Edward Said y la solución del Estado único

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Texto: Edward W. Said, en Magazine Desk, enero de 1999.
Traducción y extracto: Alif Nûn (Librería Mundo Árabe).

Dado el colapso del gobierno de Netanyahu en lo que respecta a los acuerdos de paz, es el momento de plantearse si todo el proceso iniciado en Oslo en 1993 es el instrumento adecuado para alcanzar la paz entre palestinos e israelíes. Mi opinión es que el proceso de paz ha aplazado de hecho la verdadera reconciliación que debe producirse si queremos que la guerra centenaria entre los sionistas y el pueblo palestino toque a su fin. Oslo sentó las bases de la separación, pero la verdadera paz sólo podrá llegar con un único Estado binacional israelí-palestino.

Esto no es fácil de imaginar. El discurso oficial sionista israelí y el palestino son irreconciliables. Los israelíes dicen que llevaron a cabo una guerra de liberación y de este modo alcanzaron la independencia; los palestinos dicen que su sociedad fue destruida y la mayoría de su población expulsada. Y, de hecho, esta incompatibilidad era ya bastante evidente para las primeras generaciones de líderes y pensadores sionistas y, desde luego, para todos los palestinos.

“El sionismo no desconocía la presencia de árabes en Palestina”, escribe el distinguido historiador israelí Zeev Sternhell en su libro The Founding Myths of Israel (“Los mitos fundadores de Israel”). “Incluso figuras sionistas que nunca habían visitado el país sabían que no estaba despoblado. Al mismo tiempo, ni el movimiento sionista en el extranjero ni los pioneros que comenzaron a colonizar el país podían diseñar una política con respecto al movimiento nacional palestino. La verdadera razón no era que desconociesen el problema sino que reconocían claramente la contradicción insalvable entre los objetivos básicos de ambas partes. Si los intelectuales y los líderes sionistas ignoraron el dilema árabe fue principalmente porque sabían que este problema no tenía solución dentro de la lógica sionista”.

David Ben-Gurion, por ejemplo, siempre se mostró muy claro al respecto. En 1944 dijo lo siguiente: “No hay ningún precedente en la historia donde un pueblo afirme estar de acuerdo en renunciar a su país, permitiendo que otro pueblo vaya allí, se instale y lo sobrepase en número”. Otro líder sionista, Berl Katznelson, tampoco confiaba en que pudiera superarse la oposición entre los objetivos sionistas y los palestinos. Y partidarios del Estado binacional como Martin Buber, Judah Magnes y Hannah Arendt eran plenamente conscientes de que el enfrentamiento, si se producía, sería sin duda tal y como ha sido.

Durante el Mandato británico y el periodo posterior a la Declaración Balfour de 1917, los árabes palestinos eran mucho más numerosos que los judíos y siempre rechazaron todo aquello que pudiera hacer peligrar su dominio. Sin embargo, es injusto que desde la perspectiva actual se reproche a los palestinos de entonces que no aceptaran la partición de 1947. Hasta 1948, los judíos sólo poseían el 7% de la tierra. Cuando fue propuesta la resolución de partición, los árabes se preguntaron por qué debía concedérsele a los judíos el 55% de Palestina, si éstos representaban una minoría. A diferencia de los derechos civiles y religiosos, la Declaración Balfour y el Mandato británico jamás reconocieron de manera específica que los palestinos tuvieran derechos políticos en Palestina. Por lo tanto, la desigualdad entre judíos y árabes se gestó desde un principio dentro de la política británica, y posteriormente en la israelí y la estadounidense.

El conflicto parece imposible de solucionar, pues ambos pueblos están luchando por el mismo territorio y siempre han creído tener el derecho legítimo a poseerlo, esperando que, con el tiempo, la otra parte renuncie o desaparezca. Una de las partes ganó la guerra y la otra la perdió, pero el conflicto sigue tan vivo como siempre. Nosotros, los palestinos, nos preguntamos por qué un judío nacido en Varsovia o Nueva York tiene el derecho a establecerse aquí (de acuerdo a la Ley del Retorno israelí), mientras que nosotros, el pueblo que ha vivido aquí durante siglos, no puede. Desde 1967, el conflicto entre ambas partes se ha exacerbado. Años de ocupación militar han generado ira, humillación y hostilidad en la parte más débil.

Para su descrédito, los acuerdos de Oslo hicieron poco por cambiar la situación. Arafat y su cada vez menor número de seguidores se convirtieron en los garantes de la seguridad israelí, mientras que los palestinos fueron obligados a soportar la humillación de unos espantosos “territorios nativos” que se encuentran incomunicados entre sí y representan el 10% de la población de Cisjordania y el 60% de la de Gaza. Oslo nos obligó a olvidar y renunciar a nuestra historia, desahuciados por la misma gente que enseña a todo el mundo la importancia de recordar el pasado. Así pues, somos las víctimas de las víctimas, los refugiados de los refugiados.

La razón de ser de Israel como Estado siempre ha sido la de convertirse en un país diferente, un refugio exclusivo para los judíos. Los propios acuerdos de Oslo se basaron en el principio de separación entre los judíos y el resto, tal y como Yitzhak Rabin no se cansó de repetir. Sin embargo, durante los últimos cincuenta años, y en especial a partir de 1967, con los primeros asentamientos israelíes en los territorios ocupados, las vidas de los judíos se han entrelazado cada vez más con las de los no judíos.

Paradójicamente, el esfuerzo por separar a ambas comunidades se ha producido al mismo tiempo que el esfuerzo destinado a apropiarse de cada vez más territorios, lo cual a su vez ha supuesto que un número creciente de palestinos sea incorporado a Israel. En Israel mismo, los palestinos representan el 20% de la población. Entre Gaza, Jerusalén Este y Cisjordania, lugares donde los asentamientos son más numerosos, hay más de dos millones y medio de palestinos. Israel ha construido todo un sistema de carreteras de circunvalación, diseñado para rodear las ciudades y aldeas palestinas, y así conectar los asentamientos y evitar a los árabes. Pero la superficie de la Palestina histórica es tan minúscula, e israelíes y palestinos están tan estrechamente entrelazados a pesar de la desigualdad y de su antipatía mutua, que simplemente no es posible que se produzca una separación completa ni que ésta sea viable. Se espera que pronto exista un equilibrio demográfico entre ambas comunidades. ¿Y entonces, qué?

Es evidente que un sistema que concede privilegios a los judíos israelíes no satisfará ni a quienes desean un Estado judío completamente homogéneo ni a quienes viven allí pero no son judíos. Para los primeros, los palestinos son un obstáculo que de algún modo hay que eliminar; para los segundos, ser palestino en un Estado judío supone estar siempre al borde de una situación de inferioridad. Pero los palestinos israelíes no quieren irse; dicen que ya están en su país y no quieren oír hablar de unirse a un Estado palestino independiente, en caso de que éste llegara a existir. Entretanto, las precarias condiciones impuestas a Arafat le hicieron difícil dominar a unos habitantes de Gaza y Cisjordania altamente politizados. Estos palestinos poseen un deseo de autodeterminación que, en contra de las previsiones israelíes, no da signos de desvanecerse. También es evidente que, como pueblo árabe, los palestinos desean preservar a toda costa su identidad árabe, como parte del mundo árabe e islámico circundante.

Por todo ello, la autodeterminación palestina en forma de un Estado separado resulta tan inviable como el principio de separación entre una población árabe que carece de soberanía y una población judía que sí la tiene, ambas inevitablemente mezcladas y conectadas a nivel demográfico. La cuestión, creo yo, no es cómo idear medios para conseguir la separación, sino ver si ambas comunidades son capaces de vivir juntas de la manera más justa y pacífica posible.

El actual panorama es bastante desalentador, por no decir que nos encontramos en un sangriento callejón sin salida. Los sionistas de dentro y fuera de Israel no parecen estar dispuestos a renunciar a su deseo de un Estado judío independiente, y los palestinos desean lo mismo para ellos, a pesar de haberse conformado con mucho menos después de Oslo. Sin embargo, en ambos casos, la idea de un Estado “sólo para nosotros” simplemente va en contra de los hechos: a menos que se produzca una limpieza étnica o un desplazamiento masivo de población, como en 1948, no hay manera de que Israel pueda deshacerse de los palestinos o los palestinos puedan hacer desaparecer a los israelíes. Ninguna de las partes dispone de una opción militar viable contra la otra, razón por la cual –lamento decirlo– ambas han optado por una paz que claramente trata de lograr lo que la guerra no ha podido.

Cuanto más persistan los actuales modelos de colonización israelí y de confinamiento palestino, menos probable es que haya una verdadera seguridad para ambas partes. Siempre ha resultado de lo más absurda la obsesión de Netanyahu con una seguridad basada únicamente en que los palestinos cumplan las exigencias israelíes. Por un lado, Ariel Sharon y él presionaron cada vez más a los palestinos con sus estridentes arengas a los colonos para que éstos se apoderaran de todo lo que pudieran. Por otro lado, Netanyahu esperaba que tales métodos de linchamiento obligaran a los palestinos a aceptar todo lo que Israel hace, sin ninguna contrapartida del lado israelí.

Arafat, apoyado por Washington, se volvía más represor cada día. De un modo sorprendente, apelando a las “Normas Británicas Defensivas de Emergencia contra los Palestinos” (British Emergency Defense Regulations against Palestinians), de 1936, Arafat llegó a decretar, por ejemplo, que no sólo es un crimen incitar a la violencia y los conflictos raciales y religiosos, sino también criticar el proceso de paz. Arafat simplemente rechazaba aceptar cualquier tipo de limitación a su poder, en vistas del apoyo recibido por parte de estadounidenses e israelíes.

La violencia, el odio y la intolerancia son hijos de la injusticia, la pobreza y un sentimiento de frustración provocado por la falta de logros políticos. Casos como el del otoño de 1998, cuando cientos de hectáreas palestinas fueron expropiadas por el ejército israelí en la aldea de Umm al-Fahm, la cual no está situada en Cisjordania sino dentro del propio Israel, subrayan el hecho de que, incluso como ciudadanos israelíes, los palestinos son tratados como inferiores, básicamente como si fuesen ciudadanos de clase baja que vive en condiciones de apartheid. Al mismo tiempo, dado que Israel no tiene una Constitución y que los partidos ultraortodoxos están adquiriendo un poder político cada vez mayor, grupos e individuos judíos israelíes han comenzado a organizarse en torno a la idea de una democracia plenamente laica para todos los ciudadanos israelíes. El carismático Azmi Bishara, un miembro árabe del Knesset [Parlamento de Israel] también ha hablado sobre la ampliación del concepto de ciudadanía como una forma de superar los criterios étnicos y religiosos que de hecho convierten a Israel en un Estado no democrático para el 20% de su población.

En Cisjordania, Jerusalén y Gaza existe una situación de explotación, altamente inestable. Protegidos por el ejército, los colonos israelíes (casi 350.000 de ellos) viven como individuos privilegiados procedentes de fuera del territorio, con unos derechos que los residentes palestinos no tienen. Por ejemplo, los palestinos de Cisjordania no pueden ir a Jerusalén y el 70% de su territorio todavía está sujeto a la ley marcial israelí, con sus tierras disponibles para la confiscación. Israel controla los recursos hidráulicos y la seguridad de los palestinos, así como las salidas y las entradas. No necesitamos ser unos expertos para ver que esta es la mejor receta para incrementar el conflicto, en lugar de limitarlo. Es necesario hacer frente a la verdad, y no evitarla o negarla.

Hoy en día hay judíos israelíes que hablan con franqueza de “post-sionismo”, en la medida en que, después de cincuenta años de historia israelí, el sionismo clásico no ha sido capaz de ofrecer una solución a la presencia palestina ni a una presencia exclusivamente judía. No veo otra vía que empezar a hablar ya mismo de compartir la tierra que ambos pueblos habitamos, de compartirla de una manera realmente democrática, con los mismos derechos para todos los ciudadanos. No puede haber reconciliación a menos que ambos pueblos, dos comunidades que han experimentado el sufrimiento, comprendan que la presencia del otro es un hecho inevitable, y que deben actuar en consecuencia.

Esto no significa que el estilo de vida judío deba desaparecer o que los árabes palestinos tengan que renunciar a sus aspiraciones y derechos políticos. Por el contrario, supone la autodeterminación para ambos pueblos, pero asumiendo que es necesario mitigar, reducir y, por último, renunciar a un estatus privilegiado de una de las partes a expensas de la otra. La cuestión de la Ley del Retorno para los judíos y el derecho al retorno de los refugiados palestinos deben estudiarse y resolverse como un todo. También deberían moderar sus pretensiones quienes defienden la noción del Gran Israel como una tierra entregada por Dios a los judíos y la de Palestina como un territorio exclusivamente árabe.

Resulta interesante observar que la milenaria historia de Palestina ofrece al menos dos precedentes que nos permiten pensar en términos laicos y moderados. En primer lugar, Palestina es y ha sido siempre una tierra habitada por muchos pueblos; supone una simplificación absoluta pensar que Palestina es un territorio básica o exclusivamente judío o árabe. Si bien la presencia judía es muy antigua, no es en absoluto la única. Cananeos, moabitas, jebuseos o filisteos se incluyen entre los pueblos que la habitaron en la antigüedad, y romanos, otomanos, bizantinos o cruzados en periodos más recientes. Palestina es multicultural, multiétnica y multirreligiosa. Hoy en día, hay tan pocos argumentos históricos para justificar la homogeneidad como para las ideas de pureza nacional, étnica o religiosa.

En segundo lugar, durante el periodo de entreguerras, un pequeño pero importante grupo de pensadores judíos (Judah Magnes, Buber, Arendt y otros) abogaron por un Estado binacional e hicieron campaña en su favor. Naturalmente, la lógica del sionismo aplastó sus esfuerzos, pero la idea sigue viva aquí y allá entre algunos individuos judíos y árabes frustrados por las evidentes carencias y abusos del presente. La esencia de su enfoque es una coexistencia y una capacidad para compartir que requieren de una voluntad innovadora y atrevida, dirigida a superar el inútil punto muerto en el cual nos encontramos. Una vez seamos capaces de reconocer al otro como un igual, creo que no sólo será posible seguir avanzando, sino que también resultará atrayente.

El paso inicial, sin embargo, resulta muy difícil de dar. Los judíos israelíes viven al margen de la realidad palestina, y la mayoría de ellos dice que no les incumbe en absoluto. Recuerdo la primera vez que viajé desde Ramallah a Israel, pensando que era como ir directamente desde Bangladesh hasta el sur de California. Sin embargo, la realidad nunca es lo que parece.

A los palestinos de mi generación, todavía aturdidos por el impacto de perderlo todo en 1948, les resulta casi imposible aceptar que sus hogares y sus haciendas fueran ocupados por otras personas. No veo la manera de ignorar el hecho de que una población desplazó a otra en 1948, cometiendo de ese modo una grave injusticia. Entender la historia de los palestinos y los judíos como un todo no sólo dota de pleno sentido a la tragedia del Holocausto y a la que posteriormente sufrieron los palestinos, sino que también revela como, en el curso de las relaciones entre israelíes y palestinos desde 1948, un pueblo, el palestino, ha soportado hasta el límite el dolor y la pérdida.

A los israelíes religiosos y de derechas y a sus partidarios no les plantea ningún dilema esta situación. Ellos dicen: “Sí, ganamos, pero así es como debe ser. Esta tierra es la tierra de Israel, y de nadie más”. Oí decir esas palabras a un soldado israelí que protegía una excavadora empleada para destruir los campos de un palestino de Cisjordania (el propietario observaba la escena impotente) por los que pasaría la ampliación de una carretera de circunvalación.

Pero ellos no son los únicos israelíes. Otros desean una paz que sea producto de la reconciliación y no aceptan de buena gana la creciente influencia de los partidos religiosos en la vida israelí ni la injusticia y la decepción provocadas por los acuerdos de Oslo. Muchos de estos israelíes se manifiestan en contra de las expropiaciones de tierras y la demolición de casas palestinas que lleva a cabo su gobierno. De modo que se percibe entre muchas personas una sana disposición a buscar la paz más allá de las apropiaciones de tierras y de las bombas de los suicidas.

Para algunos palestinos, renunciar a recuperar por completo la Palestina árabe supone renunciar a su propia historia, pues son la parte más débil, los perdedores. Muchos otros, sin embargo, y en especial la gente de mi generación, se muestran escépticos con sus mayores y miran hacia el futuro de un modo menos convencional, más allá del conflicto y la pérdida constante. Obviamente, la clases dirigentes de ambas comunidades están demasiado ligadas al “pragmatismo” de las actuales corrientes de pensamiento y de las formaciones políticas como para arriesgar lo más mínimo, pero algunos otros (palestinos e israelíes) han comenzado a plantear alternativas innovadoras frente a la situación actual. Se niegan a aceptar las limitaciones de Oslo, lo que un experto israelí ha llamado “paz sin palestinos”, mientras que otros dicen que la verdadera lucha está en conseguir iguales derechos para árabes y judíos, y no una entidad palestina separada, y por tanto dependiente y débil.

Para comenzar, es necesario desarrollar algo que hoy por hoy está completamente ausente de la realidad israelí y de la palestina: la idea y la práctica de ciudadanía al margen de criterios étnicos o raciales, como principal medio para la coexistencia. En un Estado moderno, todos sus miembros son ciudadanos en virtud de su existencia misma y por el hecho de compartir derechos y responsabilidades. Por lo tanto, la ciudadanía debería ofrecer los mismos privilegios y recursos a un judío israelí y a un árabe palestino. Así pues, se hacen necesarias una Constitución y una declaración de derechos para superar la primera fase del conflicto. Cada grupo tendría el mismo derecho de autodeterminación, es decir, el derecho a desarrollar su propia vida comunitaria (judía o palestina), tal vez en cantones federados con una capital compartida en Jerusalén. Cada grupo también disfrutaría de igualdad en el acceso a la tierra y de los mismos derechos jurídicos y civiles inalienables. Ninguna de las partes debería ser rehén de los extremistas religiosos.

Sin embargo, los sentimientos de persecución, el sufrimiento y el victimismo están tan arraigados que es casi imposible llevar a cabo iniciativas políticas que permitan compartir a judíos y árabes los mismos principios generales de igualdad civil, evitando así el peligro del “nosotros contra ellos”. Los intelectuales palestinos necesitan exponer sus argumentos directamente a los israelíes en foros públicos, universidades y medios de comunicación. El desafío está dirigido a la sociedad civil, pero a su vez procede de ésta; una sociedad civil que durante mucho tiempo ha estado sometida a un nacionalismo que se ha convertido en un obstáculo para la reconciliación. Además, la degradación de discurso –simbolizada por el intercambio de acusaciones entre los líderes palestinos e israelíes, mientras los derechos de los palestinos se ven comprometidos por una excesiva preocupación con la “seguridad”– impide que surja un enfoque más amplio y generoso.

Las alternativas son tremendamente simples: o bien la guerra continúa (junto al desorbitado coste del actual proceso de paz) o, a pesar de los muchos obstáculos, se busca seriamente una salida basada en la paz y la igualdad (como en Sudáfrica tras el apartheid). Una vez que admitamos que palestinos e israelíes están ahí para quedarse, deberíamos aceptar que la única solución es buscar la coexistencia pacífica y la verdadera reconciliación. Esta es la auténtica autodeterminación. Por desgracia, la injusticia y la beligerancia no disminuyen por sí mismas. Son los propios interesados quienes deben combatirlas.

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