islamistas

Manifestantes muestran pancartas con el símbolo conmemorativo de la masacre de Rabaa, o Rabia (R4BIA), en El Cairo, el 23 de agosto de 2013. Foto: H. Elrasam / VOA / Wikimedia Commons

A las cinco y media de la mañana del 14 de agosto de 2013, hace hoy un año, fuerzas policiales y del ejército egipcio rodearon la zona de El Cairo en torno a las mezquitas de Al Raba y Al Adawiya, donde miles de partidarios del depuesto presidente Mohamed Mursi llevaban semanas desafiando al Gobierno en una masiva, y pacífica, acampada de protesta. Mursi, respaldado por la organización islamista de los Hermanos Musulmanes, había sido derrocado un mes antes por los militares en un golpe de Estado.

A través de megáfonos, las fuerzas de seguridad ordenaron a los manifestantes que desmantelasen el campamento y abandonasen el lugar. La mayoría no oyeron los mensajes, o simplemente no hicieron caso, determinados a mantener su protesta. Poco después, todas las salidas de la plaza fueron bloqueadas por vehículos blindados, al tiempo que se desplegaba un gran dispositivo militar y policial, con bulldozers, tropas de asalto y hasta francotiradores de élite en helicópteros. La mezquita, en la que se habían refugiado mujeres y niños, se incendió. Centenares de manifestantes fueron detenidos; muchos de ellos acabaron siendo «golpeados, torturados o ejecutados directamente». La trágica jornada se saldó con al menos 817 muertos. Esos son, en cualquier caso, los identificados hasta ahora. La cifra real podría superar los 1.150.

Todo según lo planeado: la masacre de Raba y la matanza de manifestantes en Egipto. Así titula Human Rights Watch el informe, de 188 páginas y publicado este martes, en el que esta organización documenta con todo detalle lo ocurrido hace un año en El Cairo, denuncia que la masacre fue premeditada, atribuye la responsabilidad a varios altos cargos del Gobierno (incluido el actual presidente, Abdel Fatah al Sisi), y sostiene que los hechos podrían constituir un crimen contra la humanidad.

«En la plaza de Raba, las fuerzas de seguridad egipcias cometieron en un solo día una de las matanzas de manifestantes más numerosas de la historia reciente», dijo el director ejecutivo de HRW, Kenneth Roth, en la presentación del informe, un documento que compara esta masacre con la de la plaza de Tiananmen de Pekín en 1989.

Roth, acompañado de la directora de HRW para Oriente Medio, Sarah Leah Whitson, viajó a Egipto el pasado domingo para hacer públicos los resultados de la investigación, pero, tras pasar 12 horas retenidos en el aeropuerto de El Cairo, las autoridades les negaron la entrada alegando «razones de seguridad». El informe tuvo que ser presentado por videoconferencia. Según indicó Roth posteriormente, era la primera vez en 25 años que Egipto impedía la entrada a HRW, una organización que también ha condenado en el pasado los abusos cometidos por los Hermanos Musulmanes.

Para elaborar el informe, los investigadores de HRW entrevistaron a más de 200 testigos, incluyendo manifestantes, médicos, periodistas y vecinos de la zona. También revisaron docenas de grabaciones de vídeo y analizaron las declaraciones de varios mandatarios egipcios.

El Gobierno de Al Sisi ha calificado el documento de «sesgado», y critica el hecho de que muchos de los testimonios incluidos sean anónimos. El texto reconoce, por otra parte, que algunos manifestantes estaban armados (se encontraron 15 armas de fuego en el campamento), una circunstancia que constituyó el principal argumento de las autoridades para justificar la violencia policial. No obstante, HRW indica que el uso de la fuerza fue «completamente desproporcionado», ya que los civiles armados eran una pequeña minoría. «Las pruebas muestran que las fuerzas de seguridad abrieron fuego contra la multitud desde los primeros minutos de la dispersión», indicó Roth.

Human Rights Watch escribió al Ministro del Interior egipcio, a la Oficina del Ministerio Público, al Ministerio de Defensa, al Ministerio de Asuntos Exteriores y a la Embajada de Egipto en Washington, instando a las autoridades egipcias a que expresaran sus opiniones sobre el informe. No recibió respuestas concretas a ninguna de estas peticiones.

«Cueste lo que cueste»

Según señala la ONG, numerosos comunicados y registros de reuniones gubernamentales indican que oficiales de alto rango eran conscientes de que los ataques causarían un gran número de víctimas: «En el mayor incidente, el desalojo de los campamentos de Al Raba y Al Nahda, el Gobierno anticipó e hizo planes para la muerte de varios miles de manifestantes», indica el documento. HRW denuncia que, un año después, las fuerzas de seguridad continúan negando las acusaciones y que «ni un solo oficial de la policía o del ejército ha tenido que rendir cuentas por estas muertes».

Entre los mandos que, según HRW, deberían ser investigados por existir pruebas de su responsabilidad se encuentran el entonces ministro del Interior, Mohamed Ibrahim, quien «elaboró el plan de desalojo, supervisó su aplicación, y reconoció que había ordenado a las Fuerzas Especiales que «avanzaran y purificasen» los edificios clave de la plaza de Raba»; el entonces ministro de Defensa y actual presidente del país, Abdel Fatah al Sisi, quien «desempeñó un papel de mando sobre las fuerzas armadas que abrieron fuego contra los manifestantes los días 5 y 8 de julio, supervisó la seguridad nacional como vice primer ministro para Asuntos de Seguridad, y reconoció haber pasado «muchos largos días discutiendo los detalles» del desalojo de Raba»; y el comandante de las Fuerzas Especiales durante la operación en Raba, Medhat Menshawy, quien «se jactó de haberle dicho él mismo al ministro Ibrahim, desde la plaza Raba, en la mañana del 14 de agosto, que “atacaremos cueste lo que cueste”».

«Hemos compartido nuestro informe con altos funcionarios egipcios, y esperábamos tener reuniones con representantes [del Gobierno] para discutir nuestras conclusiones y recomendaciones, pero parece que el Gobierno egipcio no desea hacer frente a la realidad de estos abusos, y mucho menos que los responsables rindan cuentas», dijo Roth.

Al menos tres personas murieron este jueves, una de ellas un policía, y decenas resultaron heridas en las manifestaciones convocadas por los islamistas para conmemorar el primer aniversario de la masacre.


Más información y fuentes:
» All According to Plan: The Rab’a Massacre and Mass Killings of Protesters in Egypt (informe completo de Human Rights Watch, en inglés)
» Egipto prohíbe entrar al país a delegación de Human Rights Watch (HRW)
» Egypt’s cover-up (Sarah Leah Whitson, en openDemocracy)
» Massacre de Rabaa : le rapport que les autorités égyptiennes ne veulent pas qu’on lise (Orient XXI)
» Human Rights Watch acusa a Egipto de planear la matanza de islamistas (El País)
» HRW: Rabaa Massacre in Egypt «a Crime Against Humanity» (Democracy Now)
» Cairo’s Rabaa massacre: One year later (Al Jazeera)
» In Pictures: Memories of the Rabaa massacre (Al Jazeera)
» August 2013 Rabaa Massacre (Wikipedia)

Leer también:
» Egipto, en una niebla cada vez más densa
» Noche de pesadilla en Egipto

Lo que el Gobierno egipcio no quiere que sepamos, un año después de la masacre

A las cinco y media de la mañana del 14 de agosto de 2013, hace hoy un año, fuerzas policiales y del ejército egipcio rodearon la zona de El Cairo en torno a las mezquitas de Al Raba y Al… Leer

Protesta en Túnez por el asesinato del líder opositor Chukri Bel Aid. Foto: Chady Ghram / Wikimedia Commons

Hace poco más de dos años, el 14 de enero de 2010, Zine al Abidín Ben Ali huía a Arabia Saudí, después de haber ocupado la presidencia de Túnez durante más de dos décadas. El dictador (ganó cuatro elecciones con porcentajes de hasta el 99,91% de los votos) cedía al fin el poder tras una revuelta popular que se había iniciado un mes antes, cuando Mohamed Buazizi, un joven de 26 años harto de una vida de constante humillación y sin expectativas, se inmoló a lo bonzo, falleciendo unas semanas después. Su muerte originó un movimiento solidario de protesta social entre los jóvenes pobres y en paro de su ciudad, que se extendió y acabó provocando la histórica caída del presidente. Había nacido la que pronto sería bautizada como «primavera árabe». El siguiente en caer, hace ahora justo un año, sería el presidente egipcio, Hosni Mubarak.

Desde entonces, Túnez ha sido el espejo en que se han mirado muchas de las sociedades árabes que han luchado o siguen luchando por hacer realidad un cambio tras años y años de opresión. También ha sido el modelo con el que, en contraste con la incertidumbre de Libia o la violencia polarizada de Egipto, Occidente respiraba más o menos tranquilo. La transición no era fácil, y las amenazas eran muchas, pero el país parecía caminar en la buena dirección: Elecciones, un gobierno de coalición, Ben Ali juzgado y condenado (aunque en ausencia), el turismo remontando tímidamente, los acuerdos comerciales a salvo… La presión de los salafistas (islamistas radicales) era cada vez más evidente, pero los disturbios en las universidades por el uso del nikab (velo integral), los ataques a galerías de arte, bares y santuarios sufíes, y las amenazas a personajes públicos eran vistos como actos puntuales de una minoría. Estaba el problema del atranque político, pero todos los procesos de transición son complicados. Como mucho, el país se encontraba en punto muerto.

Desde dentro, sin embargo, las cosas no se han visto nunca tan de color de rosa. El pasado martes por la noche, el dirigente izquierdista Chukri Bel Aid, un abogado de 47 años, líder del Partido de los Patriotas Demócratas Unificados (PPDU, integrado en el opositor Frente Popular), militante laico convencido y muy crítico con el Gobierno, denunciaba en un programa de televisión las «tentativas de desmantelar el Estado y crear milicias para aterrorizar a los ciudadanos y arrastrar al país hacia una espiral de violencia». Unas horas después, a la mañana siguiente, dos tiros acababan con su vida en la puerta de su casa.

Detonante

El asesinato de Bel Aid, cuya autoría no ha sido aclarada aún, ha desbordado un vaso que ya estaba lleno. La oposición acusa al partido islamista Al Nahda (o Ennahda, en el Gobierno) de no haber hecho nada para impedirlo, o, directamente, de estar detrás, algo que los islamistas niegan. Y la tensión, entre tanto, se ha disparado, con una huelga general incluida. Porque, más allá de un enfrentamiento entre laicos e islamistas, el conflicto tiene también una base económica, en la que sindicatos y movimientos izquierdistas exigen al Gobierno políticas más sociales.

En los días siguientes a la muerte de Bel Aid han vuelto las manifestaciones y los disturbios a las calles, y el primer ministro ha amenazado con dimitir si su propio partido sigue rechazando su propuesta de crear un gobierno de tecnócratas como paso previo a la celebración de nuevas elecciones. Además, este mismo domingo, tres ministros y dos secretarios de Estado pertenecientes al partido Congreso Por la República (CPR) han renunciado a su cargo.

Y todo ello en un contexto regional cada vez más explosivo, con el terrorismo islamista ganando espacio en el Sáhara y el Sahel, y acusaciones de que parte de las armas de que se nutren los terroristas están llegando a través de Túnez, procedentes del caos libio.

Si la transición tunecina estaba en punto muerto, ahora parece haber perdido, además, los frenos.

Encrucijada

Rachid Ghanuchi, el líder histórico del islamismo tunecino, proclamó al volver del exilio, tras la caída de Ben Ali, que Túnez iba a convertirse en «una sociedad democrática y modélica en el mundo árabe». La realidad, sin embargo, ha acabado situando al país en una difícil encrucijada. Los islamistas, muchos de los cuales fueron perseguidos, encarcelados y torturados durante la dictadura, cuentan con un innegable apoyo popular (y electoral), fruto en parte de su éxito entre las clases más castigadas por el paro y la miseria, y también de la división de la oposición. Y este apoyo puede derivar hacia un régimen donde vuelvan a perderse muchas libertades y a vulnerarse muchos derechos, especialmente, esta vez, para los sectores laicos de la población y para las mujeres.

En este sentido, es importante recordar que, desde la época del presidente Habib Burguiba (1957-1987), Túnez es uno de los países árabes donde más han arraigado formas de vida y pensamiento muy conectados con modelos occidentales.

Pero la tentación de alejar a los islamistas del poder, formando un gobierno (no electo directamente) de tecnócratas, y convocando nuevas elecciones, como ha propuesto el primer ministro, tiene también sus riesgos. Aparte de tratarse de una maniobra en principio poco democrática, el resultado puede ser contraproducente. Baste recordar la brutal guerra civil a la que dio lugar en Argelia la anulación de las elecciones que habían llevado a los islamistas al Gobierno, en los años noventa.

Estas son, en preguntas y respuestas, algunas de las principales claves de la evolución de Túnez desde la revolución y de su situación actual.

¿Quién gobierna ahora en Túnez?

Túnez fue el primer país de la llamada «primavera árabe» en celebrar elecciones a una asamblea constituyente. Los comicios tuvieron lugar el 23 de octubre de 2011 y en ellos el partido islamista Al Nahda (renacimiento, en árabe) logró 90 de los 217 escaños del parlamento, 60 más que su más inmediato competidor, el centrista Consejo Por la República (CPR).

Se constituyeron entonces las primeras instituciones democráticas: La presidencia del Estado fue para en el líder del CPR, el laico moderado Moncef Marzuki, y la de la Asamblea Nacional Constituyente recayó en Mustafá Ben Yafaar, del socialdemócrata progresista Foro Democrático por el Trabajo y las Libertades (FDTL, o Al Takatul). El partido más votado, Al Nahda, se reservó la jefatura del Gobierno, con su secretario general, Hamadi Yabali, como primer ministro. En diciembre de ese mismo año los diputados aprobaron una nueva Constitución provisional.

¿A qué se debe la crisis política?

La coalición de Gobierno ha sido conflictiva desde el principio. Ni Marzuki ni Ben Yafaar tienen en realidad mucho poder, y los dos socios del Ejecutivo acusan a Al Nahda de acaparar el proceso constituyente, por lo que le han retirado su apoyo y hasta han amenazado con dimitir. La lucha en el seno de la llamada ‘troika’ ha impedido el consenso necesario para designar a los principales ministros (tras meses de negociaciones infructuosas) y ha estancado también la redacción de la nueva Constitución, que tenía que haber estado lista el pasado mes de octubre.

Además, en el seno de Al Nahda existe también una gran división entre moderados, encabezados por el primer ministro Yabali, y radicales, partidarios de abrazar tesis más cercanas a las de los salafistas. Bajo la etiqueta de un «islamismo más auténtico», estos últimos sienten mayores simpatías por Ghanuchi, el líder histórico, cuya rivalidad con Yabali es cada vez mayor.

¿Quiénes son los salafistas?

El salafismo es una corriente ultraconservadora del islam, tradicionalmente apática con respecto a la vida política, muy atomizada (hay multitud de predicadores, cada uno con sus propios seguidores), y que ha crecido, sobre todo, en los suburbios de las grandes ciudades y entre los sectores más humildes de la población. Los salafistas abogan por una interpretación literal del islam, en un intento de recuperar la «pureza» de la religión.

Una corriente del salafismo, denominada popularmente salafismo yihadista, rechaza limitar la acción religiosa a la predicación y hace de la ‘guerra santa’ el centro de su actividad. Los salafistas de esta tendencia defienden el combate armado con el fin de liberar los países musulmanes de toda ocupación extranjera. También se oponen a la mayor parte de los regímenes de los países musulmanes, que juzgan como impíos, y pretenden instaurar estados «verdaderamente islámicos». Históricamente reprimidos, han ido propagando su discurso en los últimos años a través de cadenas de televisión privadas, muchas de ellas de origen saudí.

¿Cómo están actuando?

Los salafistas de Túnez, ampliamente extendidos, sobre todo, en el sur del país, han protagonizado numerosos incidentes violentos, en un intento de desestabilizar al Gobierno, de presionarlo para que imponga la ley islámica, o, simplemente, de crear una situación de caos que haga imposible el desarrollo normal de la transición democrática.

Así, han atacado canales de televisión, tiendas en las que se vende alcohol, galerías de arte a las que acusan de «impías», cines en los que se proyectan películas «inmorales», y todo tipo de acontecimientos culturales. También han provocado disturbios en actos políticos de la oposición, han destrozado decenas de santuarios religiosos populares y, en general, llevan a cabo continuas campañas de intimidación y amenazas, especialmente contra periodistas y en la universidad, donde se oponen a la restricción del uso del nikab, persiguen a las mujeres que no lo llevan y amedrentan a los profesores que lo prohíben. Disponen, además, de grupos de matones armados.

Oficialmente, Al Nahda (y, especialmente, el primer ministro) trata de distanciarse de la violencia salafista y condena muchos de estos actos. La oposición, sin embargo, acusa al partido islamista de no combatir suficientemente a los salafistas, o incluso de connivencia con ellos. Políticos de Al Nahda han llegado a justificar algunos ataques hablando de «provocaciones laicas». El asesinado Bel Aid había denunciado que le había sido denegada la protección especial que había solicitado ante las continuas amenazas que recibía.

¿Qué consecuencias ha tenido el asesinato de Bel Aid?

Aparte del agravamiento de la crisis política e institucional, desde la muerte de Bel Aid decenas de miles de manifestantes han protestado contra el crimen en las calles de la capital, Túnez, donde el miércoles murió un agente de policía por pedradas. También ha habido manifestaciones en otras ciudades como Sidi Bouzid, la cuna de la revolución que acabó con el régimen del presidente Ben Ali, y Gafsa, situada en el sur y considerada un bastión de seguidores del opositor de izquierdas asesinado. En esta última localidad se produjeron este viernes graves disturbios entre cientos de manifestantes anti islamistas y la policía (gases lacrimógenos incluidos), durante la celebración de un funeral simbólico en honor de Bel Aid.

¿Quién mató a Bel Aid?

Aún no se sabe, pero el esclarecimiento del crimen puede ser clave a la hora de apaciguar los ánimos en el país. Si, como se sospecha, los autores están más relacionados con el salafismo que con el islamismo oficial, su detención podría ser para Al Nahda, que ha sido acusada de instigar y hasta de estar detrás del asesinato, una buena oportunidad para dejar claro su distanciamiento de los extremistas, más allá de la condena del crimen en sí, que ha sido unánime.

¿Qué son las ‘Ligas de Protección de la Revolución’?

Otro gesto importante por parte de Al Nahda podría ser la disolución de las llamadas «Ligas de Protección de la Revolución», una especie de milicias vecinales que, a modo de vigilantes, actúan al margen de la ley, a menudo contra sectores laicos. Estas milicias constituyen, junto con los grupos de matones salafistas y las bandas simplemente criminales, uno de los grandes problemas actuales de seguridad en Túnez, problemas que derivan de la incapacidad del Gobierno a la hora de reconstituir las fuerzas del orden tras la revolución.

Tras la caída de Ben Ali, la hasta entonces omnipresente policía secreta (unos 80.000 agentes) fue prácticamente desmantelada, y la policía ordinaria, formada por agentes a menudo mal pagados y poco motivados, sufre el estigma de seguir estando relacionada con las prácticas dictatoriales del pasado. El Ejército, por su parte, es relativamente pequeño (35.000 efectivos, en un país de 10,5 millones de habitantes), y, a diferencia de en Egipto, su papel en el mantenimiento del orden público es poco importante.

¿Cómo es la situación económica?

La crisis que vive Túnez no es solo un conflicto entre laicos e islamistas. Al igual que al inicio de la revolución, la difícil situación económica en la que sigue inmerso el país, con una alarmante pérdida de empleo, la inflación muy alta y numerosos casos de corrupción, sigue siendo un factor fundamental. Ello explica la huelga general del pasado viernes (la primera en más de 30 años), convocada por el principal sindicato del país (la Unión General de Trabajadores Tunecinos, UGTT), así como la división entre la derecha conservadora y religiosa, por un lado, y el sector trabajador y campesino, por otro.

A pesar del apoyo que tradicionalmente reciben los islamistas en muchas zonas rurales, es también en estas áreas donde más duramente está golpeando el desempleo. Y, en un país con una importante tradición sindical, el respaldo a grupos más cercanos al movimiento obrero puede llegar a ser más importante que la fidelidad a las opciones religioso-conservadoras.

No obstante, si bien es cierto que, de momento, la demanda de «trabajo, libertad y dignidad» que acompañó a la revolución sigue sin ser plenamente atendida por el Gobierno, también es verdad que el Ejecutivo ha dado algunos pasos en esa dirección. En los presupuestos de 2013, por ejemplo, el gasto público tiene un incremento del 4,9%, una cantidad que, en gran parte, se piensa destinar a programas encaminados a reducir las disparidades regionales y a estimular la creación de empleo. El Gobierno también ha sido elogiado recientemente por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) tras lograr firmar un acuerdo con los representantes sindicales y la patronal, que fue calificado de «hito social».

¿Qué otras asignaturas siguen pendientes?

En general, la libertad política en Túnez se ha ido incrementando de manera exponencial durante estos dos años, pero existen muchas áreas donde organizaciones internacionales y locales de derechos humanos denuncian aún muchas carencias, sobre todos las relacionadas con la libertad de expresión y el funcionamiento de las instituciones. Todavía existen grandes obstáculos para el desarrollo de un sistema político abierto y democrático, empezando por la falta de una reforma de los ministerios clave: el de Justicia y el de Interior, que aún conservan prácticas más propias de la época de la dictadura.

Al cumplirse un año de la revolución, Amnistía Internacional publicó un informe en el que afirmaba que el actual Gobierno tunecino estaba haciendo retroceder los avances en la situación de los derechos humanos conseguidos tras la caída de Ben Ali, «lo cual hace dudar de su compromiso con las reformas». La ONG denunciaba, entre otras cosas, que habían aumentado las restricciones a la libertad de expresión de periodistas, artistas, críticos con el Gobierno, escritores y blogueros, «con la excusa de mantener el orden y la moral públicos». También indicaba que «las autoridades tunecinas no parecen haber podido o querido proteger a los ciudadanos de la agresiones de grupos al parecer afines a los salafistas».

¿Qué propone el primer ministro para salir de la crisis?

Yabali insiste en que la mejor solución para Túnez pasa por su propuesta de formar un Gobierno de tecnócratas y «apolítico» hasta la celebración, «lo antes posible», de nuevas elecciones. El primer ministro ha reconocido que tomó esta decisión de manera individual sin consultarlo con su partido -Al Nahda-, pero asegura que va a «continuar con la realización de esta iniciativa», cuya responsabilidad asume, y que, dijo, tuvo que tomar «para salvar al país». Según Yabali, su propuesta «ofrece a todos los partidos y al pueblo alcanzar rápidamente una solución de concordia, y un gobierno independiente que trabaje para llevar a cabo los objetivos de la revolución».

El vicepresidente de Al Nahda, Abdelhamid Yalasi, aseguró que esta formación «no está de acuerdo con la postura tomada por el jefe del Gobierno». La división existente llevó finalmente este domingo a Yabali a amenazar con dimitir si la Asamblea Nacional Constituyente rechaza su propuesta, aunque no renunciará a su cargo como secretario general de Al Nahda, a pesar de las críticas recibidas. «Si los miembros [del nuevo gabinete] son aceptados, especialmente por los partidos con representación en la Asamblea, permaneceré como jefe del Gobierno», precisó.

Las propuestas, añadió Yabali, «deberán ser remitidas antes del lunes», día en el que está previsto que especifique la fecha del anuncio del nuevo ejecutivo. El primer ministro apunta que podría ser «a mediados de la semana siguiente como tarde».

¿Cómo afecta a Túnez el auge del terrorismo islamista subsahariano?

En Túnez y en Argelia se han interceptado importantes alijos de armas procedentes de los antiguos depósitos de Gadafi, y los rebeldes tuareg y salafistas que se hicieron con el control del norte de Mali en marzo del año pasado nutrieron sus arsenales con armamento libio.

Un dirigente del partido opositor tunecino Nidá Tunis, Lazar Akremi, admitió recientemente que «Túnez se ha convertido en un pasillo por donde circulan armas» de Libia. «Necesitamos ayuda de Europa para restablecer la seguridad fronteriza, sobre todo con Libia, cuyas dificultades en reestructurar el Estado animan a muchos clanes mafiosos al comercio ilegal con sus iguales libios», indicó por su parte un portavoz de Al Nahda, quien señaló la falta de material como una de las principales carencias del país.

Ante la gravedad de la situación, Libia, Argelia y Túnez firmaron en la ciudad libia de Gadamés, cuatro días antes del ataque terrorista a la planta de gas argelina de In Amenas, un acuerdo de coordinación en materia de seguridad de fronteras y de lucha antiterrorista y contra el narcotráfico y el crimen organizado. Los primeros ministros de los tres países manifestaron entonces que la situación en Mali se había «deteriorado» de tal manera que podría tener consecuencias para la seguridad y la estabilidad de la región.

Las fechas clave en la transición tunecina

  • 15/1/2011. El presidente del Parlamento, Fouad Mebazaa, asume la jefatura interina del Estado.
  • 17/1/2011. El primer ministro, Mohamed Ghanuchi, anuncia un Gobierno de «unidad nacional», que incluye a los tres líderes de la oposición y a seis ministros del anterior régimen.
  • 18/1/2011. Los dos ministros de la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT), que desempeñó un importante papel en la revuelta, dimiten en protesta por la composición del nuevo Ejecutivo.
  • 19/1/2011. Suiza congela los fondos bancarios y bienes inmuebles de Ben Ali y su familia.
  • 23/1/2011. Miles de tunecinos exigen en la capital la renuncia de los ministros del anterior régimen.
  • 26/1/2011. La justicia dicta orden de detención internacional contra Ben Ali y su esposa.
  • 30/1/2011. El histórico líder islámico Rachid Gannuchi regresa tras dos décadas de exilio.
  • 31/1/2011. La UE congela los activos del matrimonio Ben Ali.
  • 19/2/2011. Entra en vigor la amnistía general para los presos políticos.
  • 27/2/2011. Dimite Ghanouchi ante las protestas ciudadanas. Le sustituye Beyi Said Essebsi. Poco después abandonan sus cargos dos ministros del partido de Ben Ali.
  • 1/3/2011. El partido islamista Al Nahda, en la clandestinidad durante el mandato de Ben Ali, es legalizado.
  • 7/3/2011. El primer ministro Essebsi nombra un nuevo gobierno.
  • 23/3/2011. El Partido de los Obreros Comunistas Tunecinos presenta su comité político, tras veinticinco años de clandestinidad.
  • 24/5/2011. El Banco Mundial anuncia que planea conceder préstamos a Túnez en los próximos dos años por valor de 1.500 millones de dólares.
  • 20/6/2011. Ben Ali y su esposa son condenados en rebeldía a 35 años de prisión cada uno por malversación de fondos públicos.
  • 4/7/2011. Ben Ali es condenado en rebeldía a 15 años de cárcel por posesión ilegal de armas y estupefacientes en otro nuevo juicio. El exmandatario tiene casi un centenar de cargos por los que responder.
  • 23/9/2011. El movimiento Al Nahda logra 90 de los 217 escaños del parlamento, 60 más que su más inmediato competidor, el centrista Consejo Por la República (CPR), tras la celebración de elecciones constituyentes.
  • 21/11/2011. Se constituyen las primeras instituciones democráticas: Presidencia del Estado (Moncef Marzuki, CPR), de la Asamblea Nacional Constituyente (Mustafá Ben Yafaar, FDTL) y del Gobierno (Hamadi Yabali, Al Nahda).
  • 11/12/2011. La Asamblea Nacional Constituyente (ANC) aprueba por mayoría una Constitución provisional que regula las prerrogativas de las tres presidencias del país y de las instituciones.
  • 11/6/2012. Toque de queda en ocho provincias a raíz de una ola de ataques protagonizada por miles de radicales islámicos en la capital, en respuesta a una exposición de arte considerada por los salafistas como un atentado contra el islam.
  • 13/6/2012. Un tribunal militar condena a Ben Ali a cadena perpetua por su implicación en la represión de la revuelta.
  • 14/8/2012. Al menos tres muertos en los enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y los manifestantes que intentaban asaltar la embajada de EE UU en Túnez en protesta por una película que se mofa del profeta Mahoma, que se suma al asalto a otras embajadas estadounidenses en el mundo musulmán.
  • 9/1/2013. Marzuki comienza contactos con los principales líderes políticos para fijar la fecha de las elecciones legislativas y presidenciales.
  • 6/2/2013. Asesinato del dirigente laico izquierdista Chukri Bel Aid.

Publicado originalmente en 20minutos


Nota: Aunque no consideramos a Túnez un país de Oriente Medio, incluimos este y otros artículos sobre el Magreb por la evidente significación de la llamada ‘primavera árabe’ en toda la región.

Túnez: el espejo de la ‘primavera árabe’ se resquebraja

Hace poco más de dos años, el 14 de enero de 2010, Zine al Abidín Ben Ali huía a Arabia Saudí, después de haber ocupado la presidencia de Túnez durante más de dos décadas. El dictador (ganó cuatro elecciones con porcentajes de hasta el 99,91% de los votos) cedía al fin el poder tras una revuelta popular que se había iniciado un mes antes, cuando Mohamed Buazizi, un joven de 26 años harto de una vida de constante humillación […]

Todavía es pronto para saber el alcance real de la decisión tomada este domingo por el presidente egipcio, Mohamed Mursi, de retirar al jefe del Ejército y anular las reformas llevadas a cabo por los militares, pero parece claro que la intención es iniciar, al fin, una nueva etapa más desligada de los restos (aún poderosos) del corrupto régimen de Mubarak.

El ministro de Defensa de Egipto y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Mohamed Hussein Tantawi, en 2002. Foto: Helene C. Stikkel / Dept. de Defensa de EE UU / Wikimedia Commons

En una maniobra sorprendente, aunque solo hasta cierto punto (los recientes incidentes del Sinaí le habían allanado el camino), el islamista Mursi ha anulado la declaración constitucional que aprobó el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas justo antes de transferir el mando, y que reservaba un gran poder al Ejército, y ha ordenado también el paso al retiro del ministro de Defensa y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Mohamed Hussein Tantawi, y del jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, Sami Anan. Tantaui fue jefe de la Junta Militar que dirigió Egipto desde la salida de Mubarak, el 11 de febrero de 2011, hasta que Mursi fue elegido presidente, el pasado mes de junio.

Mursi ha designado como vicepresidente al juez Mahmud Meki, quien se distinguió por su defensa de la independencia judicial durante la presidencia de Mubarak. El nuevo comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y ministro de Defensa será el general Abdelfatah al Sisi (uno de los oficiales que en un principio justificó los llamados «test de virginidad» a mujeres manifestantes en marzo de 2011), mientras que el general Sedqi Sobhi ocupará el cargo de jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas (el «número dos» del Ejército egipcio).

Como resultado de esta maniobra, Mursi (y, con él, los Hermanos Musulmanes) acapara más poder, una situación que habrá que poner aún en cuarentena, al menos mientras el parlamento egipcio siga disuelto. En un discurso pronunciado apenas unas horas después, el presidente ha dicho que «las decisiones que he tomado hoy no van dirigidas contra personas, ni pretenden avergonzar a ninguna institución, ni mi intención es recortar las libertades. No pretendo enviar un mensaje negativo sobre nadie, mi objetivo es beneficiar a esta nación y al pueblo». Este domingo por la noche, unos 2.000 manifestantes islamistas se han manifestado en la plaza Tahrir de El Cairo para festejar la decisión del jefe del Estado.

De momento, tal vez convenga actualizar el gráfico de la cadena de mando en Egipto…


Más información:
» Egyptian defence chief Tantawi ousted in surprise shakeup (Abdel-Rahman Hussein, en The Guardian)
» Espectacular golpe de mano de Morsi contra el Ejército egipcio (Íñigo Sáenz de Ugarte, en Guerra Eterna)
» In Switch, Egypt’s Civilian President Makes Coup against Generals (Juan Cole, en Informed Comment)
» Egypte, une nouvelle étape? (Alain Gresh, en Nouvelles d’Orient, Le Monde Diplomatique)
» The Morsi Maneuver: A First Take (Issandr El Amrani, en The Arabist)
» Military leadership reshuffling in Egypt – what it isn’t, what it is (Mohamed el Dahshan)

Hachazo de Mursi al ejército egipcio

Todavía es pronto para saber el alcance real de la decisión tomada este domingo por el presidente egipcio, Mohamed Mursi, de retirar al jefe del Ejército y anular las reformas llevadas a cabo por los militares, pero parece claro que… Leer

Osama bin Laden y Ayman al Zawahiri, en noviembre de 2001, en Kabul, Afganistán. Foto: Hamid Mir / Wikimedia Commons

¿Qué va a ser de Al Qaeda tras la muerte de Bin Laden? ¿Quién va a sucederle? ¿Siguen constituyendo la organización terrorista y sus grupos afiliados y satélites una amenaza, o se irá diluyendo poco a poco su capacidad de agresión? ¿Cómo está estructurada y dónde opera? ¿Cómo le han afectado las revueltas populares en el mundo árabe?

Al Qaeda se convirtió en el gran enemigo de Occidente tras matar a cerca de 3.000 personas en Nueva York y Washington el 11-S, afianzó su influencia organizando e inspirando brutales atentados como los de Madrid, Londres, Bali y tantos otros; apoyó a los talibanes en Afganistán y ayudó a avivar el infierno de la violencia tras la invasión de Irak.

Ahora, sin su líder, amenazada por el impacto de las revoluciones en Oriente Medio y el Magreb, y fraccionada, la red terrorista podría estar ante el principio de su ocaso.

Osama: de líder a icono

Cuando los comandos de élite de la Marina de EE UU ejecutaron a Osama bin Laden la noche del pasado domingo en Pakistán, eliminaron más un símbolo que a un líder real.

Bin Laden seguía siendo el jefe de Al Qaeda, pero su papel como dirigente activo de la organización terrorista había ido disminuyendo considerablemente en los últimos años. Y una de las principales razones es la evolución que ha experimentado la propia organización: A lo largo de la última década, Al Qaeda ha dejado de ser una estructura centralizada para convertirse en un movimiento de referencia, una especie de franquicia, bajo cuyo paraguas operan diversos grupos yihadistas que, a menudo, tienen poca o ninguna conexión con «la base» y no responden a una estrategia dirigida desde la cúpula. La mayoría de los movimientos integristas relacionados con Al Qaeda circunscriben su ámbito de acción a sus propios países.

Y, sin embargo, la mera existencia de Bin Laden (los mensajes en vídeo o audio que lanzaba de vez en cuando, su valor como icono) aún lograba tener un cierto efecto aglutinador, capaz de anteponer un discurso de unidad (Occidente como enemigo común, apropiación de la causa palestina) a las muchas diferencias, ideológicas y de objetivos, existentes entre las distintas facciones del fanatismo islamista.

Ahora que Bin Laden no está, es fácil pensar que volverá a imponerse la dispersión que caracteriza el mundo del yihadismo. A fin de cuentas, fue el propio Bin Laden quien defendió siempre un terrorismo con «muchos focos».

Relegada: el efecto de las revueltas árabes

Pero el mayor golpe para Al Qaeda puede que no haya sido la muerte de su líder, sino algo con lo que no contaba la organización terrorista: Las revueltas populares en el mundo árabe.

Al Qaeda nació con un gran objetivo a largo plazo (la instauración de un nuevo y «puro» califato islámico) y varios a corto plazo. Entre estos últimos, además de la expulsión de «los cruzados» de las tierras musulmanas, de la eliminación de la «entidad sionista» y de derrocar a la Casa de Saud (la monarquía saudí), había uno fundamental: Acabar con los regímenes «inaceptables» existentes en el mundo árabe. Y estos regímenes son las mismas dictaduras (Egipto, principalmente) a las que se están enfrentando ahora o se han enfrentado ya unos levantamientos populares que nada tienen que ver con Al Qaeda, y que han dejado a la organización relegada a un segundo plano, en un papel de mero espectador.

En este sentido, Al Qaeda podría estar perdiendo la partida incluso en el caso de que las protestas acaben favoreciendo a grupos islamistas más radicales, pero no yihadistas (como los Hermanos Musulmanes), y especialmente si quienes al final ganan más fuerza son, como en Turquía, los islamistas más moderados.

Porque, si bien es cierto que el yihadismo está intentando sacar partido y tomar posiciones de cara al futuro, también lo es que, por un lado, se trata de un movimiento muy desunido, y que, por otro, esta supuesta «oportunidad de oro» no cuenta, de momento, con el suficiente respaldo entre la población, pese a los temores de algunos en Occidente.

La agenda: del objetivo global a la realidad local

Con todo, la organización fundada por Bin Laden en 1988 sigue teniendo una gran influencia, y sus tentáculos mantienen una importante estructura operativa en lugares como el Magreb (el reciente atentado de Marrakech, los secuestros de extranjeros), Irak (el pasado jueves, un coche bomba conducido por un suicida causó más de una veintena de muertos en la ciudad de Hila), y el Cuerno de África (Somalia, especialmente). Pero, con la excepción de Yemen, uno de los principales santuarios de la organización, los objetivos en la mayoría de estos casos son esencialmente locales y con poco interés en la agenda mundial diseñada por Bin Laden.

Es posible que la figura de un Osama convertido en «mártir» y las temidas represalias por su muerte devuelvan notoriedad a Al Qaeda durante un tiempo, pero está por ver si el efecto será suficiente como para que la organización recupere el papel que tenía hace años.

Al Qaeda ha ido perdiendo apoyo popular en los países musulmanes y muchos expertos ponen también en cuestión su actual capacidad operativa a gran escala: Aunque ha habido varios intentos frustrados, desde los ataques de 2005 en Londres Al Qaeda no ha logrado perpetrar con éxito ningún otro gran atentado en Occidente.

La cúpula: quién es quién

  • El (probable) sucesor. La muerte de Bin Laden coloca a su lugarteniente, Ayman al Zawahiri, como primer candidato para liderar Al Qaeda. Al Zawahiri, un cirujano egipcio de 60 años de edad, es considerado la mano derecha de Bin Laden, y uno de los principales responsables de las peores masacres de la organización terrorista. Tras la muerte en 1997 de Abdulah Azzam, mentor religioso de Bin Laden, Al Zawahiri se convirtió en el ideólogo del grupo y se trasladó a los campamentos de adiestramiento de Al Qaeda en Afganistán. Un año después, fue uno de los firmantes de la fatua (edicto) de Bin Laden, en la que se ordenaba atacar los intereses de EE UU en todo el mundo. Tras múltiples especulaciones sobre su muerte o su precario estado de salud, Al Zawahiri reapareció en una serie de vídeos y grabaciones sonoras, a menudo junto al propio Bin Laden, y con mayor frecuencia desde 2004. El gobierno de EE UU ofrece una recompensa de 25 millones de dólares por su captura.
  • Los instructores. El ex coronel del ejército egipcio Saif al Adel (nacido en 1963) fue jefe de seguridad de Bin Laden y ha impartido entrenamiento en campos de Al Qaeda en Afganistán, al igual que el también egipcio, y de la misma edad, Abu Mohamed al Masri (alias Abdullah Ahmed Abdullah). EE UU vincula a ambos con los atentados contra dos embajadas estadounidenses en África en 1998 y ofrece por la captura de cada uno de ellos 5 millones de dólares.
  • El ‘químico’. El egipcio Abdel Aziz al Masri (alias de Ali Sayyid Muhamed Mustafa al Bakri, nacido en 1966), es miembro de la shura (consejo dirigente) de Al Qaeda y un estrecho colaborador de Al Zawahiri. Es un experto en explosivos y armas químicas. EE UU ofrece 5 millones de dólares por él.
  • El teólogo. Se cree que Abu Yahya al Libi, también conocido como Hasan Qayid y como Yunis al Sahrawi, fue miembro del Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL) antes de aliarse con Bin Laden. Desde entonces, se ha convertido en el principal teólogo de Al Qaeda y, en los últimos años, ha superado a Al Zawahri en su aparición en los vídeos de la organización, donde suele mostrar una imagen de erudito. Fue nombrado comandante de Al Qaeda en Afganistán.

Los militantes: cada vez menos

Según expertos consultados recientemente por la BBC, el núcleo central de Al Qaeda en este momento no dispondría de más de un millarde militantes propios, o ‘fijos’. En la Península Arábiga la organización tendría «unos centenares» de miembros, los mismos que en el Magreb.

Por otra parte, tras verse obligada a reubicarse en zonas tribales al noroeste de Pakistán, Al Qaeda ha visto bastante reducidas sus infraestructuras en esta zona.

No obstante, la estructura organizativa de la red, basada en células independientes de militantes y en redes de contactos clandestinos, hace difícil calcular el número real de sus integrantes.

Las ramas: tres grandes filiales

Actualmente, Al Qaeda, cuyo grupo principal (la central) se encuentra en las montañas del noroeste de Pakistán, cuenta con tres grandes filiales en el mundo, concretamente, en la Península Arábiga, Irak y el Norte de África:

  • Península Arábiga. Las células de Al Qaeda en Yemen y Arabia Saudí se reconvirtieron en 2009 con el nombre de Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), con sede en Yemen, después de tres años de operaciones antiterroristas en Arabia Saudí. Su líder es el yemení Nasser al Wahayshi, un antiguo estrecho colaborador de Bin Laden. El Gobierno de Yemen calcula en 300 el número de milicianos de AQPA en este país. Un año antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Al Qaeda cometió, en octubre de 2000, el atentado contra el destructor estadounidense USS Cole en el puerto yemení de Adén, que causó la muerte de 17 marinos. AQPA cperpetró varios atentados en Yemen a lo largo de 2010, y el pasado mes de noviembre anunció su intención de atentar a pequeña escala contra intereses estadounidenses.
  • Magreb. Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), liderada por el argelino Abdelmalek Droukdel, surgió en enero de 2007 por iniciativa de los combatientes del desaparecido Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), que habían luchado contra las autoridades argelinas hasta que a finales de 2006 decidieron aliarse a Al Qaeda. AQMI logró notoriedad con una serie de atentados contra el Gobierno y las fuerzas de seguridad de Argelia y contra la oficina de Naciones Unidas en Argel, en 2007. Sus ataques han decaído desde 2008 gracias a las operaciones de las fuerzas de seguridad de Argelia. Los expertos creen que cuenta con unos pocos cientos de combatientes, que operan en la vasta región desértica del noreste de Mauritania y el norte de Malí y Níger. En la actualidad, se centra en secuestros de occidentales.
  • Irak. El grupo de Al Qaeda en Irak fue fundado en octubre de 2004 por iniciativa del jordano Abu Musab al Zarqawi. Tras su muerte en 2006, la dirección fue asumida por el egipcio Abu Ayyab al Masri. En octubre de ese año, el Consejo Muyahidin de la Shura, dependiente de Al Qaeda, estableció el Estado Islámico de Irak, una organización que abarca a los diversos grupos armados y a los líderes tribales suníes, bajo la dirección de Abu Omar al Baghdadi. Desde 2007, Al Qaeda ha reducido el número de atentados en Irak, pero sus acciones se han vuelto más mortales. El 18 de abril de 2010, Al Masri y Al Baghdadi murieron en el curso de un ataque conjunto de las fuerzas estadounidenses e iraquíes al noreste de Bagdad. Un mes más tarde, Al Qaeda de Irak designó como o «califa», o «emir», en este país a Abu Baker al Baghdadi.

Los ‘afiliados’: un mosaico integrista

Entre los movimientos integristas que, en mayor o menor medida, se consideran vinculados a Al Qaeda se encuentran el grupo filipino Abu Sayyaf, Jemaah Islamiya (Indonesia), organizaciones como Asbat Al Ansar y Ansar Al Islam, el Grupo Combatiente Tunecino, el GIA argelino, el Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), el Ejército Islámico de Adén, las Brigadas Islámicas Internacionales, el Movimiento Islámico de Uzbekistán, y Lashkar i Jhangvi (Pakistán).

El dinero: ¿se cierra el grifo?

La muerte de Bin Laden puede reducir drásticamente el flujo de donaciones que realizaban hasta ahora a Al Qaeda los contactos personales del líder terrorista. Este dinero es una de las principales fuentes de financiación de la organización, junto con los robos de tarjetas de crédito, los secuestros de occidentales (sobre todo en el Magreb) y la ‘microfinanciación’ que consigue, generalmente mediante extorsión, a través de contribuciones de la población en las zonas donde opera.

Las armas: un arsenal ideológico

Al Qaeda dispone de un importante arsenal, incluyendo explosivos, armas cortas y largas, y misiles tierra-aire, y posee campos de entrenamiento en Pakistán, Yemen, Somalia y el norte de África. Pero su punto fuerte no son las armas. Al Qaeda no puede considerarse una fuerza armada convencional, a la altura de un ejército. Su fuerza es ideológica, y, en este sentido, depende de la captación de voluntarios que lleven a cabo los atentados, a menudo de carácter suicida, y de la capacidad, muy mermada en los últimos años, para sortear los sistemas de seguridad de sus objetivos.

La historia: algunas fechas clave

  • 1988. Osama bin Laden funda Al Qaeda tras la invasión soviética de Afganistán. Bin Laden había construido una «casa de huéspedes» para sus reclutas en Peshawar (Pakistán) y, tras la retirada soviética, conservó los registros de quienes pasaban por su «casa» y por sus campos militares, con el fin de seguir la pista de los combatientes y dar respuesta a sus familias. Esta red, el origen de Al Qaeda, se conoció como «La base» (Al Qaeda, en árabe), en referencia al registro de los datos de los muyahidines.
  • 1990. Al Qaeda aflora en el contexto internacional tras el despliegue estadounidense en Arabia Saudí por la Guerra del Golfo. Más adelante, participará en la lucha de los talibanes en Afganistán y en la expansión de las guerrillas islámicas en las ex repúblicas soviéticas.
  • Años noventa. EE UU atribuye a Al Qaeda un primer atentado contra las Torres Gemelas (6 muertos) en febrero de 1993. Después, el derribo de dos helicópteros estadounidenses en Somalia en octubre de ese mismo año, y, más adelante , el ataque en 1995 contra el edificio de la Guardia Nacional saudí en Riad (7 muertos), y el de 1996, con 19 soldados estadounidenses muertos en Dahrán. Tras ser expulsado Bin Laden de Arabia Saudí, la red traslada su sede a Jartum (Sudán) hasta 1996. EE UU ataca por primera vez las bases de Al Qaeda en Sudán y en Afganistán en agosto de 1998, en represalia por los atentados del 7 de agosto anterior contra sus embajadas en Kenia y Tanzania (241 muertos).
  • 2001. Tras los ataques del 11-S en EE UU, con casi 3.000 muertos, se bloquean cuentas bancarias vinculadas a Al Qaeda (más de 112 millones de dólares) y se practican más de 2.000 detenciones en varios países europeos (España, Francia, Alemania), árabes y asiáticos, especialmente en Pakistán, donde se refugiaron líderes huidos de Afganistán. En octubre, EE UU inicia la «Operación Libertad Duradera», que destruye las bases afganas de Al Qaeda y acaba con el régimen talibán que las cobijaba.
  • 2002. El 12 de octubre, un atentado de Yemah Islamiya (brazo de Al Qaeda en el sureste asiático) causa 202 muertos, la mayoría turistas, en Bali (Indonesia).
  • 2004. El 11 de marzo, diez explosiones en cuatro trenes de cercanías de Madrid causan 191 muertos y 1.841 heridos. Un informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos asegura que la invasión de Irak (2003) ha impulsado el reclutamiento por parte de Al Qaeda, que cuenta entonces con unos 18.000 militantes. Bin Laden irrumpe en la campaña electoral de EE UU con una carta al pueblo estadounidense, en la que asume los atentados del 11-S.
  • 2005. Cuatro explosiones -tres en el metro y una en un autobús- causan 56 muertos (incluidos los cuatro terroristas) y 700 heridos en Londres. Días después, el 23 de julio, una serie de atentados en la ciudad turística egipcia de Sharm el Sheij causan 64 muertos y cien heridos.

Publicado originalmente en 20minutos

El futuro de Al Qaeda tras la muerte de Bin Laden y el impacto de las revoluciones árabes

¿Qué va a ser de Al Qaeda tras la muerte de Bin Laden? ¿Quién va a sucederle? ¿Siguen constituyendo la organización terrorista y sus grupos afiliados y satélites una amenaza, o se irá diluyendo poco a poco su capacidad de agresión? ¿Cómo está estructurada y dónde opera? ¿Cómo le han afectado las revueltas populares en el mundo árabe? Al Qaeda se convirtió en el gran enemigo de Occidente tras matar a cerca de 3.000 personas en Nueva York y […]