que colocó cientos de minas. Shiler ha sido testigo de la pérdida de vidas, y pasa junto a cuerpos todos los días. «Soportamos este tipo de vida porque, geográficamente, nos sentimos cerca de casa», explica.

Zona peligrosa

Hace ahora un año, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, ordenó invadir este enclave kurdo en Siria para «eliminar a todos los elementos del PKK [Partido de los Trabajadores del Kurdistán] y de las YPG [Unidades de Protección Popular]», grupos que considera terroristas. Describió el área como una «zona segura» de unos 480 kilómetros de ancho a lo largo de la frontera. La violencia fue consecuencia de la orden de Donald Trump de retirar todas las tropas estadounidenses del norte de Siria.

Según Human Rights Watch, la realidad en esta «zona segura» es un horror de saqueos diarios, ejecuciones, tiroteos y desplazamientos forzados. Sarah Leah Whitson, directora para Oriente Medio de la ONG, afirma que existen «pruebas irrefutables de por qué las ‘zonas seguras’ propuestas por Turquía no son seguras en absoluto».

Meghan cita la retirada de Trump como un desencadenante de muchas «ramificaciones políticas internas en los Estados Unidos», lo que hizo que los medios occidentales se tomaran mucho más en serio los asesinatos, gracias a un nuevo ángulo político estadounidense.

Un ejemplo fue el asesinato de Hevrin Khalaf, una política e ingeniera civil kurdo-siria, que fue torturada y ejecutada durante la Operación Primavera de Paz, la ofensiva turca de 2019 en el noreste de Siria. Un vídeo de Bellingcat relaciona su muerte con rebeldes respaldados por Turquía. Otras fuente han informado de que estuvo involucrado Ahrar al-Sharqiya, un grupo rebelde sirio que lucha como parte del Ejército Nacional Sirio apoyado por Turquía, a pesar de que este lo ha negado.

El asesinato de Khalaf fue descrito en el diario conservador turco Yeni Safak como una exitosa operación antiterrorista, lo que no podría estar más lejos de la verdad. Khalaf dedicó su vida a la democracia y al feminismo. La autopsia indicó que la sacaron de su automóvil con tanta violencia que le arrancaron el pelo. Luego le dispararon en la cabeza a quemarropa y murió a consecuencia de una hemorragia cerebral grave.

Expansión turca

Meghan está preocupada por la «política expansionista y muy nacionalista de Turquía», que, según indica, se extiende a Siria y constituye un gran peligro para las minorías étnicas y religiosas. «Mientras mantengan territorio en Siria, existe el riesgo de que intenten invadir y ocupar más», añade.

Un informe del Centro de Información de Rojava revela que más de 40 exmiembros de Estado Islámico están «siendo refugiados, financiados y protegidos por Turquía en las regiones ocupadas», y que están trabajando en Afrin. Shiler, una antigua maestra, asegura que su escuela, que una vez albergó a más de 200 alumnos, es ahora un centro de la inteligencia turca, y que hay una foto de Erdoğan en pleno centro de Afrin. Hassan afirma que su granja «se la han apropiado excombatientes de Estado Islámico».

«Nos pasa a todos»

La sola mención de Estado Islámico es preocupante, particularmente para las mujeres yazidíes, la minoría religiosa que sufrió un genocidio a manos de los militantes de ese grupo. Amy Austin Holmes, investigadora en la Iniciativa para Oriente Medio de la Universidad de Harvard y miembro del Wilson Center, dice que «se calcula que el 90% de la población yazidí de Afrin ha sido expulsada de sus hogares». ¿Cómo puede sobrevivir esta comunidad tras tanta persecución a lo largo de los años?

El doctor Jan Ilhan Kizilhan, un destacado psicólogo kurdo-alemán que trabaja con los yazidíes, habla del trauma colectivo al que se enfrenta este grupo. «Toda la comunidad se ve afectada directa e indirectamente por los asesinatos. Te conviertes en parte de ese trauma colectivo. Si estás sufriendo, es posible que tengas pesadillas, trastornos del sueño y una sensación de impotencia».

Según Jan, eso es también lo que está sucediendo en Afrin: «[Militantes] están cometiendo violaciones, pero también están destruyendo la dignidad de la sociedad. Es un ataque a tu comprensión del mundo, porque la pregunta es: ¿cómo puede un humano hacer esto?».

Hassan y Shiler comparten esa opinión: «Cuando nos enteramos de lo que les pasa a las mujeres, sentimos que nos pasa a todas. Es difícil para los demás entender el impacto psicológico que nos causa», dice Shiler. Hassan, por su parte, cree que su padre, fallecido recientemente, murió «de dolor».

La comisión de la ONU también detalla el saqueo y la destrucción de sitios religiosos, santuarios y cementerios de una profunda importancia en la región de Afrin.

Demasiado poco, demasiado tarde

El informe de la ONU ha confirmado los hallazgos de Meghan, quien, no obstante, y aunque se muetsra agradecida por ello, explica que «tan pronto como estos grupos controlaron el territorio, comenzaron a cometer atrocidades contra la población civil, así que creo que es demasiado tarde». Es muy difícil para los periodistas acceder a esta zona, y quienes hablan arriesgan sus vidas.

«Los medios de comunicación no tienen permitido el acceso, por lo que la gente de Afrin desconoce el número de violaciones que se cometen cada día. La gente está tan asustada que prefiere morir en sus hogares en lugar de salir», dice Shiler.

Estos informes deberían ser usados por Naciones Unidas como una herramienta pata justificar la imposición de sanciones a los Estados responsables de los crímenes. Actualmente, Estados Unidos no ha sancionado a ninguno de los grupos armados respaldados por Turquía, y están permitiendo, de hecho, una operación de ingeniería demográfica con los kurdos, muchos de los cuales perdieron a sus familias luchando al lado de las fuerzas estadounidenses contra Estado Islámico.

Estados Unidos y el Reino Unido son responsables. El Reino Unido congeló las nuevas licencias de exportación para la venta de armas a Turquía, pero las licencias existentes aún pueden utilizarse.

«A Turquía no le importa si ocurren estas violaciones, está satisfecha con cualquier cosa que haga la vida miserable a los kurdos. Pero creo que no les gusta que se hable de ello internacionalmente, y que se le preste atención», señala Meghan.

Shiler, por su parte, piensa que la ocupación es «como el infierno».


Rachel Hagan es una periodista independiente, editora y escritora, especializada en derechos de la mujer y actualidad internacional. Su trabajo ha sido publicado en The Independent, VICE, The Financial Times, Glamour Magazine, ELLE, Huck Magazine y otros.


Publicado originalmente en openDemocracy bajo licencia Creative Commons el 11/11/2020
Traducción del original en inglés
: How Syria’s Afrin became hell for Kurds

La región siria de Afrin, convertida en un infierno para los kurdos

«Me amenazó con matar a mi hija, violarme, hacer fotos y distribuirlas a todo el mundo. Me obligó a mirar mientras torturaban cruelmente a mujeres. Era tan horrible que me puse enferma solo de verlo», relata una mujer anónima en… Leer

Acuerdo Sykes-Picot
Mapa firmado por Mark Sykes y François Georges-Picot en 1916, con el reparto de Oriente Próximo entre Francia (zona A) y Gran Bretaña (zona B), con Palestina bajo administración internacional. Wikimedia Commons

Entre el 16 y el 19 de mayo de 1916, en plena Guerra Mundial, fue ratificado en las cancillerías europeas uno de los documentos más controvertidos de la historia: el pacto por el que británicos y franceses, con el consentimiento de Rusia y a espaldas de los pueblos afectados, planearon repartirse las posesiones del Imperio Otomano en Oriente Próximo una vez acabada la contienda. En palabras del historiador árabe George Antonius (1891-1942), «una estupidez producto de la desconfianza y la codicia».

Firmado en secreto hace ahora cien años, el conocido como Acuerdo Sykes-Picot (por los nombres de sus negociadores) estipulaba que, pese a las promesas hechas a los árabes a cambio de su ayuda contra los turcos, la región se dividiría en dos grandes áreas administradas por ambas potencias. Finalmente, en la Conferencia de Paz de París de 1919 se optó por un nuevo reparto bajo la forma de mandatos, y las fronteras que conocemos hoy fueron dibujándose en las décadas siguientes a través de otros acontecimientos, como la creación del Estado de Israel o la nueva república turca, que acabaron siendo más significativos.

El tratado de Sykes-Picot y sus consecuencias no son los únicos orígenes de la inestabilidad que ha sufrido la zona en el último siglo, y a la artificialidad de sus fronteras y de las que surgieron después no es fácil oponer otras más ‘racionales’ (basadas en grupos étnicos o religiosos) que hubiesen garantizado la paz. El legado del imperialismo es una pesada losa, pero también lo son las dictaduras que han castigado Oriente Medio durante generaciones, el extremismo religioso, los dobles raseros de la comunidad internacional, el intervencionismo, o los intereses derivados del petróleo.

Y, sin embargo, Sykes-Picot sigue siendo invocado como el gran pecado original, tal vez por su innegable carácter simbólico: cuando, en junio de 2014, el grupo Estado Islámico llevó a cabo su espectacular expansión, lo primero que hizo tras conectar las zonas que controlaba en Siria e Irak fue «dar por muerto» el histórico pacto.

Cien años después, el futuro de la región, incluyendo el de los Estados más periféricos a los que el tratado no afectó directamente, parece tan turbio como su pasado, y su presente, con tres países en guerra abierta, cientos de miles de muertos por la violencia, millones de refugiados, economías destrozadas, derechos humanos sistemáticamente violados y una ‘primavera árabe’ que es ya como un sueño lejano, no deja mucho espacio para la esperanza.

Siria

  • En guerra civil desde 2011.
  • Más de 270.000 muertos y 4 millones de refugiados.
  • La mitad de la población, desplazada.
  • El 50% de las infraestructuras, destruidas.

La guerra civil en Siria, ya en su sexto año, tiene su origen en las protestas contra el gobierno dictatorial de Bashar al Asad, iniciadas en 2011 en el contexto de la ‘primavera árabe’, y que el régimen reprimió duramente. La compleja realidad étnica, social y religiosa del país, los apoyos internacionales (Rusia, Irán y Hizbulá, con el Gobierno; Turquía, Arabia Saudí y las monarquías del Golfo, con los rebeldes), la descomposición de la oposición moderada, la determinante irrupción del yihadismo fundamentalista (Estado Islámico, Al Qaeda), y el rechazo a una intervención directa por parte de EE UU han estancado el conflicto. Pese a la frágil y poco respetada tregua de los últimos meses, los intentos de conversaciones de paz han sido, hasta ahora, un fracaso.

Irak

  • En guerra con Estado Islámico.
  • Terrorismo y violencia sectaria.
  • Crisis política y Estado en riesgo de descomposición.
  • 7.515 muertos por la violencia en 2015.

En lo que va de siglo, y después de los 25 años de la dictadura de Sadam Husein (incluyendo la devastadora guerra contra Irán y las acciones genocidas contra los kurdos), Irak ha sufrido una invasión (la liderada por EE UU en 2003), una guerra civil (2006-2007), el terrorismo de Al Qaeda y, ahora, la sangrienta expansión de Estado Islámico y continuos atentados masivos. Tras el fracaso del Gobierno sectarista de Al Maliki, el nuevo ejecutivo reformista de Al Abadi se enfrenta a grandes protestas, en un sistema político con hondas raíces en el clientelismo y en los intereses de los diferentes grupos que conforman la sociedad iraquí. En primera línea contra Estado Islámico, los kurdos, repartidos entre Irak, Siria, Irán y Turquía, y a los que tanto Sykes-Picot como los tratados posteriores negaron un Estado independiente, han visto incrementadas sus aspiraciones.

Yemen

  • En guerra desde marzo de 2015.
  • 9.000 víctimas civiles (3.200 muertos y 5.700 heridos).
  • 2,4 millones de desplazados.
  • 14 millones necesitados de asistencia humanitaria.

Hasta el año pasado, en Yemen se superponían cuatro conflictos: el del Gobierno contra la guerrilla hutí; la revuelta separatista en el sur; las protestas de la ‘primavera árabe’ (que acabaron sacando del poder al presidente Saleh tras 33 años en el cargo); y la actividad de los yihadistas asociados a Al Qaeda. En enero de 2015, los hutíes (chiíes) forzaron la salida del nuevo presidente, Mansur Hadi. El teórico respaldo del régimen chií de Irán a la guerrilla, y el consiguiente temor de Arabia Saudí (suní) por perder influencia, motivó una intervención militar de una coalición árabe liderada por los saudíes, cuyos bombardeos han causado más de la mitad de las víctimas civiles en más de un año de conflicto.

Israel y Palestina

  • En conflicto permanente desde la creación del Estado de Israel en 1948.
  • Gaza y Cisjordania, ocupadas desde 1967.
  • Negociaciones de paz paralizadas.

Con el proceso de paz enterrado, y después de la Segunda Intifada, los últimos años han estado marcados por la mano dura del Gobierno israelí del conservador Benjamin Netanyahu, la expansión de las colonias ilegales israelíes en los territorios ocupados, las operaciones militares contra una franja de Gaza en la que 1,5 millones de personas siguen viviendo en estado de sitio, y las acciones violentas de una nueva generación de jóvenes palestinos que ya no esperan prácticamente nada de sus divididas, ineficaces y maniatadas autoridades. La guerra en Siria y en Irak y la tensión con Irán han alejado el foco informativo de Palestina, e Israel confía en sacar provecho del caos en que están inmersos sus vecinos.

Turquía

  • Reactivación de la violencia entre el Estado y la minoría kurda.
  • Oleada terrorista.
  • Deriva autoritaria del Gobierno y crisis política.
  • 2 millones de refugiados sirios en su territorio.

La crisis de los refugiados sirios (Turquía es, con mucho, el país que más acoge, y la principal puerta de entrada de éstos a Europa) y el polémico acuerdo (ahora en entredicho) sobre deportaciones alcanzado con la UE han protagonizado la agenda de la convulsa política turca en los últimos meses, en medio del creciente autoritarismo del presidente Erdoğan, con acoso a sus enemigos políticos y a la prensa, e intentos por acaparar más poder. Implicada militarmente en la guerra siria, Turquía sufre, además, una grave oleada terrorista y la ruptura del alto el fuego con la guerrilla kurda del PKK tras dos años de tensa paz.

Líbano

  • Gravemente afectado por la guerra en Siria, con 1,2 millones de refugiados en su territorio y Hizbulá combatiendo junto al régimen de Bashar Al Asad.
  • Crisis política (sin presidente desde 2014).

Tras décadas de continua violencia (15 años de guerra civil, control militar sirio, guerrillas palestinas, invasiones israelíes), la precaria estabilidad del Líbano, un complicado experimento de reparto de poder entre sus diferentes minorías étnicas y religiosas, y sus poderes económicos y políticos, ha vuelto a ser sacudida, esta vez por la guerra en la vecina siria. Los refugiados han desbordado el país, huyendo de un conflicto en el que participa militarmente la milicia libanesa chií Hizbulá, auténtico «Estado dentro del Estado» y uno de los principales agentes en el Gobierno actual, mientras el Parlamento lleva dos años sin ponerse de acuerdo para elegir un nuevo presidente.

Arabia Saudí

  • Intervención directa en la guerra de Yemen, e indirecta en Siria.
  • 150 ejecutados en 2015, el 72% por protestas políticas y crímenes no violentos.

Inmersa en una lucha con el Irán chií por la hegemonía en la región, y origen ideológico (y a menudo financiero) del extremismo religioso yihadista, Arabia Saudí continúa bajo la acusación constante de las organizaciones de derechos humanos (discriminación de la mujer, de los homosexuales, represión de la oposición política). Bajo el nuevo rey, Salman, el país ha abandonado su tradicional política de discreción para entrar en nueva era más agresiva en la que se enmarcarían los bombardeos sobre Yemen, el incremento de las ejecuciones, la ayuda a los insurgentes sirios, el reforzamiento del eje con las otras monarquías absolutistas del Golfo (especialmente Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos), o los movimientos para alterar el precio del petróleo, cuya caída le está afectando seriamente.

Irán

  • Participación militar en Siria e Irak, y conflicto regional con Arabia Saudí.
  • Represión política y de derechos humanos.
  • Apertura tras el acuerdo nuclear de 2014.

Los años de enfrentamiento frontal con Occidente que caracterizaron las presidencias de Ahmadineyad han dado paso a un mayor entendimiento, de la mano del más moderado Rohaní, con el pacto nuclear alcanzado en 2014 y el levantamiento de sanciones económicas como principal consecuencia. El poder real, no obstante, sigue en manos de una reaccionaria élite religiosa, las violaciones de los derechos humanos y la represión política continúan, y el país, en una creciente rivalidad con Arabia Saudí, y considerado aún la gran amenaza por Israel, está implicado militarmente en Siria (respaldando a Asad) e Irak (milicias chiíes contra los suníes de Estado Islámico), mientras mantiene su apoyo a Hizbulá y a la guerrilla hutí en Yemen.


Publicado originalmente en 20minutos

Más información:
» Acuerdo Sykes-Picot (1916)
» How the Curse of Sykes-Picot Still Haunts the Middle East (Robin Wright, en The New Yorker)
» Sykes-Picot Roundup (The Afternoon Map)
» Could Different Borders Have Saved the Middle East? (Nick Danforth, en The New York Times)
» Middle East still rocking from first world war pacts made 100 years ago (Ian Black, en The Guardian)
» Don’t Blame Sykes-Picot for the Middle East’s Mess (Steven A. Cook y Amr T. Leheta, en Foreign Policy)
» Rant: The Next Week will be Full of Op-Eds about Sykes-Picot: Almost All of them Will Get it Wrong (Michael Collins, Middle East Institute Editor’s Blog)
» La regla y el pegamento de Sykes-Picot 100 años después (Itxaso Domínguez de Olazabal, en esglobal)
» The clash within a civilisation (The Economist)
» The war within (The Economist)
» Unintended consequences (The Economist)
» Middle East – The Mother of All Humanitarian Crises (Baher Kamal, en Inter Press Service)

La guerra de los cien años

Entre el 16 y el 19 de mayo de 1916, en plena Guerra Mundial, fue ratificado en las cancillerías europeas uno de los documentos más controvertidos de la historia: el pacto por el que británicos y franceses, con el consentimiento… Leer

Hamit Görele (1903–1980)

En una Turquía que, a juzgar por los últimos resultados electorales, presenta una cara cada vez más conservadora, el cuerpo humano al desnudo ha encontrado un hueco de excepción en el Museo Pera de Estambul, que acoge desde el pasado 25 de noviembre la exposición Bare, Naked, Nude: A Story of Modernization in Turkish Painting (Desnudo −en las tres palabras que en inglés aluden al término−: una historia de la modernización en la pintura turca).

La muestra reúne unos 150 trabajos −numerosos bocetos, dibujos y estudios académicos entre ellos− de medio centenar de artistas turcos de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, y su objetivo es, en palabras de los organizadores, «revelar la transformación del Imperio Otomano en la República, y cómo estas obras, creadas en secreto a principios del siglo pasado, crearon una nueva perspectiva para la época».

Nuri İyem (1915-2015)

La exposición se centra en presentar el esfuerzo de los artistas por superar la fuerte resistencia cultural existente, tanto entonces como ahora, hacia las representaciones pictóricas de desnudos, no solo por creencias religiosas asociadas al islam, y en un entorno que estaba dominado aún por bodegones, naturalezas muertas y paisajes.

Así, y según explican los organizadores, la muestra refleja también la evolución de los propios creadores, que van pasando de ser «sujetos» del sultán, a «individuos», así como «el dolor que supone la transición hacia una nueva mentalidad», y la lucha interna entre la identidad del artista como tal y su propia identidad turco-musulmana.

Otro aspecto importante es el modo en que estos desnudos contribuyen a establecer una nueva percepción del cuerpo femenino (hasta entonces relacionado casi exclusivamente con la privacidad y el aislamiento) más allá de la sexualidad, otorgando a la forma desnuda un sentido artístico más moderno y humanizado. En el contexto de la evolución del arte turco, recogiendo influencias estéticas de Occidente, y desafiando el conservadurismo imperante en la cultura islámica, el cuerpo humano ya no es solo un objeto representable, sino una forma artística en sí.

Cemal Tollu (1899-1968)

En una reseña sobre la exposición, el diario Hürriyet destaca, en su edición en inglés, cómo, poco a poco, el desnudo se va «normalizando» en el ambiente artístico de Estambul, a pesar de un contexto en el que el mero uso de personas como modelos (desnudas o vestidas, hombres o mujeres) fue objeto de una gran polémica cuando se inauguró la primera academina de bellas artes de la ciudad.

A principios del siglo XX los artistas turcos comenzaron a tener la oportunidad de trabajar con modelos masculinos en la Academia de Bellas Artes, y, más tarde, también con modelos femeninos. Algunos de ellos pudieron asimismo ir a estudiar a Europa… El cuerpo humano se fue transformando, a través de un repertorio infinito de poses, en un género pictórico más, como el paisaje, el bodegón o el autorretrato.

Al mismo tiempo, y debido a que se trata de un género que aún era asociado principalmente a la representación del cuerpo femenino, el desnudo asumió un significado simbólico no solo en términos de conservadurismo cultural frente a modernidad, sino también como evidencia del sesgo de género existente en los planteamientos artísticos. La idea, legitimada en Occidente, de que el desnudo evoca tan solo el cuerpo femenino, encontró también su reflejo en la pintura turca.

El Museo Pera, situado en el distrito homónimo de Estambul (Beyoğlu, en su denominación turca actual), y especializado en arte orientalista del siglo XIX, celebra este año el décimo aniversario de su inauguración. La exposición Bare, Naked, Nude: A Story of Modernization in Turkish Painting (Üryan, Çıplak, Nü; Türk Resminde Bir Modernleşme Öyküsü), comisariada por Ahu Antmen, permanecerá abierta al público hasta el próximo 7 de febrero.

Neset Günal (1923–2002), ‘Cuatro bellezas’

Más información y fuentes:
» Bare, Naked, Nude: A Story of Modernization in Turkish Painting (Pera Museum)
» The story of modernization in Turkish painting (Hürriyet)
» Nude painting in Turkish art scrutinized at exhibition (Daily Sabah)

El arte turco rescata sus desnudos

En una Turquía que, a juzgar por los últimos resultados electorales, presenta una cara cada vez más conservadora, el cuerpo humano al desnudo ha encontrado un hueco de excepción en el Museo Pera de Estambul, que acoge desde el pasado… Leer

Kemal Kiliçdaroglu, líder de la oposición en Turquía y candidato del partido laico y de centro-izquierda CHP, durante un mitin. Foto: Wikimedia Commons

Apenas cinco meses después de las pasadas elecciones generales de junio, más de 54 millones de ciudadanos turcos vuelven a tener una cita con las urnas este domingo, en unos comicios anticipados marcados por una creciente tesión interna, y con una población cada vez más polarizada. Turquía, que, a pesar de todas sus contradicciones, parecía destinada a consolidarse como ejemplo de que es posible vertebrar democracia e islam, oriente y occidente, tradición y modernidad, llega a esta nueva convocatoria electoral con el sueño de la convivencia, si no agotado, sí seriamente resquebrajado.

La celebración de estas elecciones es la consecuencia de la incapacidad de los principales partidos políticos turcos de llegar a un acuerdo para la formación de un ejecutivo tras los comicios del pasado mes de junio, en los que el gobernante Partido Justicia y Desarrollo (AKP, islamista, conservador) perdió por primera vez la mayoría absoluta en 13 años, y ninguna formación logró tampoco el número suficiente de escaños. Para la mayor parte de los analistas y, especialmente, para los detractores del actual presidente del país, Recep Tayyip Erdoğan, la verdadera explicación hay que buscarla, sin embargo, en el empeño del mandatario turco, fundador y líder del AKP, por acrecentar su poder.

Para ello, Erdoğan, que ha dirigido el destino del país desde que su partido llegó al gobierno en 2002, pero cuyo puesto es ahora —al menos, en teoría— esencialmente representativo, necesita que el AKP logre la mayoría necesaria para reformar la Constitución y convertir su cargo en el de un presidente con verdadero poder ejecutivo, en una república presidencialista a la manera de Estados Unidos o Francia. La influencia que, a pesar de su obligada neutralidad, aún ejerce Erdoğan sobre el panorama político turco, habría sido determinante en el fracaso de las negociaciones para formar gobierno.

La crisis política es, no obstante, tan solo una de las caras del deterioro del modelo turco, minado desde hace años por la deriva autoritaria del Gobierno, continuos ataques a la prensa crítica, represión policial ante protestas ciudadanas, casos de corrupción con altos cargos implicados, una división cada vez mayor entre los grupos más conservadores y religiosos, los izquierdistas, los ‘indignados’, los nacionalistas y las minorías; la eterna amenaza latente de los sectores descontentos del ejército; la pérdida de la oportunidad de oro que tuvo Turquía de convertirse en una influyente referencia regional tras la ‘primavera árabe’ y, especialmente, el frenazo del supuesto milagro económico conseguido, al precio de un importante incremento de la desigualdad, bajo la batuta neoliberal del AKP: el crecimiento del 10% registrado por la economía turca durante la pasada década se ha quedado ahora en un raquítico 3% (según la previsión actual), la lira se ha desplomado frente al dólar y el euro, y la inflación no para de subir.

Violencia

Todos estos problemas palidecen, en cualquier caso, en comparación con el repunte de la violencia experimentado en los últimos meses. Todavía en estado de shock tras el brutal ataque terrorista del pasado 10 de octubre contra una concentración por la paz de militantes izquierdistas (102 muertos, el peor atentado en la historia moderna del país, en una doble acción suicida atribuida a Estado Islámico —EI—), la sociedad turca asiste además a un déjà vu con el que esperaba no tener que volver a enfrentarse en mucho tiempo: el alto el fuego roto por la guerrilla kurda del PKK tras dos años de tensa paz, y la contundente respuesta militar del Gobierno, han devuelto a la memoria de la población los peores años de los enfrentamientos entre el ejército y los militantes kurdos, la llamada «década perdida», que, en los años noventa, se saldó con decenas de miles de muertos y desplazados.

Y, mientras, Turquía se ha implicado militarmente de un modo más claro en la guerra civil de Siria, sumando a los esporádicos bombardeos a las bases de EI efectuados junto a la coalición internacional, ataques contra posiciones kurdas en el país vecino, todo ello bajo el consabido paraguas de la «guerra contra el terrorismo», y a pesar de que son precisamente los kurdos quienes han logrado frenar de un modo más efectivo la expansión de los yihadistas.

Así, el Gobierno turco se ha convertido en uno de los actores geopolíticos más activos en Siria, con un respaldo diplomático rotundo a la oposición armada que se enfrenta al régimen de Bashar al Asad, pero su posición ha quedado muy debilitada desde que Rusia envió hace un mes a sus cazabombarderos a este país, interviniendo a favor del régimen sirio, y contra los grupos respaldados por Turquía. En consecuencia, la relación diplomática entre Ankara y Moscú es ahora muy tensa, cuando hace pocos años, Erdoğan aún describía a Rusia como una alternativa a la UE. Rusia se ha negado incluso a efectuar una rebaja negociada previamente en los precios del gas natural que importa Turquía. Con su postura respecto a Siria, el Gobierno turco se ha distanciado incluso de sus aliados en el seno de la OTAN, organización a la que el país pertenece desde hace 60 años.

Refugiados

Por otro lado, con más de dos millones de refugiados sirios en su territorio, Turquía es el país que más desplazados por este conflicto acoge, una situación desbordante para Ankara pero que, al mismo tiempo, puede suponer un punto de inflexión en su relación con la UE, al ser Turquía el origen de la mayoría de los refugiados que, en un dramático éxodo sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial, están tratando de llegar a Europa desde el pasado verano.

A mediados de octubre, el primer ministro turco, Ahmet Davutoglu, y la canciller alemana, Angela Merkel, acordaron poner en marcha un proceso para acelerar algunos aspectos pendientes en la propuesta de incorporación turca a la Unión Europea, a cambio de la colaboración de las autoridades turcas en «la gestión» del crítico flujo de inmigrantes y refugiados procedentes en su mayoría del conflicto sirio.

Estas son las claves de unas elecciones cruciales para el futuro de Turquía, que van a ser observadas por miles de voluntarios turcos y por un equipo de 40 parlamentarios europeos de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), y en las que, pese a los malos augurios y a las múltiples sombras que atenazan al país, muchos ciudadanos mantienen depositadas grandes esperanzas:

Parálisis política e influencia de Erdoğan

Las elecciones generales celebradas en Turquía el pasado 7 de junio supusieron un importante cambio en el paisaje político del país. El gobernante AKP logró la victoria, pero perdió la mayoría absoluta que ostentaba desde 2002, y una nueva formación de izquierdas, el pro kurdo Partido Democrático de los Pueblos (HDP), logró entrar en el Parlamento. El resultado fue una Asamblea fragmentada en cuatro partidos: Partido Justicia y Desarrollo, AKP, islamista y conservador, con un 40,82% de los votos y 258 (tenía 311) de los 550 diputados del Parlamento;  Partido Popular Republicano, CHP, laico y socialdemócrata, con el 24,9% y 131 escaños; Partido Democrático de los Pueblos, HDP, con el 16,2% y 80 diputados; y Partido de Acción Nacionalista, MHP, religioso, ultranacionalista y muy a la derecha, con el 13,1% y 79 representantes. Era necesario, pues, llegar a acuerdos.

El presidente Erdoğan, en el cargo desde 2014, y anteriormente, desde 2003, primer ministro, encargó entonces formar gobierno a Ahmet Davutoglu, el líder de la lista más votada, el AKP. Tanto el CHP como el MHP exigieron para apoyarle dos condiciones: renunciar al plan de Erdoğan para acrecentar sus poderes instaurando una república presidencialista, y llevar a juicio los casos de corrupción relacionados con miembros del AKP.

Ambas condiciones fueron rechazadas, y el plazo de 45 días estipulado para llegar a un acuerdo expiró, entre acusaciones de la oposición a Erdoğan de entorpecer los intentos para lograr un pacto, algo que el AKP niega. Erdoğan convocó entonces nuevas elecciones para este 1 de noviembre, y los partidos volvieron a sumergirse en una campaña que, a pesar de que ha tenido una agenda menos intensa que la anterior (los recursos económicos estaban, en la mayoría de los casos, muy agotados) ha estado marcada por graves acusaciones mutuas, por el terrorismo, y por la reactivación de los ataques de y contra el PKK. El propio Erdoğan ha tenido una gran presencia, participando en numerosos mítines presentados oficialmente como actos contra el terrorismo.

Quién es quién: los principales candidatos

  • Ahmet Davutoglu (AKP). El actual primer ministro vuelve a estar al frente de la lista del partido gobernante. Obligado continuamente a rebatir las acusaciones de que se encuentra por completo bajo el poder de Erdoğan, Davutoglu ha intentado centrar la campaña en los aspectos económicos, prometiendo subir las pensiones y, al igual que el resto de los candidatos, el salario mínimo. Tanto Davutoglu como Erdoğan piden al electorado el apoyo suficiente para formar un gobierno de mayoría, como única vía para devolver al país la estabilidad que, en su opinión, es necesaria para recuperar el crecimiento económico, mantener una presencia efectiva en Siria, y solucionar el problema kurdo. Antes de asumir el cargo de primer ministro en 2014, Davutoglu fue durante doce años el principal consejero de Erdoğan en política internacional y, desde 2009, su ministro de Exteriores.
  • Kemal Kiliçdaroglu (CHP). El líder de la oposición y candidato del partido laico y de centro-izquierda CHP (el más antiguo del país, fundado por el padre de la Turquía moderna Mustafá Kemal ‘Atatürk’), apuesta por una socialdemocracia a la europea, en un programa con numerosas medidas sociales, que incluye asimismo «acabar con el terrorismo» y luchar contra la corrupción, aunque sin medidas concretas. Se presenta como el único candidato capaz de dialogar con todas las fuerzas políticas, pero tiene en su contra la pérdida de tirón sufrida por su partido en los últimos años frente al auge de nuevas formaciones como el HDP, capaz de aglutinar a los sectores descontentos de la izquierda, a movimientos ciudadanos como los surgidos durante las protestas del Parque Gezi, y a las diversas minorías, o frente a la tendencia promovida por el AKP de identificar la identidad turca más con el islam que con el laicismo, una política que ha calado en amplias capas de la población, especialmente en las zonas rurales.
  • Selahattin Demirtaş (HDP). Elegido en 2014 como presidente de la coalición de izquierdas HDP, junto con la socialista Figen Yüksekdağ, Demirtaş llevó a esta nueva formación a conseguir el hito de ser el primer partido pro kurdo en entrar en el Parlamento turco, al lograr 80 diputados en las pasadas elecciones. A pesar de que existen muchas diferencias, algunos analistas han descrito al HDP como una versión turca del español Podemos, o del griego Syriza. Apuesta por avanzar en el proceso de paz con los kurdos, se define como anticapitalista y ecologista, y, tras unos orígenes en los que sólo defendía los intereses kurdos, ahora basa su programa en la integración de todas las minorías, no solo étnicas (kurdos, armenios), sino también religiosas (alevíes, cristianos), o del colectivo LGBT. Es el único partido turco que aplica una cuota del 50% de mujeres en sus filas. La reactivación de la guerra entre el Ejército y la guerrilla kurda del PKK, sin embargo, ha complicado sus perspectivas electorales.
  • Devlet Bahçeli (MHP). El veterano líder del ultranacionalista MHP (está al frente del partido desde 1997), ha centrado sus ataques en el AKP, tanto por los escándalos de corrupción que han afectado al partido gobernante, como por la actuación «autoritaria» de Erdoğan, a quien acusa de ser el verdadero primer ministro en la sombra. El MHP, de tintes marcadamente religiosos e ideología derechista, promete mano dura contra el terrorismo y la corrupción, y más dinero para las clases desfavorecidas. Bahçeli se ha declarado dispuesto a pactar con todos los grupos, menos con el HDP. El MHP está ligado, aunque no oficialmente, a la organización paramilitar de extrema derecha nacionalista Lobos Grises, originalmente de carácter neofascista, y que incorporó posteriormente elementos religiosos islamistas.

Un sistema electoral que favorece a los grandes

El Parlamento turco, denominado Gran Asamblea Nacional, tiene un total de 550 escaños, con lo que para lograr la mayoría absoluta es necesario obtener 276 diputados. No obstante, para poder modificar la Constitución (el objetivo de Erdoğan) son necesarios 367 votos, si bien con 330 es posible convocar un referéndum para realizar modificaciones en la Carta Magna a través del voto popular.

Los miembros del Parlamento son elegidos en 85 distritos electorales, mediante un sistema de representación proporcional en el que es necesario superar el 10% de los votos para obtener un escaño, un porcentaje muy superior al de otros países (en Alemania es el 5%; en Suecia, el 4%). Ello supone que si, por ejemplo, un partido consigue 40 escaños, pero con solo el 9,5% de los votos (lo que logró el DYP en 2002), sus asientos se reparten entre los partidos que sí han superado ese umbral. Es decir, se trata de un sistema en el que los partidos grandes parten con una gran ventaja frente a los pequeños.

«Terrorismo kurdo», «terrorismo islámico»

Uno de los factores que han marcado la campaña electoral ha sido la supuesta permisividad del Gobierno frente al islamismo extremista, y la consecuente escasa atención que las autoridades habrían dedicado a las redes de Estado Islámico en Turquía, a la difusión de su ideología y a su labor de captación de miembros. De hecho, solo después del doble atentado suicida de Ankara, la masacre en la que murieron 102 personas, fueron desmanteladas células islamistas, y se confiscó material y explosivos.

Anteriormentre, el pasado 20 de julio, un suicida supuestamente miembro de EI mató a 32 personas cuando se inmoló en medio de un grupo de activistas que había viajado a Suruc, en la frontera con Siria, para ayudar en la reconstrucción de la ciudad de Kobane, destruida por la guerra. Muchos criticaron entonces al Gobierno de Ankara por no proteger a sus ciudadanos, y por permitir que EI hubiese conseguido un punto de apoyo en territorio turco. Poco después, dos policías fueron asesinados por un grupo vinculado al PKK. El gobierno turco respondió bombardeando las posiciones del PKK, tanto en Turquía como en el norte de Irak.

El AKP ha seguido insistiendo en sus mítines en que la amenaza principal es el PKK, y pidiendo la unidad del país frente a quienes quieren «despedazarlo», a pesar de que  la guerrilla kurda renunció hace años a sus antiguas reivindicaciones independentistas. Tanto Davutoglu como Erdoğan han sugerido que el atentado de Ankara no fue obra solo de Estado Islámico, sino que contó asimismo con la colaboración de miembros del PKK, e incluso de las milicias kurdas de Siria, coordinadas por el Partido Unión Democrática (PYD), una versión que no ha sido confirmada por la Fiscalía.

Así, el electorado acude a las urnas en una profunda división social en la que para unos el enemigo es el «terrorismo kurdo» respaldado por la izquierda, y para otros el Gobierno «que apoya a los terroristas islámicos».

El PKK anunció un nuevo alto el fuego unilateral tras el atentado del 10 de octubre en la capital, y prometió suspender todos sus ataques, salvo «actividades de defensa propia», para no interferir con las urnas. Este alto el fuego había sido reclamado por miembros del HDP para impedir que el AKP explotara el problema de la seguridad e impusiera zonas militares restringidas en el sureste del país con fines electoralistas, lo que podría dañar las expectativas del partido pro kurdo de entrar en el Parlamento.

Acoso a la prensa

La presión que el Gobierno turco ejerce contra los medios de comunicación críticos ha sido la otra gran piedra de toque en la recta final de la campaña electoral. El incidente más sonado ocurrió el pasado jueves, con la toma de control estatal de dos diarios y dos canales de televisión, todos críticos con el Gobierno del AKP, después de que un tribunal ordenara intervenir el holding Koza Ipek. Los diarios Bugün y Millet no salieron a la venta, y Bugün TV y Kanaltürk dejaron de emitir, después de que la policía turca se presentara en su redacción compartida en Estambul. Los administradores fiduciarios nombrados por el Gobierno, acompañados por la policía, expulsaron a los periodistas que no aceptaron adaptarse a la nueva línea editorial favorable al AKP.

Formalmente, la empresa está intervenida en el marco de un proceso contra Koza Ipek por «financiación y propaganda a favor del terrorismo», en referencia a los vínculos del conglomerado con el predicador turco Fethullah Gülen, exiliado en Estados Unidos, y enemigo declarado de Erdoğan. Los fiscales turcos describen la red de seguidores de Gülen como «organización terrorista», pese a no conocerse actividad violenta y no existir sentencia judicial al respeto.

La presión gubernamental contra la prensa crítica en Turquía no es, en cualquier caso, un problema nuevo. Uno de los periodistas más conocidos de Turquía, Ahmet Hakan, fue gravemente apaleado el pasado 1 de octubre por parte de cuatro sicarios, supuestamente vinculados al AKP. Y, en 2013, Turquía ostentó, por segundo año consecutivo, el récord de ser el país con más profesionales de la información en la cárcel, con un total de 40.

Por un lado, y como consecuencia del largo conflicto con el independentismo kurdo, Turquía tiene una legislación muy amplia para combatir el terrorismo, que el Gobierno usa a menudo para juzgar a periodistas que son críticos con el Ejecutivo. Muchos periodistas han sido procesados por el mero hecho de informar sobre actividades de grupos armados kurdos. Por otra parte, muchos profesionales de la información han sido encarcelados también en los últimos años por denuncias de conspiración contra el Gobierno por parte de los adversarios secularistas de Erdoğan.

Las encuestas

La mayoría de los sondeos predicen un escenario similar al salido de las elecciones del pasado mes de junio, con una subida del AKP, aunque insuficiente aún para obtener la mayoría absoluta, ligeros ascensos tanto del CPH como del MHP, y un descenso del HDP, que, no obstante, se mantendría por encima del 10% necesario para entrar en el Parlamento. Según los analistas, el CPH captaría los votos fugados del HDP tras la reactivación del conflicto kurdo, y el MHP, los de los descontentos con la política del AKP.

La media de las últimas encuestas publicadas otorga un 41,4% de los votos al AKP, un 26,8% al CHP, un 15,5% al MHP, y un 12,7% al HDP.


Publicado originalmente en 20minutos

Turquía vuelve a las urnas bajo una gran tensión y a la sombra de la guerra

Apenas cinco meses después de las pasadas elecciones generales de junio, más de 54 millones de ciudadanos turcos vuelven a tener una cita con las urnas este domingo, en unos comicios anticipados marcados por una creciente tesión interna, y con una población cada vez más polarizada. Turquía, que, a pesar de todas sus contradicciones, parecía destinada a consolidarse como ejemplo de que es posible vertebrar democracia e islam, oriente y occidente, tradición y modernidad, llega a esta nueva […]

Los tejados del Gran Bazar de Estambul, en una vista aérea. Foto: M. Erem Çalıkoğlu / SALT Research / Flickr

Las fuertes lluvias que cayeron la semana pasada sobre Estambul parecen haber dañado gravemente los históricos tejados que cubren el Gran Bazar, construidos hace más de 500 años, y que se encontraban ya en un estado preocupante de conservación, segun informa este jueves el diario turco Hurriyet.

Fotografías aéreas muestran que algunas de las grietas que aparecieron hace dos años en los tejados se han agrandado como consecuencia de la gran cantidad de agua caída recientemente. De hecho, varios arcos han tenido que ser reforzados con soportes de acero ante el aparente riesgo de derrumbe.

El diario añade que los daños existentes en el tejado del Gran Bazar se ven agravados por la existencia de una gran cantidad de depósitos de agua, aparatos de aire acondicionado y antenas de televisión por satélite, así como por las personas que suben para reparar o instalar estos objetos.

La preocupación por los tejados del Gran Bazar de Estambul se incrementó notablemente en el año 2012, cuando se rodó en ellos la escena de la persecución con motocicletas de la película Skyfall, de la serie de James Bond. Durante la filmación resultó dañada una columna de madera de 400 años de antigüedad.

Las autoridades municipales del distrito de Fatih, en el centro de Estambul, donde se encuentra el Gran Bazar, anunciaron a finales del pasado mes de febrero que está previsto llevar a cabo una restauración integral de todo el complejo histórico, para lo que se ha destinado un presupuesto inicial de 200 milllones de liras turcas (unos 95,6 millones de dólares).

El Gran Bazar de Estambul es uno de los mercados cubiertos más grandes del mundo, con un total de 22 puertas de acceso, 64 calles y más de 3.600 comercios. Entre 300.000 y 400.000 turistas lo visitan cada día.

A lo largo de su historia, el complejo ha sufrido más de 20 desastres, debidos, principalmente, a incendios y terremotos. Los dos incendios más graves ocurrieron el 20 de noviembre de 1651 y el 26 de noviembre de 1954. Tras el terremoto de 1894 se realizaron varias actuaciones de mejora que acabaron dándole su forma actual.

Primero James Bond y ahora la lluvia: el Gran Bazar de Estambul, de nuevo en peligro

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Manifestación de anarquistas kurdos en Estambul, en 2009. En la pancarta puede leerse ‘Em hemû Kawane li dijî Dehaqan’ (Todos somos Kaveh contra Dahaka), en alusión al héroe mítico kurdo más famoso y a su resistencia contra el tirano extranjero (Kāveh, o Kawe, el Herrero, contra el demonio Azhi Dahaka, o Zahhak). Foto: anarkismo.net

¿Anarquistas en Oriente Medio? En una zona del mundo donde las fuerzas asociadas al nacionalismo y a la religión tradicional se viven de un modo tan intenso, herida por un pasado colonial, y plagada de estados todopoderosos y luchas sectarias, los movimientos anarquistas no han tenido, ciertamente, ni mucho éxito ni mucha visibilidad.

La cuestión resurgió, y tampoco por mucho tiempo, con la aparición del llamado Black Block (bloque negro) en Egipto, durante las manifestaciones y disturbios de enero de 2013, en el segundo aniversario de la revolución que acabó con el régimen de Hosni Mubarak. Pero, más allá del grado de ‘anarquismo real’ presente en estos grupos, la actitud violenta de algunos de sus miembros sirvió a las autoridades para recuperar la ya clásica identificación entre anarquistas y «terroristas», una interesada generalización a la que sigue recurriendo el poder (a menudo, con la complicidad de los medios de comunicación), no solo en Egipto, sino en medio mundo.

En Palestina opera, desde el año 2003, el grupo de origen israelí Anarquistas Contra el Muro, que nació en respuesta al muro de separación construido por Israel en la Cisjordania ocupada. El grupo trabaja en cooperación con activistas palestinos y, desde su formación, ha participado en cientos de manifestaciones y acciones directas contra el muro en particular y la ocupación en general. Todo su trabajo es coordinado a través de comités populares locales de comunidades palestinas.

Pero la propagación de un ideario libertario y contrario al concepto mismo de estado no es una tarea fácil en un territorio ocupado, o entre una población que sigue teniendo la consecución de un estado propio entre sus aspiraciones y reivindicaciones históricas esenciales. Joshua Stephens lo refleja con claridad en un artículo publicado en la web del Institute For Anarchist Studies, donde reseña una conversación mantenida con un anarquista palestino:

«Sinceramente, todavía estoy intentando desprenderme del hábito nacionalista», bromea Ahmad Nimer, mientras hablamos en un café de Ramala. Nuestro tema de conversación parece bastante poco común: vivir como un anarquista en Palestina. «En un país colonizado resulta bastante difícil convencer a la gente con ideas antiautoritarias y soluciones sin estados. Lo que te encuentras, básicamente, es una mentalidad estrictamente anticolonial y, a menudo, basada en un nacionalismo estrecho», lamenta Nimer. Realmente, los anarquistas de Palestina tienen hoy en día un problema de visibilidad. El alto perfil internacional de la actividad anarquista israelí no parece encontrar mucho reflejo entre los propios palestinos.

El problema es similar, salvando todas las distancias y las grandes diferencias, tanto históricas como sociales, en el Kurdistán. Y lo es especialmente ahora, cuando, debido al avance del yihadismo extremista en Irak y a la amenaza de desintegración que se cierne sobre este país, el nacionalismo independentista kurdo parece estar más cerca que nunca de lograr avances importantes (aunque ya ha recibido el rechazo frontal de Estados Unidos, el presidente de la región autónoma del Kurdistán iraquí, Masud Barzani, pidió esta semana al Parlamento que fije una fecha para celebrar un referéndum en las zonas en disputa con Bagdad, como primer paso para una futura consulta de independencia).

Y, sin embargo, incluso entre los kurdos, «el mayor pueblo del mundo sin un estado propio», existe una historia anarquista que, con todo su necesario idealismo y su inevitable candor, resulta interesante recordar, precisamente ahora.

Lo que sigue es, traducido del inglés, un extracto del segundo volumen de la obra de Michael Schmidt y Lucien Van Der Walt Global Fire: 150 Fighting Years of International Anarchism and Syndicalism (AK Press, 2008), publicado en The Anarchist Library:

El anarquismo en Turquía, que llegó a ser una importante fuerza radical en la lucha contra el poder del imperialismo otomano sobre los pueblos búlgaros, macedonios, griegos, árabes, africanos y judíos, empezó a renacer a finales de los años setenta. Sin embargo, este florecimiento se vio obligado a echar raíces en suelo hostil, ya que, desde la formación del Estado turco en 1923, la izquierda política turca estuvo dominada por la tradición comunista y por grupos nacionalistas y socialistas que buscaban la independencia del Kurdistán, un territorio dividido entre Irán, Irak, Siria y la propia Turquía. Los más importantes entre estos grupos eran el Partido de los Trabajadores Kurdos, o PKK, fundado a mediados de los setenta, y el Partido Comunista Marxista-Leninista Turco, TKP-ML, ambos de tendencia básicamente maoísta. Los separatistas kurdos eran también un factor en Irán y en Irak.

[…] El anarquista estadounidense Sam Dolgoff menciona en sus memorias que en 1979 conoció a un anarquista turco en los Estados Unidos, y, según se indica en Anarquismo en Turquía (publicado por el grupo anarquista turco Karambol Publications), grupos y publicaciones anarquistas comenzaron a surgir en los años ochenta, expandiéndose durante los noventa: «En 1993, los anarquistas, con sus banderas negras, participaron por primera vez en las celebraciones del Primero de Mayo en Estambul, y lo harían también al año siguiente en Ankara y otras ciudades, creando mucho interés en los medios, que les dieron una gran cobertura y anunciaron que “al fin tenemos nuestros propios anarquistas”». Entre esta nueva generación de grupos anarquistas turcos se encuentra Firestarter, fundado alrededor de 1991, una Federación de Jóvenes Anarquistas (AGF), los Anarquistas Anatolios (AA), el Grupo Anarquista Karasin (KAG) y, ya en los años 2000, el grupo majnovista KaraKizil (NegroRojo) y sus afiliados de la Iniciativa Anarco Comunista (AKi), esta última, uno de los colectivos fundadores de anarkismo.net.

En los años ochenta surgió también una corriente anarquista entre los kurdos de Turquía, con movimientos como el Grupo 5 de Mayo, formado por turcos y kurdos exiliados en Londres. Estos grupos planteaban la cuestión de la independencia kurda en términos inequívocamente libertarios, y se oponían tanto al fundamentalismo islámico como al nacionalismo. En el manifiesto Hemos venido a enterrar la República de Turquía, no a alabarla, el grupo 5 de Mayo argumentaba que el enfrentamiento entre los nacionalistas modernizadores –los kemalistas que tomaron el poder tras el fin del Imperio Otomano– y los grupos islamistas es, más que un conflicto entre dos sistemas distintos, «una lucha por el poder entre dos fuerzas que en realidad no son tan diferentes la una de la otra». Este grupo condenaba asimismo el autoritarismo de las izquierdas turca y kurda, y ponía como ejemplo la tendencia del PKK a utilizar la fuerza para «eliminar a las organizaciones rivales, tanto turcas como kurdas». Del mismo modo, se oponían a las ambiciones imperiales de la propia Turquía, indicando que «estamos en contra de la política colonialista del Estado turco, y de sus políticas de asimilación, asentamientos e inmigraciones forzosas en la parte norte de Chipre». En el mismo artículo el grupo añade:

«El concepto de nación es un concepto imaginario empleado frecuentemente por las élites dominantes como base para su estructura de poder, así como por las camarillas aspirantes para engañar a las minorías oprimidas. Por esta razón, nosotros no creemos en la llamada auotodeterminación de una ‘nación’ imaginaria, sino en el autogobierno de individuos voluntarios, grupos y comunidades, trabajadores y no asalariados, etc».

Otro texto clave es ¿Necesitan los kurdos un estado?, publicado en 1996 por los Anarquistas Kurdos. En él se condena al PKK y a los grupos separatistas que, «en el nombre de un Kurdistán libre, y apoyados por terratenientes y comerciantes […] se han autoproclamado nuevos jefes del Kurdistán, aplastando con mano de hierro cualquier descontento y cualquier desafío a su poder y a sus propiedades, como cualquier otra autoridad en el mundo». El texto rechaza una solución basada en un estado: «Es una gran mentira, una mentira imperdonable, contarle al mundo, a través de sus medios masivos de comunicación, que el sufrimiento en las vidas de la mayoría del pueblo kurdo está provocado por la falta de un poderoso estado kurdo. La verdad es que la población pobre del Kurdistán está sufriendo, como, en muchos sentidos, la población trabajadora del resto del mundo, debido a las brutales fuerzas del sistema capitalista y sus propias autoridades».

La solución, argumentan los Anarquistas Kurdos, es «decirles a los trabajadores, a los profesores, a los estudiantes del Kurdistán, en las granjas, en las escuelas, en los lugares de trabajo, que no se dejen engañar por un simple cambio de jefes, de turcos a kurdos, de persas a kurdos, de árabes a kurdos; que aprendan de su propia historia y del conjunto de la historia de la clase obrera. La solución es una revolución anarco-comunista, una tarea enorme y que costará sangre, a una escala internacional, que encenderá la llama de la revuelta y de los corazones y las conciencias de turcos, persas y árabes, trabajadores, estudiantes y soldados, para acabar con el poder de la pobreza y con el poder del dinero». «Nuestro objetivo», concluyen, «es eliminar la religión, el estado, el racismo y el dinero».


Más información:
» Michael Schmidt & Lucien van der Walt, The Kurdish Question: Through the lens of Anarchist Resistance in the Heart of the Ottoman Empire 1880–1923 (The Anarchist Library)
» Anarchism en Turkey (Karambol Publications)
» Do the Kurdisk people need a state? (Umanita Nova, 1996)
» A short report on Anarchism in Turkey in 2000
» Interview with Kurdistan Anarchists Forum (anarkismo.net)
» Palestinian Anarchists in Conversation: Recalibrating anarchism in a colonized country (Institute For Anarchist Studies)
»The colour brown: de-colonising anarchism and challenging white hegemony (Budour Hassan)
» Tahrir International Collective Network 

La independencia kurda con ojos anarquistas

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Equipos de rescate sacan a un minero en una camilla, tras el accidente en la mina de Soma, Turquía, el pasado 15 de mayo. Foto: Mustafa Karaman / Wikimedia Commons

En una controvertida respuesta que contribuyó no poco a encender los ánimos de los afectados por la tragedia ocurrida el pasado martes en la mina de Soma, el primer ministro turco, Recep Tayip Erdoğan, intentó relativizar la magnitud del desastre afirmando que se trata de algo inevitable: «Los accidentes en las minas pasan con frecuencia, son cosas normales», dijo. Y, para ilustrarlo, acudió a ejemplos de otros siniestros… ocurridos en el siglo XIX: «He repasado la historia: unas 204 personas murieron en el Reino Unido al desplomarse una mina en 1838; otros 361 mineros fallecieron en ese mismo país en 1866, y 290 en 1894. Y en Estados Unidos, con toda su tecnología, murieron 307 mineros en 1907. Es algo habitual». En su propio país, tan solo unas horas antes y ya en pleno siglo XXI, acababan de morir 302, según el recuento oficial de víctimas dado por definitivo este viernes por las autoridades locales.

El accidente de Soma, por el que nadie, ni en el Gobierno ni en la empresa minera, ha asumido responsabilidades aún, y del que todavía se desconocen las causas exactas, ha reabierto la brecha entre el Ejecutivo turco y buena parte de la población del país, un descontento que se inició hace aproximadamente un año a raíz de las protestas ciudadanas originadas en el parque Gezi, en Estambul, y que se intensificó después con el escándalo de corrupción relacionado con el clérigo islámico Fetullah Gülen. Ahora, la tragedia minera puede suponer otro importante tropiezo en las aspiraciones de Erdoğan para ser reelegido en los comicios presidenciales del próximo mes de agosto, a pesar de que el primer ministro islamista cuenta todavía con un importante e incondicional apoyo electoral, sobre todo en las zonas rurales.

Y, sin embargo, las para muchos injustificables declaraciones de Erdoğan tienen, desgraciadamente, algo de cierto: para decenas de miles de trabajadores en muchos países del mundo, la mina sigue siendo la misma trampa mortal que era en el siglo XIX. La importante diferencia, omitida por el primer ministro turco en su repaso histórico, es que el problema no es ahora tanto tecnológico como económico. La búsqueda por obtener un máximo rendimiento hace que las leyes sobre seguridad laboral se ignoren o no sean lo suficientemente duras en muchos casos, una situación a la que hay que sumar la falta de libertad para protestar y la debilidad de los sindicatos en algunos de los países, como China, Rusia o la propia Turquía, donde son más graves y frecuentes estos accidentes.

No existen cifras verificadas del número de accidentes mortales relacionados con la minería, pero, según diversos informes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), cada año mueren en el mundo más de 1.200 mineros como consecuencia de desprendimientos, explosiones, intoxicaciones por gas, incendios, inundaciones y otros accidentes, tanto en explotaciones subterráneas como en superficie. Otras fuentes y sindicatos internacionales del sector consideran que la cifra real es mucho mayor (alrededor de 10.000), dado que muchos de los accidentes se producen en minas «irregulares» de países en desarrollo, sin controles oficiales. La OIT calcula que la minería emplea a cerca del 1% de la fuerza laboral mundial y genera el 8% del total de accidentes mortales.

Según datos de esta misma organización, dependiente de Naciones Unidas, 1.173 mineros murieron en accidentes laborales en Turquía entre 2001 y 2012. La OIT estableció en 1995 un Convenio sobre Seguridad y Salud en las Minas, pero Turquía, a pesar de la importancia del sector en este país, no se encuentra entre las 29 naciones que lo firmaron.

Estas son las claves del peor accidente minero en la historia turca, y de la falta de seguridad que sigue aquejando al sector, doscientos años después del apogeo de la Revolución Industrial.

El accidente de Soma

El accidente que ha conmocionado a la sociedad turca se produjo el pasado martes en una mina de carbón situada cerca de la localidad de Soma, en el oeste del país, a unos 500 kilómetros de Estambul. Aunque las causas exactas siguen sin conocerse, el origen pudo estar en la explosión de un transformador eléctrico que desató un incendio. La mayoría de las muertes (302, según el último cómputo oficial, dado a conocer el viernes) se produjeron por inhalación de monóxido de carbono. La presencia de este gas complicó asimismo las labores de rescate.

Uno de los trabajadores de los equipos de rescate relató a la cadena Euronews que después del accidente los mineros se abalanzaron hacia las salidas pero «murieron de inmediato, se desplomaron ante las puertas». «Por eso hizo falta tanto tiempo para rescatar los cuerpos, porque no se podían abrir las puertas, ya que estaban bloqueadas. Los cuerpos tenían que recogerse uno a uno y se llevaban a los hospitales, pero allí ya no había sitio, las morgues estaban llenas», añadió.

La mina

Pese a que el Gobierno turco ha afirmado que la mina de Soma era una de las «más seguras» del país, medios de comunicación locales han publicado estos días que la explotación tenía tan solo un refugio de cinco metros cuadrados para los cerca de 6.500 mineros que trabajan habitualmente en ella. La empresa propietaria, Soma Holdings, un consorcio que compró la mina al Gobierno, dentro de la política de privatizaciones impulsada por el Ejecutivo islamista de Erdoğan, había declarado por su parte, en diversas ocasiones antes del accidente, que las instalaciones contaban con varios refugios.

Otro aspecto polémico son las buenas relaciones existentes entre el Gobierno y Soma Holdings, y las acusaciones según las cuales la venta de la mina se llevó a cabo en condiciones muy favorables para la compañía. Según se ha publicado, Melike Dogru, esposa del director general de la empresa, es consejera del partido del Gobierno, el AKP.

Unas tres semanas antes de la tragedia, diputados del principal partido de la oposición (CHP) denunciaron la «mala gestión» de la mina en una moción presentada en el Parlamento turco. La moción fue rechazada por el partido en el poder, alegando que «el único objetivo era el de desacreditar al AKP ante los trabajadores». El Ministerio de Trabajo renovó en marzo todos los permisos de seguridad a la mina. El ministro de Energía la visitó en 2013 y alabó sus condiciones de trabajo.

Por otra parte, el Gobierno tuvo que reconocer tras el accidente que desconocía el número exacto de trabajadores que estaban empleados en la mina de Soma, lo que ha dado lugar a especulaciones sobre la posibilidad de que algunos de ellos estuviesen contratados de forma ilegal, y de que hubiese incluso menores.

A pesar del desastre, la mina seguirá explotándose, salvo decisión de las autoridades en contra, y según avanzó el propietario de Soma Holding, Alp Gürkan, quien ha negado que la empresa emplease a obreros de subcontratas, y ha reiterado que la mina había pasado todas las inspecciones de seguridad. Akin Çelik, un alto cargo de la empresa, reiteró por su parte que la compañía «no ha cometido errores de negligencia», pese a admitir que la cámara de supervivencia, apta para 500 personas, no pudo ser utilizada por estar en fase de ser desmontada para ser trasladada a otro emplazamiento.

Varios mineros de entre los últimos que salieron con vida del pozo declararon este viernes en una entrevista con la cadena NTV que se quitaban las máscaras «porque estaban rotas». «No duran más de diez minutos», aseguraron.

Tensión y protestas

Ni los tres días de luto nacional decretados por el Gobierno turco tras el accidente, ni las promesas de investigar «hasta el último detalle» consiguieron contener la rabia y el descontento generados por la tragedia. Varios sindicatos convocaron una huelga general en protesta por la inseguridad laboral, y las manifestaciones de rechazo contra el Ejecutivo sacaron a miles de personas a la calle en Estambul y en la capital, Ankara, así como en otras ciudades del país, como  Esmirna, Mersin o Antalya. En Ankara y Estambul la policía intervino contra los manifestantes con cañones de agua a presión y gas lacrimógeno, y se produjeron graves enfrentamientos.

La indignación, alimentada por las mencionadas declaraciones de Erdoğan, en las que comparaba el accidente con otros ocurridos en la minería en el pasado en diversas partes del mundo, alcanzó su punto más alto tras la difusión de un vídeo en el que podía verse a un asesor del primer ministro pateando a un vecino de Soma mientras era sujetado en el suelo por dos policías, durante la vista de Erdoğan a la localidad.

Primeras detenciones

La policía turca ha detenido ya a 24 personas, entre ellas varios responsables de Soma Holdings, la empresa gestora de la mina de Soma, según informaron este domingo las emisoras locales. Los detenidos son sospechosos de causar muertes «por negligencia y descuido» en el accidente minero del martes pasado.

Los arrestados, cuyo número podría aumentar en los próximos días, según la agencia de noticias Anadolu, iban a ser enviados al tribunal este domingo, confirmaron las autoridades turcas.

Entre los detenidos destacan algunos altos cargos de Soma Holdings, como su director general, Ramazan Dogru; el director de operaciones, Akin Celik, y el subdirector financiero, Ali Ulu.

Las privatizaciones, en el punto de mira

La ley turca no obliga a que las minas dispongan de una cámara de supervivencia, y Turquía no ha firmado la Convención de la OIT sobre Seguridad y Salud en las Minas. Desde 2004, la legislación turca permite que las minas sean explotadas por compañías privadas, empresas que, en teoría, deben someterse a los requerimientos de seguridad y salud impuestos por el Gobierno (la última ley sobre seguridad laboral, aprobada en 2012, obliga a estas empresas a llevar a cabo análisis de riesgos y a implementar las medidas necesarias, incluyendo la adopción de nuevas tecnologías). Pero, según señalan los expertos del sector, los controles están muy divididos entre diferentes autoridades, y la coordinación es insuficiente.

Ozgur Ozel, un diputado del principal partido de la oposición (CHP), resumía así el problema en declaraciones a SES Türkiye: «El Estado tiene una mina, y decide alquilarla a alguien en lugar de explotarla él mismo. Pero la mina sigue siendo la misma, tiene la misma cantidad de carbón. ¿Cómo puede [la compañía] incrementar sus beneficios si no se puede incrementar la cantidad de carbón? Reduciendo los costes ¿Qué costes? Los relacionados con la seguridad y la salud de los trabajadores». El diputado señala además que, puesto que el Estado es quien compra el carbón y el que establece de antemano la cantidad que puede ser explotada, las compañias privadas que explotan las minas «no tienen más opción que reducir costes si quieren obtener beneficios».

Más de 3.000 trabajadores han muerto y alrededor de 100.000 han resultado heridos en accidentes mineros en Turquía desde 1941, según datos de la agencia gubernamental de estadística TurkStat. Más del 10% de los accidentes laborales ocurridos en el país el año pasado tuvieron lugar en el sector minero.

De acuerdo con un informe publicado en 2010 por la Economy Policy Research Foundation of Turkey (TEPAV), la tasa de muertes relacionadas con accidentes mineros en Turquía supera a las de los países mayores productores de carbón en número de fallecidos por tonelada extraída (sería seis veces superior a la de China y hasta 30 veces mayor que las de la India y Sudáfrica). El mismo informe subraya que las minas explotadas por empresas privadas y subcontratadas presentan un mayor riesgo de accidentalidad, y que el número de muertes en las minas privadas se ha incrementado notoriamente desde 2008.

Trabajo de alto riesgo

Las minas de carbón producen una atmósfera altamente contaminante y explosiva, debido a la gran cantidad de gases que se encuentran absorbidos en este mineral. La toxicidad y explosividad que presentan estos gases hace muy peligrosa la labor de los trabajadores. Los avances tecnológicos, tanto en el equipamiento como en las propias instalaciones, han logrado reducir sensiblemente el número de fallecidos en las últimas décadas, pero miles de trabajadores siguen muriendo cada año como consecuencia de accidentes mineros.

La mayor tragedia en una mina de Turquía hasta ahora sucedió en 1992, cuando una explosión de grisú mató a 263 mineros. El segundo y el tercer peor siniestro en este país tuvieron lugar en 1983 y en 1990, y dejaron 103 y 68 muertos, respectivamente, por sendas explosiones de gas metano.

El mayor número de accidentes, no obstante, lo ostenta China, que produce un tercio del carbón mundial y emplea a la mitad de los mineros del mundo. Según datos del Gobierno chino, en 2013 fallecieron en accidentes 1.049 mineros en este país, un 24% menos que en 2012. En 2003 murieron más de 7.000.

En comparación, en el Reino Unido, donde históricamente ha habido un gran número de muertes en la mina, la media entre 2007 y 2012 fue de seis fallecidos al año, el 1% del total de muertes en accidentes laborales ocurridas en el país. En Estados Unidos, las muertes por accidentes mineros han caído desde 100 al año en los años noventa a 35 anuales entre 2009 y 2012, según datos del Departamento de Trabajo estadounidense.

No solo en la mina

Las muertes relacionadas con la minería del carbón no se producen tan solo en los pozos. La contaminación derivada de estas explotaciones es asimismo la causa de miles de muertes prematuras al año, tanto entre los propios trabajadores como entre la población colindante. En este sentido, un estudio citado por el diario británico The Guardian indica que las emisiones de explotaciones de carbón en China fueron responsables de unas 250.000 muertes en 2011. Otro informe, llevado a cabo en un centenar de minas de carbón de la India por un exgerente del departamento de contaminación del Banco Mundial, cifra en entre 80.000 y 120.000 el número de muertes prematuras en este país a causa de emisiones procedentes de minas de carbón, que habrían provocado asimismo unos 20 millones de nuevos casos de asma. Ambos estudios fueron patrocinados por Greenpeace.

Un tercer estudio, elaborado por la Universidad de Stutgart, en Alemania, calcula que la contaminación atmosférica que producen las 300 mayores minas de carbón de Europa es la causa de 22.300 muertes prematuras al año, y cuesta a las arcas públicas miles de millones de euros en concepto de tratamientos sanitarios y días perdidos de trabajo.

Por otra parte, y como señala también en The Guardian Karl Mathiesen, periodista especializado en información medioambiental, la industria del carbón, cada vez más cuestionada por su impacto en el cambio climático y por su alto coste humano, «no es solo un gran negocio; es también el resultado de situaciones de gran pobreza, ya que son a menudo los más pobres del mundo quienes descienden a oscuros pozos para recoger el material, viviendo cortas e intolerables vidas».

Los peores accidentes de la historia reciente

  • China tiene el récord del mayor número de personas fallecidas en un solo desastre minero. Ocurrió el 26 de abril de 1942, cuando murieron 1.572 personas en una explosión en la mina de carbón Honkeiko.
  • También en China, en febrero de 2005, una explosión de gas en la mina de carbón Sunjiawan de la estatal Fuxin Coal Industry Group, dejó 214 personas muertas. Meses más tarde, en noviembre de ese mismo año, una explosión de gas se cobró 169 vidas en la mina estatal de carbón Dongfeng, en la provincia de Heilongjiang.
  • En septiembre de 2006, 50 mineros murieron al derrumbarse el techo de una mina de carbón a causa de una explosión en el estado oriental de Jharkhand, en la India.
  • Al año siguiente, el 19 de marzo de 2007, una explosión de metano causó la muerte de al menos 110 personas en una mina de carbón siberiana, en Rusia, en el peor accidente registrado en una década en las minas del país, muchas de las cuales están obsoletas y carecen de modernos equipos.
  • El 21 de noviembre de 2009, nuevamente en China, una explosión de gas en una mina de carbón dejó 108 muertos. Más de 500 de personas estaban trabajando en el momento de la explosión, pero la mayoría logró escapar. Ocurrió en la mina Xinxing cerca de la ciudad de Hegang, en el noreste del país.
  • En marzo de 2010 al menos 200 personas murieron cuando una zanja se derrumbó en una mina de oro en Sierra Leona.
  • Meses más tarde, en junio de ese mismo año, la acumulación de gases provocó una explosión en una mina de carbón cerca del municipio de Amagá, en el departamento de Antioquia, Colombia, dejando 73 personas muertas.
  • El 5 de agosto de 2010 quedaron atrapados 33 mineros en un accidente en el yacimiento San José, cercano a Copiapó, en Chile. Hasta el 22 de agosto no se supo si estaban con vida o no. El derrumbe se produjo a más de 700 metros de profundidad. El 13 de octubre fue rescatado el primero de los 33 mineros, y 22 horas después, el último.
  • En España, seis trabajadores murieron el 28 de octubre de 2013 por una intoxicación de gas metano, en el Pozo Emilio del Valle de la localidad leonesa de Llombera de Gordón. Fue la tragedia más grave ocurrida en la minería española en los últimos 18 años, desde que catorce mineros perdieron la vida en 1995 tras una explosión de gas grisú en el pozo San Nicolás, perteneciente a Hunosa, en la cuenca minera de la localidad asturiana de Mieres.

Publicado originalmente en 20minutos

La tragedia minera en Turquía, el último zarpazo de un oficio que se cobra miles de vidas cada año

En una controvertida respuesta que contribuyó no poco a encender los ánimos de los afectados por la tragedia ocurrida el pasado martes en la mina de Soma, el primer ministro turco, Recep Tayip Erdoğan, intentó relativizar la magnitud del desastre afirmando que se trata de algo inevitable: «Los accidentes en las minas pasan con frecuencia, son cosas normales», dijo. Y, para ilustrarlo, acudió a ejemplos de otros siniestros… ocurridos en el siglo XIX […]

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