Un boicot doloroso pero necesario

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Neve Gordon, en Los Angeles Times (traducción de Alberto Arce, en Pueblos):

Los periódicos israelí­es han estado recogiendo a lo largo de todo el verano artí­culos respecto a una campaña internacional de boicot a Israel. Se han retirado pelí­culas israelí­es de festivales de cine, Leonard Cohen está siendo sometido a una presión muy intensa debido a su decisión de cantar en Tel Aviv, OXFAM ha roto sus relaciones con una famosa actriz británica que publicita cosméticos producidos en los territorios ocupados.

[…] La campaña, destinada a utilizar la misma táctica que colaboró a derribar el apartheid sudafricano, cada vez concita más apoyos en todo el mundo. Pero no sorprende que muchos israelí­es, incluso los pacifistas, no se sumen a la campaña. Un boicot global podrí­a incluir reminiscencias antisemitas. Además, surge la cuestión del doble rasero: ¿Por qué no boicotear a China por sus violaciones de los derechos humanos? Es muy contradictorio boicotear a tu propio paí­s. No es fácil para mí­, como ciudadano israelí­, pedirle a gobiernos extranjeros, autoridades regionales, movimientos sociales internacionales, sindicatos y ciudadanos que boicoteen a Israel.

Pero hoy, al mismo tiempo que veo a mis dos hijos pequeños jugar en el jardí­n, estoy convencido de que el boicot es el único modo en que Israel puede salvarse de sí­ mismo. Y lo digo porque hemos llegado a un cruce de caminos histórico y la crisis actual demanda medidas dramáticas. Digo esto como judí­o que ha elegido criar a sus hijos en Israel, que ha sido miembro del campo por la paz durante los últimos 30 años y que siente una gran ansiedad respecto al futuro de este paí­s.

El modo más preciso de definir al Israel de hoy es el de un Estado de apartheid. Durante los últimos 42 años, Israel ha controlado toda la tierra entre el rí­o Jordan y el Mar Mediterráneo. En esta región residen cerca de 6 millones de israelí­es y en torno a 5 millones de palestinos. De ellos, 3,5 millones de palestinos y medio millón de judí­os viven en la zona que Israel ocupó en 1967 y, aunque viven en el mismo lugar, se les aplican sistemas legales totalmente diferentes. Los palestinos no tienen Estado y viven privados de sus derechos humanos más fundamentales. En contraste, todo los judí­os, vivan en Israel o en territorio ocupado, son ciudadanos de pleno derecho del Estado de Israel.

Lo que me mantiene en vilo, como padre y como ciudadano, es cómo garantizar que mis dos hijos, así­ como los dos hijos de mis vecinos palestinos, no crezcan en este régimen de apartheid. Sólo hay dos modos moralmente aceptables de conseguirlo.

El primero es la solución de un solo Estado. Ofrecerles la ciudadaní­a a todos los palestinos y establecer una democracia binacional en todo el área controlada por Israel. Teniendo en cuenta la demografí­a, esto supondrí­a el fin del concepto de un Estado judí­o. Un anatema para la mayorí­a de los judí­os.

El segundo modo de terminar con nuestro apartheid serí­a la solución de los dos estados. Es decir la retirada de Israel a la fronteras anteriores a 1967 con intercambios de territorio, la división de Jerusalén y el reconocimiento del derecho palestino al retorno de un número limitado de 4,5 millones de refugiados que podrí­an regresar a Israel, mientras el resto podrí­a regresar al nuevo estado palestino.

Geográficamente, la solución de un Estado único parece mucho más realista, ya que palestinos y judí­os ya se encuentran mezclados: además, sobre el terreno, la solución de un Estado único, en su manifestación de régimen de apartheid, es ya una realidad.

Ideológicamente, la solución de dos estados es más realista, ya que menos del 1% de los judí­os y sólo una minorí­a de los palestinos apoya la binacionalidad.

Por ahora es más realista alterar la realidad geográfica que la realidad ideológica. Si en el futuro dos pueblos deciden compartir un Estado, que lo hagan, pero no es algo que deseen en la actualidad. Y si la solución de los dos estados es el modo de terminar con el Estado de apartheid, ¿cómo llegamos a ese objetivo?

Estoy convencido de que la presión desde el exterior es ya la única alternativa. A lo largo de las últimas tres décadas, los colonos judí­os en los territorios ocupados han aumentado su número de manera importante. El mito de una Jerusalén unificada ha llevado a la creación de una ciudad de apartheid donde los palestinos no son ciudadanos y no tienen acceso a servicios básicos. El movimiento israelí­ por la paz se ha desvanecido gradualmente hasta su práctica inexistencia y la polí­tica israelí­ avanza cada vez más hacia la extrema derecha.

Está claro, por tanto, que el único modo de luchar contra el apartheid es a través de una presión masiva desde el exterior. Las palabras de condena de la Administración Obama y de la Unión Europea no se traducen en el más mí­nimo resultado […].

En consecuencia, he decidido sumarme al boicot (desinversiones y sanciones) que fue lanzado por activistas palestinos en 2005 y que desde entonces se ha extendido por el planeta. El objetivo es que Israel respete sus obligaciones ante el Derecho Internacional y que los palestinos consigan ejercer su autodeterminación. […]


Neve Gordon es profesor de Ciencia Polí­tica en la Universidad Ben Gurion, Beer Sheva (Israel)
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