Una periodista estadounidense y un fotógrafo francés han muerto este miércoles durante un bombardeo sobre el barrio de Baba Amro, en la ciudad siria de Homs, mientras que otros tres resultaron heridos, uno de ellos de gravedad, informaron activistas sirios.
Los informadores fallecidos son la estadounidense Marie Colvin, que trabajaba para el dominical Sunday Times, y el fotógrafo francés Rémi Ochlik, de la revista Paris Match, añadieron las fuentes.
Los heridos, que se encontraban junto a los fallecidos, son la periodista gala del diario Le Figaro Edith Bouvier, en estado grave, el informador gráfico británico Paul Conroy, el francés William Daniel y un fotógrafo sirio cuya identidad no se especificó.
El Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) presentó este martes en El Cairo su informe anual sobre los ataques a la profesión en todo el planeta. Al margen de la trágica cifra de informadores muertos en el ejercicio de su profesión (46 en 2011), el informe destaca dos cosas: un aumento general de la censura gubernamental y un incremento de las amenazas a los periodistas mediante el uso de las nuevas tecnologías.
El peor país para ejercer el oficio sigue siendo Pakistán (por segundo año consecutivo), con siete asesinatos en total, pero la situación ha empeorado especialmente en Oriente Medio, donde al menos 19 periodistas murieron el año pasado desempeñando su labor, frente a los seis fallecidos en 2010. Es decir, trece más.
Doce influyentes artistas de la escena cultural cariota cuentan en el documental The Noise of Cairo (El ruido de El Cairo) su experiencia durante la reciente revolución egipcia y reflexionan sobre su papel en el aún turbulento Egipto postrevolucionario. El documental, dirigido por Heiko Lange, se acerca durante algo menos de una hora a la obra y las vidas de músicos como Ramy Essam o Shaima Shaalan, escritores como Jaled al Jamissi, grafiteros como Kaizer, bailarines como Ezzat Ismalil… Todos ellos conforman un interesante mosáico en una ciudad que, tras la feroz censura del régimen de Hosni Mubarak, está viviendo, en palabras del director del filme, un auténtico despertar artístico.
The first or second morning after the invasion, I was so tired and I had spent so many years at the AP, learning the rules of keeping your distance from the story, and I said to myself, I’m just going to write it the way I feel it. From then on, I kind of just did that. I think you have to care about these stories to do them justice. And I did care about it. I care about the Middle East. You have to be careful and still there are certain rules you have to follow. But I think there’s enough gray there that you can kind of get away with being a little more interpretive. It’s not easy. What’s so rewarding about the reporting in Egypt, the reporting in Iraq is, if you just tell peoples’ stories, then they become the vehicles for these sentiments, these emotions. It becomes much more real in a certain way. Also much more honest.
¿Qué pasa con Rusia? ¿Por qué se opone sistemáticamente a cualquier actuación firme contra el régimen sirio? Después de haber vetado hace unas semanas una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU contra la represión que está ejerciendo el Gobierno de Damasco, Moscú votó en contra este jueves, junto con Pekín y otros diez países, de una resolución de condena aprobada finalmente por la Asamblea General, en la que se exige al presidente sirio, Bashar al Assad, que cumpla con el plan de transición elaborado por la Liga Árabe, un plan que contempla su salida del poder. Junto con Rusia y China se opusieron también Irán, Bielorrusia, Zimbabue, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Bolivia y, obviamente, la propia Siria.
La postura de Moscú está levantando ampollas en Occidente y numerosos analistas han empezado ya a hablar de una nueva “guerra fría” geopolítica, en la que Rusia estaría tratando de asegurar su influencia en una región donde tiene poco peso real, y ante una ‘primavera árabe’ que está cambiando, con mayor o menor éxito, el ‘status quo’ imperante durante décadas.
Cuarenta fotos para recordar algunos de los acontecimientos más destacados de 2011 en Oriente Medio y el Magreb. Una selección de imágenes extraordinarias para un año extraordinario. No están, obviamente, todas las que son, pero espero que, al menos, sean todas las que están.
El Gobierno de Estados Unidos ha desmentido que, como señalaron varios medios hace unos días, haya tomado ya una decisión sobre la solicitud del presidente yemení, Ali Abdalá Saleh, de viajar al país para recibir tratamiento médico: “Pese a los informes que indican lo contrario, Estados Unidos sigue considerando la petición del presidente Saleh de entrar en el país con el único objetivo de buscar tratamiento médico”, afirmó el portavoz adjunto del Departamento de Estado, Mark Toner.
Voy a ir a Estados Unidos. No para seguir un tratamiento, porque me encuentro bien, sino para no ser el centro de atención, para alejarme de las cámaras y permitir al gobierno de unidad que prepare las elecciones adecuadamente.
Es decir, Saleh dice que no necesita tratamiento médico, y Washington sostiene que, en todo caso, solo le concedería un visado para que se sometiese a un tratamiento médico. Cualquiera con dos dedos de frente puede deducir la conclusión: Saleh no debería poder viajar a Estados Unidos.
La vista preliminar contra el soldado estadounidense Bradley Manning, acusado de haber realizado la mayor filtración de datos reservados de la historia de EE UU (habría proporcionado más de 700.000 documentos clasificados a Wikileaks, incluido el famoso vídeo en el que puede verse como un helicóptero del Ejército estadounidense mata a varios civiles en Irak) acaba de concluir con la petición de la defensa de que no se solicite una pena mayor de 30 años.
Traidor para unos, héroe para otros, Manning ha acaparado titulares en medio mundo durante estos días. En los medios de comunicación estadounidenses, sin embargo, no tanto.
“Después de todo, ¿quién se acuerda hoy del genocidio armenio?” Esta terrible y famosa frase, atribuida a Adolf Hitler, resume en apenas unas palabras la impunidad que puede otorgar a las atrocidades el paso del tiempo y el abandono de la memoria. En el caso del dictador alemán, la pregunta cobraba un especial sentido trágico, por cuanto acabó materializándose en la realidad del Holocausto.
Afortunadamente, sin embargo, son muchos los que se acuerdan. No las víctimas directas, que apenas quedan ya, pero sí sus miles de descendientes y todos aquellos dispuestos a mantener vivo el recuerdo de lo que ocurrió.
El 22 de diciembre la Asamblea Nacional Francesa aprobó una ley que sanciona con un año de prisión y 45.000 euros de multa el negacionismo del genocidio armenio. El Gobierno turco respondió tachando la medida de “injusta, racista, discriminatoria y hostil hacia Turquía”, suspendiendo las relaciones políticas y militares con Francia y, en una reacción que, más que a reclamar justicia, parece obedecer a esa vieja falacia de que los pecados de los demás justifican los pecados propios, acusando a los franceses de genocidio durante su ocupación colonial de Argelia.
El 17 de diciembre de 2010, hace hoy un año, Mohamed Buazizi, un joven de 26 años harto de una vida de constante humillación y sin expectativas, se inmoló a lo bonzo en la puerta de la sede del gobierno regional de Sidi Buzid, en Túnez.
Buazizi falleció el 4 de enero, y su muerte originó un movimiento solidario de protesta social entre los jóvenes pobres y en paro de su deprimida ciudad. La protesta se extendió y acabó provocando la histórica caída del presidente Zine el Abidine Ben Alí. Había nacido lo que en unos pocos meses será bautizada como “primavera árabe”.
Un año y miles de muertos después, han caído dictadores, están naciendo nuevos gobiernos, las urnas están dando más poder a los islamistas, se ha afianzado una forma global de protesta, y, sobre todo, se sigue luchando.
Este es un resumen, elaborado por la agencia Efe, de lo que ha ocurrido hasta ahora y de cómo está la situación, país por país, en los países de Oriente Medio y el Magreb:
Las autoridades iraquíes asumieron este viernes el control de la última base militar que estaba en poder del Ejército de Estados Unidos y, pese a que la retirada completa de las tropas no concluirá hasta el próximo 31 de diciembre, el fin oficial de la ocupación estadounidense obliga ya a hacer balance.
Así, estos días se multiplican las informaciones sobre el costo económico total de la guerra (más de 800.000 millones de dólares), sus consecuencias políticas, económicas y geoestratégicas y, especialmente, el número de muertos, militares y civiles, iraquíes y estadounidenses, después de ocho años y medio de conflicto.
Mientras que el número de soldados estadounidenses muertos está claro (cerca de 4.500), la cifra de fallecidos iraquíes sigue sujeta a debate. La organización Iraq Body Count habla de 106.000 civiles fallecidos hasta 2010, un estudio respaldado por la ONU contabilizaba 151.000 iraquíes muertos hasta junio de 2006, y la revista The Lancet publicó en 2006 un informe en el que se cifraba en casi 655.000 el número de iraquíes que han perdido la vida.
La mayoría de los balances, sin embargo, parecen estar olvidando a las principales víctimas del conflicto: Los que siguen vivos. Los heridos, los amputados, las viudas y los viudos, los huérfanos, los cientos de miles de refugiados. Sobre el número total de personas marcadas para siempre por la huella de la guerra y los atentados apenas hay cifras fiables.
La pena de muerte siempre es un crimen. Uno especialmente perverso, además, por cuanto se beneficia de la impunidad oficial que los verdugos se conceden a sí mismos. Es un crimen sancionado por la ley. Pero lo ocurrido esta semana en Arabia Saudí, ese “país amigo”, donde el fanatismo religioso se utiliza como excusa para el despotismo, bajo el negro paraguas protector del petróleo, va más allá del debate sobre la pena de muerte. Es, se mire como se mire, pura barbarie. A ojos occidentales y a ojos orientales. Es barbarie a los ojos del ser humano.
Amina bint Abdul Halim bin Salem Nasser tenía sesenta años. Según informó el periódico árabe Al Hayat, con sede en Londres, citando fuentes de la Policía religiosa saudí, la mujer se ganaba la vida vendiendo “remedios curativos” contra enfermedades. Pero, en realidad, lo que Amina hacía no lo sabemos a ciencia cierta, porque las autoridades saudíes no se han dignado a hacer públicos los cargos concretos por los que fue detenida, en abril de 2009.
Lo único que sabemos es que fue condenada a muerte por practicar “la brujería y la hechicería”, y que ha sido decaptitada. A Amina le cortaron la cabeza el pasado lunes en la provincia de Al Jawf, en el norte del país.
Navy Pillay, alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, hoy:
El número de muertos en Siria supera los 5.000 y entre ellos hay más de 300 niños fallecidos. Ocurren torturas y en los centros de detención hay un elevadísimo número de desplazados y miles de detenidos.
Basándome en las pruebas de la naturaleza sistemática y extendida de los asesinatos, las detenciones y los actos de tortura, creo que todos ellos constituyen crímenes contra la humanidad, por lo que he recomendado que se refiera el asunto a la Corte Penal Internacional.
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