Chipre: el conflicto se enquista en la UE

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Andrés Mourenza, en La brújula (El Periódico):

Atila fue el rey de los hunos, un pueblo de origen turco-mongol que forjó un vasto imperio desde las estepas rusas hasta Europa Central en torno al siglo V. En la cultura popular se le recuerda como un fiero señor de la guerra y de él se decía que “bajo los cascos de su caballo jamás volvía a crecer la hierba”. No es un detalle baladí, por tanto, que los militares turcos bautizasen con el nombre del caudillo huno la operación mediante la cual invadieron Chipre en 1974. Bajo las orugas de sus tanques no ha vuelto a crecer la hierba.

ChiprePero la culpa no se le puede achacar únicamente a los turcos. Hace 50 años, cuando los británicos finalmente concedieron la independencia a la isla mediterránea, Londres, Ankara y Atenas acordaron para Chipre una constitución que de independiente tenía poco. Los tres países se reservaron el título de garantes del nuevo estado y, por ende, tenían derecho a intervenir en él cuando lo considerasen oportuno. Las comunidades grecochipriota y turcochipriota se convirtieron así en una valiosa munición al servicio de los gobiernos de Turquía y Grecia, azuzados en su enfrentamiento por los nacionalistas de cada bando y por Gran Bretaña, que veía en la célebre máxima latina divide et impera su mejor baza para conservar las bases militares soberanas de Akrotiri y Dhekelia en territorio de Chipre.

En 1963 las tensiones interétnicas se agudizaron, lo que obligó a la ONU a enviar una contingente de paz al año siguiente. La misión de la Fuerza de Paz de Naciones Unidas en Chipre (UNFICYP) cobró mayor sentido cuando el 15 de julio de 1974 la Guardia Nacional chipriota dio un golpe de estado, que contaba con el apoyo desde Atenas de la Junta de los Coroneles ya que el objetivo del putsch no era otro que la anexión de la isla a Grecia (enosis). Turquía no podía permitirlo y el gobierno del socialdemócrata Bülent Ecevit ordenó el desembarco militar. Con el segundo ejército más numeroso de la OTAN, a los turcos no les costó demasiado trabajo tomar el control del tercio norte de la isla. Sin embargo, gran parte de los cientos de muertos civiles fueron masacrados por grupos irregulares de ideología nacionalista como la EOKA-B grecochipriota y la TMT turcochipriota, en un macabro anuncio de lo que posteriormente ocurriría en Líbano y los Balcanes, otros dos territorios herederos del multiétnico Imperio Otomano.

Cerca de cuatro decenios después de la guerra, las partes no han conseguido llegar a un acuerdo de reunificación a pesar de las sucesivas rondas de negociación patrocinadas por la ONU. Los turistas que visitan Chipre pueden pasear por los alrededores de la Línea Verde, que separa las dos comunidades de Chipre, como si fuese el escenario de una película bélica de Hollywood. Los cascos azules (en su mayoría británicos, argentinos y eslovacos) también se pasean por entre las ruinas sin mucho que hacer. Es una guerra sin disparos. Pero a los países donantes de la UNFICYP se les está acabando la paciencia, me confesó un funcionario de Naciones Unidas en la isla hace unos meses. La UNFICYP es la misión sobre el terreno más antigua de la ONU y emplea a más de 1.000 trabajadores, entre personal civil y militar. Los cerca de 50 millones de euros anuales que cuesta la misión son financiados por la República de Chipre (un tercio), Grecia (aproximadamente una octava parte) y el resto de países donantes de la ONU. Y con la crisis que está cayendo ningún país quiere desperdiciar un sólo céntimo. Máxime cuando el conflicto afecta a un país que es miembro de pleno derecho de la Unión Europea, una organización fundada con el loable objetivo de resolver los conflictos en Europa por la vía de la negociación.

Por desgracia, la falta de soluciones puede estar sembrando de nuevo la semilla del conflicto. Durante el pasado mes de diciembre se produjeron varios feos incidentes. En Navidad, las autoridades de la autoproclamada República Turca del Norte de Chipre (TRNC) impidieron la celebración de una misa ortodoxa en una de las pocas aldeas del norte donde aún queda población griega. En el sur, organizaciones nacionalistas griegas agredieron a los seguidores turcochipriotas durante un partido de voleibol y también en un estadio de fútbol. En Limasol, tras un concierto conjunto greco-turco, los nacionalistas grecochipriotas atacaron con cuchillos a los cantantes turcochipriotas.

Hace tres años, mientras paseaba a lo largo de la Línea Verde, un colega grecochipriota me advertía de los peligros que entraña el hecho de que el conflicto se eternice sin una solución definitiva. “Las nuevas generaciones no conocen cómo era la vida antes del conflicto”, me contaba el hombre, ya entrado en años. Antes de la guerra, griegos y turcos solían convivir en paz y trabajaban juntos, especialmente en torno a los sindicatos y formaciones comunistas, las organizaciones que aguantaron más tiempo antes de dejarse llevar por la fiebre nacionalista.

Estas nuevas generaciones, además, han sido educadas en el odio mutuo por culpa de un sistema educativo que promueve en ambas partes la desconfianza hacia el vecino y lo acusa de ser el causante de todos sus problemas. En la última entrevista que hice al ex presidente turcochipriota Mehmet Ali Talat, a bordo de su autobús electoral, el político izquierdista se mostraba enfadado porque su iniciativa de modificar los libros de texto en el norte no fue seguida por su colega del sur, el comunista Demetris Christofias, ya que éste temía que los social-nacionalistas del partido EDEK dejasen el gobierno (como finalmente hicieron en febrero de 2010). En el norte, Dervis Eroglu (nacionalista conservador) se hizo la pasada primavera con la presidencia y, con él, regresaron a las escuelas los libros del odio.

Los turcochipriotas tienen derecho a sentirse defraudados por la Unión Europea. Fueron ellos los que mayoritariamente votaron a favor de la reunificación en el referendo de 2004, mientras que en el sur grecochipriota el entonces presidente, el nacionalista Tassos Papadopulos, aparecía en televisión pidiendo entre lágrimas a su pueblo que votase en contra. El pusilánime Christofias, entonces socio menor de una coalición con Papadopulos, logró que el partido comunista AKEL modificase su postura favorable a la reunificación y se postulase por el no y así salvó a sus ministros de ser expulsados del gobierno pero perdió una oportunidad histórica para la reunificación. Escasos días después del referendo, el 1 de mayo de 2004, la República de Chipre (grecochipriota) se convertía en miembro de pleno derecho de la UE, dificultando aún más la solución del problema ya que el pequeño estado isleño ahora goza de derecho a veto sobre las iniciativas de Bruselas. Una de estas iniciativas era levantar el embargo a la castigada población turcochipriota, algo que prometió la UE en caso de que el referendo fuese rechazado y que tampoco ha cumplido.

Todos los campos que arrasó Atila fueron sembrados de nuevo y la hierba volvió a brotar. En Chipre, si los actores implicados –especialmente la UE- no se ponen rápidamente a cultivar la paz, probablemente no será hierba lo que surja, sino que echarán raíces las semillas de la discordia y de nuevos conflictos.

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