Citas

Ilhan Berk, ‘Mar de Galilea’

24/2/2015 | Miguel Máiquez

Soy una torre en Estambul. Prendí fuego a Estambul una mañana. Primero quemé la calle donde vivía ella. Aún se hallan entre mis recuerdos un niño, una mujer medio desnuda, un atardecer, aún se rezagan en mi memoria. Quemé los pájaros y los árboles. Sabemos que los pájaros y los árboles son incombustibles, ¿verdad? Pues los quemé. Vi su boca que no se podría cambiar por todo el oro del mundo. Su boca me recordaba […]

Abu Nuwas
Abu Nuwas

Aunque solo sea por un momento, un descanso de tanta tragedia, y un poquito de aire fresco por la ventana del hedonismo feroz del gran Abu Nuwas: Hombres, ¡a mí qué me importan / las espadas o los combates! / Yo sólo sigo a una estrella: / la del placer y la música. / En mí no confiéis, / pues soy de aquellos que rehúyen encontronazos y embates. / Cuando veo el enemigo / salto sobre mi potrillo / con las riendas colocadas […]

Nazik al Malaika

Nazik al Malaika, ‘Calendario’

13/10/2012 | Miguel Máiquez
Nazik al Malaika

Para nuestros pasos había un pasado; está muerto / desde hace cientos de años. / Los años han borrado su recuerdo / y lo han colocado entre los muertos. / Durante mucho tiempo hemos buscado / sus astros desaparecidos, / hemos recurrido al imposible / para devolverle la vida. / Hemos intentado, traspasando los siglos, / hacerle volver a sus comienzos, / esperando recobrar nuestros sentimientos, / y hemos regresado con las manos vacías. […]

Antes de que fueras mi amada / había más calendarios para contar el tiempo: / los hindúes,/ los chinos, / los persas / y los egipcios tenían sus calendarios./ Después de ser mi amada,/ la gente comenzó a decir: / el año mil antes de sus ojos / y el siglo décimo después de sus ojos. / En tu amor alcancé el grado de evaporación, / el agua del mar se tornó mayor que el mar, / la lágrima del ojo mayor que el ojo / y la superficie de la herida / mayor que la de la carne. […]

Las ciudades son un olor. Acre huele a yodo y especias. Haifa, a pino y sábanas arrugadas. Moscú, a vodka y hielo. El Cairo, a mango y jengibre. Beirut, a sol, mar, cigarrillos y limón. París, a pan recién hecho, queso y cosméticos. Damasco, a jazmín y frutos secos. Túnez, a nardos y sal. Rabat, a alheña, incienso y miel. Una ciudad sin olor no cuenta a la hora de los recuerdos. Los exilios comparten un olor, el de la nostalgia […]

Abdo Wazen, ‘El bosque del sueño’

30/11/2010 | Miguel Máiquez

Las dos manos que abandoné / Me acompañan como una luna. / De dí­a se perfilan como árboles en el camino / Y cuando en la noche corren las aguas de la imaginación / Me preceden hacia el bosque del sueño. / Las dos manos que abandoné / Se abren como mariposas dentro de mis ojos. […]

La noche se sienta donde tú estás. / Tu noche es de lilas. / A veces, de los rayos de tus hoyuelos / se escapa un signo que rompe la copa de vino / y alumbra la claridad de las estrellas. / Tu noche es tu sombra, / un fragmento de tierra legendaria / para igualar nuestros sueños. / Yo no soy el viajero ni el residente / en tu noche de lilas. / Soy el que un dí­a fue yo. / Cada vez que la noche te rodea / mi corazón duda entre dos moradas / y ni el ser ni el alma se satisfacen. […]

Dí­a a dí­a despierto / nuevamente del sueño / como si fuera ayer aún. / No sé lo que me espera / y quizás se evidencie / que no me espera nada. / La primavera de hoy es / igual a la anterior; / reconozco al mes de Iyar / pero no le dedico especial pensamiento. / No distingo entre el dí­a y la noche / sino por ser la noche la más frí­a / aunque el silencio en ambos sea el mismo. / Oigo de mañana pájaros piando. / Y de tanto cariño / que por ellos siento / fácilmente adormezco. […]

Umar Ibn Abi Rabi’a, ‘Réplicas’

25/11/2009 | Miguel Máiquez

A una muchacha de formados senos / Invité a tenderse, sin cojí­n, sobre la arena del desierto. / «Así­ lo haré, aunque no sea mi costumbre», dijo ella. / Y cuando iba a despuntar la aurora me dijo: / «Me has deshonrado. Ahora vete si quieres, o sigue, / si así­ lo prefieres». / Pero no hice salvo sorber sus encí­as / y, entre charlas, besarla en la boca. / Me llené de toda ella, / me envolví­ en su vestido de seda / y a mis ojos dije: «llorad ahora». […]

En la ladera del monte Ararat, a cuatro mil doscientos metros, hay un lago al que llaman Küp. A decir verdad, más parece un pozo que un lago, porque es muy profundo y apenas más grande que una era. Está completamente rodeado de rocas tan escarpadas y relucientes como el filo de un cuchillo. Desde las rocas hasta el lago desciende, cada vez más estrecho, un hollado camino de blanda tierra cobriza sobre la que asoma, aquí­ y allá, la hierba verde. […]

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