Hace apenas un mes, Túnez seguía siendo, a ojos de Occidente, ese pequeño país tranquilo y estable del Norte de África que acataba sin rechistar las exigencias de EE UU en su lucha contra el terrorismo islamista y al que adulaban sin rubor los gobiernos europeos (sus vecinos del sur, Francia, Italia y España, especialmente); un rincón lleno de sol, playas, magníficas ruinas históricas y el suficiente exotismo árabe en un ambiente seguro como para atraer cada año a miles de turistas. […]

