25/2/2020

Muere Hosni Mubarak a los 91 años

Hosni Mubarak, en 2008. Foto: World Economic Forum

El expresidente de Egipto Hosni Mubarak falleció este martes a los 91 años en un hospital de El Cairo, después de permanecer varias semanas en cuidados intensivos tras una operación por un problema intestinal. Mubarak gobernó el país, de forma dictatorial y apoyado por Occidente, desde 1981, cuando asumió el poder tras el asesinato de su predecesor Anuar al Sadat en un atentado, hasta febrero de 2011, cuando se vio forzado a abandonarlo en medio de las manifestaciones masivas contra su gobierno, en el marco de la llamada ‘primavera árabe’.

En abril de 2011 fue detenido por la represión y muerte de manifestantes durante las revueltas. Condenado inicialmente a cadena perpetua un año después, un tribunal de apelación ordenó la repetición del juicio. Mubarak fue absuelto en el segundo proceso y puesto finalmente en libertad en marzo de 2017. También fue condenado, junto a sus dos hijos, a tres años de cárcel en una causa por corrupción, una pena que cumplió en régimen de prisión preventiva.

El expresidente había hecho su última aparición pública en diciembre de 2018, cuando testificó en un juicio contra su sucesor, el islamista Mohamed Mursi, quien falleció el año pasado durante una comparecencia ante un tribunal. A principios de este mes de febrero, su nieto Omar Alaa Mubarak publicó en Instagram una imagen en la que podía verse al exdictador, ya muy desmejorado.

Durante años, los diferentes gobiernos de Estados Unidos proporcionaron al régimen de Mubarak miles de millones de dólares en ayuda militar, reforzando su papel de “baluarte” contra el terrorismo en la región, así como el papel clave de Egipto en la llamada “paz fría” con Israel. Mubarak se convirtió para las potencias occidentales en un líder en el que se podía confiar para mantener sus intereses en la zona.

Mientras, en Egipto crecía la corrupción en el seno del régimen, al tiempo que un ejército cada vez más poderoso actuaba, de hecho, como la primera empresa del país gracias a contratos millonarios, y el lujoso tren de vida del propio Mubarak y su familia contrastaba cada vez más con la pobreza de buena parte de la población. Egipto se transformó en un estado policial paranoico, apoyado por una red de negocios militares en expansión y empresarios corruptos. Políticos y activistas eran encarcelados sin juicio, se establecieron centros de detención clandestinos, y universidades, mezquitas y periódicos fueron cerrados por sus posiciones políticas.

Imagen tomada durante la segunda cumbre afroárabe, en Sirte, Libia, en 2010, en la que aparecen los entonces líderes de Túnez, Zine El Abidine Ben Ali (muerto en el exilio en Arabia Saudí en 2019); Yemen, Ali Abdalá Saleh (asesinado por rebeldes huthíes en Saná en 2017); Libia, Muammar al Gadafi (asesinado tras ser capturado por los rebeldes en Libia en 2011); y Egipto, Hosni Mubarak (fallecido en un hospital de El Cairo el 25 de febrero de 2020). Foto: Amr Nabil / AP

El relajamiento de algunos de los elementos más draconianos del régimen permitió a los islamistas obtener escaños en el parlamento egipcio como independientes en 2005, y abrió la mano a una libertad de prensa limitada, pero no pudo detener la creciente ola de descontento que culminaría en la revolución de 2011.

En febrero de ese mismo año, después de la caída de Mubarak, se calculó que la riqueza personal de su familia era de más de 40.000 millones de dólares, obtenidos principalmente mediante contratos militares realizados durante el tiempo de Mubarak en la fuerza aérea. Otras informaciones elevaban la cantidad a 70.000 millones, fruto de actividades comerciales ilegítimas, corrupción y sobornos.

Mubarak concedió una entrevista en febrero de 2014, tres años después de su derrocamiento, en la que expresó su apoyo al entonces ministro de Defensa y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, y hoy presidente del país tras un golpe de Estado, y con maneras igualmente represivas, Abdelfatah al Sisi. Mubarak dijo entonces que Al Sisi estaba trabajando para restaurar la confianza del pueblo en el gobierno: “La gente le quiere”, aseguró.

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