A una muchacha de formados senos / Invité a tenderse, sin cojín, sobre la arena del desierto. / «Así lo haré, aunque no sea mi costumbre», dijo ella. / Y cuando iba a despuntar la aurora me dijo: / «Me has deshonrado. Ahora vete si quieres, o sigue, / si así lo prefieres». / Pero no hice salvo sorber sus encías / y, entre charlas, besarla en la boca. / Me llené de toda ella, / me envolví en su vestido de seda / y a mis ojos dije: «llorad ahora». […]

