Detener a Irán, cueste lo que cueste

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Ángeles Espinosa, en El Paí­s (a par­tir de los secre­tos diplo­má­ti­cos de EE UU reve­la­dos por Wiki­leaks):

El recelo histórico que los paí­ses árabes han sentido hacia Irán está alcanzando cotas patológicas a medida que la República Islámica anuncia nuevos progresos en sus programas nuclear y de misiles. Los contactos al más alto nivel que quedan expuestos en los informes diplomáticos a los que ha tenido acceso El Paí­s revelan mucha más preocupación de la que admiten en público. “Una guerra convencional ahora serí­a preferible a un Irán nuclear”, llegan a decir los gobernantes de Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Bahréin en sus conversaciones con altos cargos de EE UU. La mayorí­a de los lí­deres árabes, sin embargo, considera mucho peor el riesgo de un conflicto militar. Están dispuestos a apoyar cualquier otro esfuerzo de Washington para contener a Irán, aunque sin hacer ruido. De momento, esa percepción de peligro les lleva a rearmarse, algo que suscita dudas en Israel a pesar de ser quien más se cuida de Teherán. Rusia pone en duda la inminencia de la amenaza.

“El rey [Abdalá] le ha dicho al general [James] Jones [consejero de Seguridad Nacional] que si Irán logra desarrollar armas nucleares, todos en la región harán lo mismo, incluida Arabia Saudí­”, escribe el embajador de EE UU en Riad, James Smith, en un informe que dirige a la secretaria de Estado, Hillary Clinton, para preparar su visita de febrero de este año (documento 248348). La misma advertencia le hizo el prí­ncipe heredero de Abu Dhabi, el jeque Mohammed Bin Zayed al Nahayan, al secretario del Tesoro, Timothy Geithner, durante una cena en julio de 2009 (documento 217326). Las monarquí­as petroleras árabes consideran seriamente una carrera nuclear y quieren que su aliado tome en consideración el riesgo.

Consciente de esa inquietud, Clinton instruye a sus embajadas en los Estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) para que tranquilicen a sus respectivos anfitriones (Arabia Saudí­, EAU, Kuwait, Qatar, Bahréin y Omán) ante el anuncio de la nueva polí­tica de defensa antimisiles del presidente Obama, en septiembre del año pasado. “Los programas BMD [defensa de misiles balí­sticos] en Europa no van a requerir un desví­o de activos de EE UU desde el Golfo”, asegura uno de los puntos que la secretaria de Estado quiere transmitir a sus aliados árabes, según consta en uno de los documentos analizados (documento 225598).

Los diplomáticos norteamericanos también deben recordar a sus interlocutores que “Estados Unidos ha desplegado sistemas BMD en Oriente Próximo para proteger[les] de la amenaza de misiles iraní­es, incluida la presencia de Aegis BMD en el golfo Pérsico y de dos baterí­as de misiles Patriot en Bahréin, Kuwait, Qatar y EAU”. Curiosamente, el despliegue de los Aegis no se hizo oficial hasta cuatro meses después, en enero de este año. Ese mismo mes, una información del diario The New York Times en la que se mencionaban las conversaciones para el despliegue de los Patriot provocó el enfado de Kuwait y la indignación de Omán, dando una idea de la sensibilidad del asunto. Los dirigentes árabes temen que Irán les perciba como hostiles.

“Al Gobierno de Kuwait le ha molestado y disgustado el artí­culo”, escribe la embajadora estadounidense, Deborah Jones (documento 247212). La semana anterior, el presidente del Parlamento iraní­, Ali Lariyaní­, ha visitado el emirato y exhortado a sus lí­deres a que no permitan que las bases estadounidenses en su territorio sirvan para atacar a Irán. Como explica Jones, los kuwaití­es temen que en caso de enfrentamiento, su paí­s “quede atrapado entre dos fuegos”. La reacción del Gobierno omaní­ es aún más fuerte porque, como señala el embajador Gary Grappo, “nunca ha habido una oferta oficial de Patriots a Omán”. Explica que la buena colaboración entre ambos paí­ses “depende de mantener una extremada discreción y del cuidadoso objetivo de la polí­tica exterior del sultanato de equilibrar la percepción pública de sus relaciones con EE UU e Irán” (documento 246778).

En numerosos despachos, los lí­deres aconsejan discreción a sus interlocutores estadounidenses. “El rey [saudí­] le dijo al general Jones que la agitación interna iraní­ [tras las elecciones de junio de 2009] constituye una oportunidad para debilitar al régimen (algo que él anima a hacer), pero también instó a que esto se haga de forma encubierta y subrayó que las declaraciones públicas en apoyo a los reformistas son contraproducentes”, prosigue el largo informe del embajador para Clinton. Según su relato, Abdalá “considera que las sanciones podrí­an debilitar al Gobierno [iraní­], pero solo si son fuertes y sostenidas”. En el mismo sentido, Grappo concluye en un despacho que Mascate “no se opondrí­a a la imposición de más medidas contra Irán por parte de las organizaciones internacionales; sin embargo, Omán no quiere mostrarse activo en la promoción de esas medidas” (documento 143790).

No quieren mostrarse activos, pero actúan. En una visita a Moscú en junio de 2009, Alexander Vershbow, secretario adjunto de Defensa, dice a sus interlocutores que “el mundo islámico está muy preocupado por el programa nuclear de Irán” y que “varios de sus vecinos árabes han pedido a EE UU misiles Patriot y otras medidas para protegerse contra un ataque iraní­” (documento 228567). A lo largo de 2010, EE UU ha vendido a los paí­ses del CCG armas y servicios militares por importe de 123.000 millones de dólares (unos 93.000 millones de euros), más del triple que en los cuatro años anteriores. En el mensaje de la secretaria de Estado se recuerda que las defensas desplegadas por EE UU “complementan los sistemas BMD de la región que incluyen capacidad PAC-II en Arabia Saudí­ y Kuwait, y capacidad de Alerta Temprana Compartida en EAU”, dos programas que simbolizan la larga cooperación militar con el aliado estadounidense. El despacho revela además que Washington “está estudiando la posibilidad de facilitar cobertura BMD adicional a los paí­ses del CCG, si las circunstancias lo requieren”.

¿Es tal el caso? Las declaraciones bombásticas del presidente iraní­ , Mahmud Ahmadineyad, sobre las proezas de la Guardia Revolucionaria y el complejo industrial-militar que controla, dan que pensar. No pasa un mes sin que alguno de los cuerpos de ese ejército, el verdadero poder militar de Irán con 125.000 hombres, realice maniobras o pruebas de algún nuevo juguete bélico. En los dos últimos años, Irán ha alardeado sobre todo de sus misiles y de su programa espacial. Ese desarrollo solo refuerza las sospechas sobre su programa nuclear. La conjunción de capacidad atómica y misiles balí­sticos constituye la peor pesadilla no solo de EE UU, sino de todos los vecinos de Irán. Así­ que por mucho que Ahmadineyad trate de tender lazos, tales exhibiciones de poderí­o intranquilizan a los paí­ses de la pení­nsula Arábiga, que todos juntos apenas suman la mitad de la población iraní­ (77 millones).

“Irán tiene el mayor y más activo programa de misiles de Oriente Próximo”, afirma EE UU en un documento titulado El programa de misiles balí­sticos de Irán, que tras haber pasado el control de las agencias de espionaje, el Departamento de Estado distribuye a los participantes en una reunión del Régimen de Control de Tecnologí­a de Misiles (MTCR), en noviembre de 2009 (documento 226534). Washington explica el arsenal de cohetes de que dispone Irán y expresa su preocupación de que “pudiera actuar como abastecedor de tecnologí­a de misiles balí­sticos para otras partes”. De hecho, menciona que ya está promocionando sus misiles de corto alcance “en exhibiciones de defensa y webs del Gobierno” y que ha llegado a acuerdos para la producción del Fateh-110 en Siria (que a su vez se los habrí­a ofrecido a Hezbolá).

Para los israelí­es no hay duda de que Irán tiene un programa militar y aunque los informes disponibles no dan detalles del contenido, mencionan la existencia de información secreta compartida. “La prioridad de Israel es impedir el programa militar nuclear de Irán”, afirma Pinchas Buchris, director general del Ministerio de Defensa, durante una visita del vicesecretario estadounidense para Asuntos Polí­tico-Militares, Andrew Shapiro, en julio de 2009 (documento 218775). “Todas las opciones deben permanecer sobre la mesa”, defiende Buchris, antes de precisar que parte de su trabajo “es asegurarse de que Israel está en condiciones de utilizar esa opción, por más indeseable que resulte”. Otros participantes revelan su escepticismo de que la ví­a del diálogo vaya a funcionar.

Los israelí­es también expresan su inquietud por el rearme árabe que ha suscitado la amenaza iraní­ e insisten en mantener su “ventaja militar cualitativa”. “Una percepción de que se reduce la distancia entre Israel y los Estados árabes, unido a un Irán dotado de armas nucleares, podrí­a llevar a los Estados árabes moderados a reevaluar la idea de que Israel es parte integrante de la región”, argumenta Alon Bar, el vicedirector para Asuntos Estratégicos del Ministerio de Exteriores, citado por Cunningham. El embajador cuenta además que cuando Shaphiro menciona los intereses comunes con los Estados del Golfo, los militares israelí­es se muestran escépticos de que la asistencia militar ofrecida vaya a ayudar contra Irán. Argumentan que los sistemas en discusión “no están diseñados para hacer frente a las amenazas, nuclear y asimétrica, que plantea Irán”. El vicesecretario la justifica como “una señal para esos paí­ses (y para Irán) de que tienen grandes aliados en Occidente”.

El rey saudí­ apoya la intervención militar

Significativamente los temores que la República Islámica despierta en Israel no se diferencian mucho de los que ocasiona entre sus vecinos árabes, algo que les convierte en extraños compañeros de viaje. También los saudí­es están dispuestos a llegar hasta el final, según se desprende del despacho que firma el ministro consejero de la Embajada norteamericana en Riad, Michael Gfoeller, dando cuenta de una visita del general David Petraeus y el embajador estadounidense en Bagdad al rey Abdalá, en abril de 2008. El embajador saudí­ en Washington, Adel al Jubeir “recordó los frecuentes llamamientos que el rey ha hecho a EE UU para que ataque Irán y ponga fin a su programa de armas nucleares”, escribe Gfoeller (documento 150519). “Les dijo que cortaran la cabeza de la serpiente”, cita el diplomático a Al Jubeir quien utiliza un sí­mil habitual entre los árabes.

Y es que la prevención del monarca saudí­ hacia su vecino es colosal. “El objetivo de Irán es causar problemas”, le confí­a Abdalá de Arabia Saudí­ a John Brennan, asesor para la lucha antiterrorista del presidente Barack Obama, durante una audiencia en marzo del año pasado. El contenido de los 90 minutos de conversación entre ambos quedó recogido en el informe que al dí­a siguiente elaboró el entonces embajador estadounidense en Riad, Ford M. Fraker (documento 198178). “Sin duda están algo desequilibrados”, cita textualmente al rey, quien describe a Irán como “un vecino al que uno trata de evitar” y declara: “Qué Dios nos libre de ser ví­ctimas de la maldad iraní­”.

Arabia Saudí­, la cuna de los santos lugares del islam y el heraldo de la interpretación más radical de su rama suní­, siempre ha observado con recelo a los chií­es del otro lado del golfo Pérsico, su único rival por el liderazgo regional. La desconfianza histórica se trocó en antagonismo real cuando la revolución de 1979 convirtió al Irán imperial en una República Islámica que con su sola existencia cuestionaba las credenciales religiosas de la dinastí­a de los Al Saud. Ese temor se vio enseguida corroborado por las intenciones de “exportar la revolución” del ayatolá Jomeiní­, el lí­der de aquel movimiento que cambió las coordenadas estratégicas de la zona, y el inicio de la guerra irano-iraquí­. El deshielo con los vecinos que inició el presidente Jatamí­ a partir de 1997 aún no se habí­a consolidado cuando la oratoria desbocada de Ahmadineyad, su sucesor, ha vuelto a agitar los fantasmas.

De la lectura de los despachos disponibles se saca la impresión de que la preocupación saudí­ por Irán va en aumento. Aunque los motivos de inquietud van cambiando con el tiempo (disturbios durante la peregrinación anual a La Meca, interferencia en Bahréin, implicación en atentados, etcétera), el tema es una constante desde los textos datados en 1985 y se repite en todos los contactos bilaterales.

Ya en julio de 2007, el entonces embajador Richard Erdman identifica en otro informe “las prioridades de seguridad regional” del rey Abdalá como “poner en marcha de la solución de los dos Estados en [el conflicto de] Oriente Próximo y convencer a Irán para que cumpla con sus obligaciones nucleares” (documento 217248). “Los saudí­es ven Irán como un peligroso poder chií­ inclinado a desestabilizar la región, desde Lí­bano a Irak, Bahrein y Yemen”, escribe Erdman al general Petraeus, entonces al mando de las tropas en Irak, en ví­speras de una visita a Riad. “Les preocupa que estemos dispuestos a aceptar un papel más relevante de Irán en la región a cambio de concesiones en su programa nuclear”, interpreta el diplomático. “El rey está convencido de que el acercamiento a Irán no va a tener éxito. Quiere oí­r que nuestros esfuerzos en ese sentido están vinculados a los resultados y tienen fecha de caducidad”.

Tres años después, el monarca saudí­ le cuenta a Brennan que el ministro iraní­ de Exteriores, Manuchehr Mottaki, ha estado allí­, “sentado en ese mismo sitio”, minutos antes, y le describe la conversación que han mantenido como “subida de tono”. De acuerdo con el relato que reproduce el embajador Fraker, presente en la entrevista, cuando el rey inquiere a Mottaki por la interferencia iraní­ en los asuntos de Hamas, el ministro responde que “se trata de musulmanes”. “No, de árabes”, le replica Abdalá, “y ustedes, los persas, no tienen derecho a entrometerse en los asuntos árabes”.

Tan poco diplomática frase, en boca de un hombre de 86 años conocido por su prudencia polí­tica, dista mucho de las cuidadas declaraciones con las que se da cuenta de esos encuentros bilaterales y constituye una clara indicación de que los saudí­es están perdiendo la paciencia con la creciente influencia iraní­ en la región. “Tanto como apreciamos el apoyo iraní­ a las causas árabes, nos gustarí­a ver que se canaliza a través de la legalidad árabe y en armoní­a con los objetivos árabes”, resumió la cita el ministro saudí­ de Exteriores, el prí­ncipe Saud al Faisal.

De acuerdo con el relato de Fraker, “Abdalá aseguró que Irán estaba tratando de establecer organizaciones del tipo de Hezbolá en paí­ses africanos, señalando que los iraní­es no creen que estén haciendo nada malo y no reconocen sus errores”. El rey sugiere a Brennan que una solución al conflicto árabe israelí­ serí­a un gran logro, aunque admite que Irán encontrará otra forma de causar problemas. El monarca refirió también que los iraní­es querí­an mejorar las relaciones bilaterales y que les daba un año para que mostraran su buena voluntad. “Después de eso, se acabará”, aseguró que le habí­a dicho a Mottaki.

De hecho, Abdalá rechazó la invitación a visitar Irán que le presentó el jefe de la diplomacia iraní­, una visita que el Gobierno de Ahmadineyad trata de organizar desde 2007. “Todo lo que quiero es que ustedes nos libren de su maldad”, dijo el rey que habí­a respondido. “Hemos tenido relaciones correctas a lo largo de los años, pero el resultado final es que no se puede confiar en ellos”, resumió ante Brennan.

La desconfianza saudí­ parece sustentare en fracasos anteriores. El rey le cuenta a Brennan que “hace tres años” el lí­der supremo iraní­, Ali Jameneí­, envió a su consejero para Asuntos Exteriores, Ali Akbar Velayatí­, con una carta en la que proponí­a el establecimiento de un canal secreto de comunicación entre ambos dirigentes. Abdalá asegura que estuvo de acuerdo y que designaron al propio Velayatí­ y al prí­ncipe Saud al Faisal como puntos de contacto, pero el canal nunca se ha utilizado.

No está claro cómo han respondido los iraní­es al ultimátum saudí­ y los despachos diplomáticos se acaban en febrero de este año, justo en ví­speras de que se cumpliera el plazo. Sin embargo, el pasado octubre, llamó la atención que la prensa del reino se hiciera eco de dos llamadas telefónicas de Ahmadineyad a Abdalá. La primera antes de su visita a Lí­bano y la segunda, 10 dí­as después. Nada se ha sabido del contenido de esas conversaciones más allá del comunicado oficial, según el cual “comentaron asuntos regionales”. Pero aunque el monarca telefoneara al presidente iraní­ en julio de 2006 para darle el pésame por la muerte de su padre y le recibiera sonriente en Riad un año después, no se fí­a de él. En marzo, tres meses antes de las elecciones iraní­es, “Abdalá dijo que preferirí­a a Rafsanyaní­ si se presentara”, escribe el embajador Fraker. No lo hizo y volvió a ganar Ahmadineyad.

La audiencia de Abdalá a Brennan tení­a otros puntos del dí­a, pero sin duda Irán fue el centro de su conversación y el que más pareció interesar al estadounidense. Así­ se desprende del informe que elabora el embajador, en el que dedica dos de sus seis páginas al asunto. “Brennan dijo que tení­amos los ojos bien abiertos a las ambiciones iraní­es y que no éramos naif respecto a los peligros que Irán planteaba a Arabia Saudí­, y que no se puede permitir que Irán tenga éxito con sus actividades desestabilizadoras”, escribe Frake. “Brennan señaló que el presidente habí­a ordenado una revisión completa de la polí­tica de EE UU hacia Irán”.

Los saudí­es tampoco ocultan su pesimismo ante la forma en que Washington está gestionando la crisis iraní­. “El rey está convencido de que los esfuerzos de EE UU para implicar a Teherán [en una negociación] no van a tener éxito; probablemente va a sentir que los hechos le dan la razón a la vista [del discurso] de Ahmadineyad del 11 de febrero jactándose de haber enriquecido uranio al 20% [y de que] Irán ‘ya es un paí­s nuclear”, asegura Smith en su informe previo a la visita de Clinton los dí­as 15 y 16 del pasado febrero (documento 248348).

En ví­speras de la visita de la secretaria de Estado a Riad, se especuló iba a pedir ayuda a su anfitrión para vencer las reticencias de China a una nueva resolución sancionadora en el Consejo de Seguridad. Sin embargo, del despacho de Smith se deduce que o los saudí­es ya estaban de acuerdo o la tarea de persuadirles se llevó a cabo de antemano. “Arabia Saudí­ ha dicho a los chinos que está dispuesta a garantizarles un suministro de petróleo a cambio de que presionen a Irán para que no desarrolle armas nucleares”, afirma el embajador. Pekí­n, que en los últimos años ha hecho grandes inversiones en la República Islámica, teme una eventual interrupción del flujo de crudo. La seguridad de que sus industrias no se queden desabastecidas reduce su dependencia de los iraní­es.

El ministro saudí­ de Exteriores dijo luego en una conferencia de prensa que China “no necesita las sugerencias de Arabia Saudí­ sobre lo que debe hacer”, pero la realidad es que durante una visita de su colega chino a Riad, él mismo le suscitó el asunto (documento 254748). Más intrigante fue la afirmación del prí­ncipe Saud al Faisal de que las sanciones son “una solución a largo plazo” y que la amenaza que plantean las ambiciones nucleares de Irán exige medidas más urgentes. Durante dí­as, los analistas se devanaron los sesos tratando de dilucidar qué habí­a querido decir el veterano jefe de la diplomacia saudí­. A la vista del despacho de Smith, sus palabras bien podí­an referirse a la necesidad de que EE UU ratificara el mayor contrato de defensa entre ambos paí­ses, por un importe de 60.000 millones de dólares, que acaba de aprobar el Congreso de EE UU a pesar de las reticencias israelí­es. “[El rey] también quiere conocer nuestros planes para reforzar las defensas del Golfo frente a Irán”, escribió el embajador.

Los temores de los saudí­es respecto a Irán no son solo de carácter existencial o ideológico. También tienen quejas concretas del comportamiento de sus vecinos, como le hace saber el poderoso ministro del Interior (y medio hermano del rey), el prí­ncipe Nayef, a Brennan, el consejero de Obama para la lucha antiterrorista, durante una visita el 5 de septiembre del año pasado. Según el relato que de la misma hace el cónsul general en Yeddah, Martin R. Quinn (documento 224706), “Nayef se quejó de que durante los dos últimos años Irán ha albergado a saudí­es (todos suní­es) -incluido Ibrahim, uno de los hijos de Osama Bin Laden- que tuvieron contactos con terroristas y trabajaron contra el reino”. El Gobierno de Arabia Saudí­ “considera que esta acción agresiva constituye una ruptura del acuerdo de seguridad que ambos paí­ses firmaron en 2001”. Aquel compromiso, alcanzado durante la presidencia del reformista Jatamí­, intentaba cerrar la crisis abierta tras el atentado de 1996 en Jóbar (que Riad atribuyó a los servicios secretos iraní­es).

En esa cita, Brennan asegura a Nayef, siempre según el informe, que “el deseo del presidente Obama de hablar con los iraní­es no significa que no entienda el problema” y que “los grandes amigos del Gobierno de Arabia Saudí­ en la Casa Blanca, incluido el presidente Obama, quieren trabajar con Arabia Saudí­ en ese frente”. Otro motivo de preocupación más reciente es la revuelta de los Huthi en Yemen. Los saudí­es, como la mayorí­a de los árabes, se muestran convencidos de que Irán apoya a esos insurgentes debido a su afiliación chií­ (documento 243447). EE UU les pide pruebas, algo que nadie parece capaz de proporcionar.

Tampoco nadie quiere ser el primero en dar un paso al frente para aislar a Irán. Su sombra es muy grande y, como sugiere el rey, es preferible hacerlo de forma encubierta.

Durante una visita el pasado febrero, el vicesecretario del Tesoro Neal Wolin pide a los responsables económicos saudí­es ayuda para combatir la creciente actividad financiera de la Guardia Revolucionaria iraní­ y que el Gobierno de Arabia Saudí­ lidere el esfuerzo en ese sentido dentro del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG). El ministro saudí­ de Finanzas, Ibrahim al Asaf, responde que “estarí­a encantado de hablar con los vecinos del Golfo, pero cada paí­s miembro aborda el asunto de Irán de forma distinta” (documento 251191). Según el resumen de la cita que hace el embajador Smith, “Asaf dijo que el Gobierno de Arabia Saudí­ ha hablado con sus bancos respecto a las preocupaciones sobre Irán, y llegado a la conclusión de que la mayorí­a de las transacciones financieras con Irán se hacen en Dubai”. El viceministro saudí­ del Interior, Mohamed bin Nayef, que también está presente en la reunión, declara desear que “nuestros amigos en EAU sean más agresivos”.

EAU considera “inaceptable” un Irán nuclear

El saudí­ se refiere sin duda a los gobernantes de Dubái, cuyo espectacular desarrollo se basa en el comercio y para quienes Irán es el principal socio. En el vecino Abu Dhabi, que preside la federación de EAU y es el mayor productor de petróleo de los siete emiratos, las ambiciones de Teherán se ven con mayor preocupación. El jeque Mohammed bin Zayed “describió un Irán nuclear como absolutamente inaceptable”, asegura el embajador Richard Olson al dar cuenta de la cena que el prí­ncipe heredero de Abu Dhabi y hombre fuerte de la federación ofreció al secretario del Tesoro, el 15 de julio de 2009.

“Está convencido de que se desatará un infierno si Irán llega a hacerse con la bomba, con Egipto, Arabia Saudí­, Siria y Turquí­a desarrollando su propia capacidad nuclear militar, e Irán instigando el conflicto entre suní­es y chií­es por todo el mundo”, advierte el diplomático. Pero Al Nahayan, “el hombre que dirige” el paí­s y “quien decide en asuntos de seguridad” aunque su único tí­tulo oficial es vicecomandante supremo de las Fuerzas Armadas de EAU, va más allá y considera “una guerra convencional con Irán en el corto plazo como claramente preferible a las consecuencias a largo plazo de un Irán dotado del arma nuclear”.

Dos semanas antes, una opinión similar expresada por su embajador en EE UU, Yusef al Otaiba, durante una seminario motivó un revuelo mediático y diplomático, al interpretarse como un respaldo al uso de la fuerza contra Irán. Al Otaiba se vio obligado a matizar sus palabras, pero a la luz de la conversación ahora revelada el enviado estaba en plena sintoní­a con sus jefes. De hecho, el pesimismo de Al Nahayan es total. Por eso insiste en que EAU debe prepararse, lo que en otros despachos Olson han calificado de “sus casi obsesivos esfuerzos para desarrollar sus Fuerzas Armadas”.

“Declaró que las sanciones financieras nunca serán suficientes para frenar a Irán”, escribe el embajador. Tampoco cree que pueda hacerlo un bombardeo israelí­. En su opinión, “la clave para contener a Irán gira en torno al progreso del problema Israel / Palestina”, sobre el que advierte que “no hay tiempo que perder”. Ni siquiera un posible cambio de cara al frente del Gobierno de Teherán le merece confianza. Al comentar las elecciones presidenciales que Irán acababa de celebrar, Al Nahayan “advirtió de que Mir Hosein Musaví­ no es distinto de Ahmadineyad en las ambiciones nucleares, ‘el mismo objetivo, diferente táctica’. Y recordó al secretario Geithner que Musaví­ y sus consejeros forman parte del mismo grupo que tomó la Embajada de EE UU en 1979”.

Medio año después de aquella cena, Al Nahayan advertí­a al vicesecretario norteamericano de Energí­a, Daniel Poneman, de que “Irán ya estaba comportándose como una potencia nuclear” (documento 240364). Más grave aún, le acusaba de “estar creando emiratos por todo el mundo islámico, incluidos el sur de Lí­bano y Gaza, y emiratos durmientes en Kuwait, Bahréin, la provincia oriental de Arabia Saudí­, la madre de todos los emiratos en el sur de Irak, y ahora en Saada, en Yemen”. No obstante, estimaba que “Irán no es Corea del Norte” y que “el orgullo hace a los dirigentes iraní­es más susceptibles a la presión internacional”.

En un despacho enviado al presidente Obama antes de la visita de Al Nahayan a la Casa Blanca (documento 222954), Olson matiza que se trata de “un duro respecto a Irán, [pero que] hay otros más acomodaticios dentro de su propio sistema, especialmente en Dubai, donde el gobernante, Mohammed bin Rashid al Maktum (primer ministro de EAU), tiene una posición mucho más cercana a la de Qatar”. Este, aunque está de acuerdo que Irán no debe tener armas nucleares, repite en todas las entrevistas con altos responsables de EE UU su preocupación por el impacto sobre Dubái tanto de una acción militar como de las sanciones (documento 94272). Irán es el principal socio comercial de Dubái y los bancos iraní­es en ese paí­s tienen depositados fondos estimados en miles de millones de dólares.

Qatar se ofrece para mediar

En Riad, en Abu Dhabi o en El Cairo se da por hecho que Qatar es un flanco débil a la hora de hacer un frente común árabe frente a Irán. El propio emir de Qatar, Hamad bin Khalifa al Thani, no esconde su pragmatismo polí­tico. “Debido al depósito de gas natural que Irán comparte con Qatar, Qatar no provocará un enfrentamiento con Irán”, escribí­a el embajador estadounidense en Doha, Joseph LeBaron, tras la entrevista del emir con el senador John Kerry en febrero de este año (documento 250177). Sin embargo, el primer ministro, Hamad bin Jasim al Thani, revelaba pocos meses después que la relación tampoco es de confianza.

“Nos mienten y les mentimos”, resumió al respecto el primer ministro tras constatar que EE UU se molesta a veces cuando oye hablar de la buena vecindad entre Irán y Qatar (documento 240782). El visitante en esta ocasión era el vicesecretario de Energí­a, Daniel Poneman. Estaba acabando diciembre y Estados Unidos empezaba a inquietarse por la falta de respuesta de Irán a la propuesta de intercambio de combustible. Bin Jasim expresó su escepticismo sobre que Occidente vaya a poder alcanzar un acuerdo con los lí­deres de Irán.

“Me sorprenderí­a mucho si los iraní­es alcanzaran un acuerdo. Siempre piensas que lo has logrado y luego [descubres] que no”, comentó, según cita LeBaron. “La UE, Chirac y Solana… todos pensaron que tení­an un acuerdo… Solana dijo en dos semanas; le advertí­ de que llevarí­a dos años”, añadió. Poneman le preguntó entonces cómo actuar. “Bin Jasim dijo que era imperativo que los iraní­es se comprometieran a redactar cualquier acuerdo, incluido el calendario”, escribe LeBaron. “Pidan que ellos lo hagan porque si no, dirán ‘si, pero…’ y el ‘pero’ será pero que un ‘no'”, aconsejó.

-No quieren hacer una propuesta.

-Ustedes no lo entienden. Ni siquiera Musavi puede alcanzar un acuerdo.

-Estados Unidos no ofrecerá nada mejor que lo que hay en la mesa.

-Lo sé, pero ellos son así­.

Y tal vez por eso, porque los iraní­es son como son, Qatar prefiere no enemistarse con ellos. “Irán nunca nos ha molestado”, le recordó el emir a Kerry, antes de atribuir a EE UU “el error de haber hablado por los manifestantes” (sic) tras las controvertidas elecciones presidenciales iraní­es de junio del año pasado. En cualquier caso, ante las quejas del congresista por la falta de respuesta del Gobierno iraní­ a los intentos de diálogo de la actual Administración norteamericana, el emir responde ofreciéndose a mediar. “¿Qué le parece si hablo con el presidente iraní­? ¿Qué quiere que le diga?”.

Egipto recluta agentes en Irak y Siria para contrarrestar a Irán

“[El presidente egipcio, Hosni] Mubarak tiene un odio visceral hacia la República Islámica, a menudo se refiere a los iraní­es como ‘mentirosos’ y les acusa de querer desestabilizar Egipto y la región”, escribe la embajadora norteamericana en El Cairo, Margaret Scobey, en un informe a la secretaria de Estado, Hillary Clinton, el pasado febrero (documento 191130). En su opinión, “no hay duda de que Egipto considera a Irán como la mayor amenaza a largo plazo, tanto por su desarrollo de capacidad nuclear como por su intento de exportar la revolución chií­”. Aun así­, matiza Scobey, “Mubarak le ha dicho a[l enviado especial para Oriente Próximo George] Mitchell que no se opone a que Estados Unidos hable con los iraní­es, mientras ‘no nos creamos una palabra de lo que dicen”.

A finales de diciembre del año pasado, el jefe del Estado Mayor del Ejército israelí­, el teniente general Gabi Ashkenazi, le dijo al congresista norteamericano Ike Skelton que “Mubarak asegura que Irán está promoviendo el cambio de régimen en Egipto”, tal como recoge el resumen de la entrevista elaborado por la Embajada de EE UU en Tel Aviv (documento 241399). Ninguno de los despachos disponibles cita esa denuncia de una fuente directa, pero los dirigentes egipcios se muestran muy preocupados con la penetración iraní­ en su paí­s.

Egipto ya ha “empezado un enfrentamiento con Hezbolá e Irán”, le anunció el jefe de los servicios secretos egipcios, el general Omar Soliman, al almirante Michael Mullen, el jefe de la junta de jefes del Estado Mayor del Ejército norteamericano, durante una visita a El Cairo en abril del año pasado (documento 204990). Irán “es muy activo en Egipto”, explica. Su principal objetivo es utilizar el paí­s de las Pirámides para canalizar su ayuda financiera a Hamás que cifra en 25 millones de dólares al mes, según el despacho que firma Scobey. No obstante, Soliman asegura que están frustrando esos esfuerzos y pone como ejemplo que han impedido varios intentos iraní­es de “pagar los salarios de los Batallones Al Qasam” y detenido a los miembros de la primera célula de Hezbolá en Egipto. Otra intrusión iraní­, según Soliman, es el intento de “recabar el apoyo de los beduinos del Sinaí­ para facilitar el tráfico de armas a Gaza”.

Mullen le expresa su agradecimiento por los esfuerzos para combatir el contrabando y le abre la puerta a que pueda pedir “asistencia adicional para la seguridad en la frontera en cualquier momento”. Solimán insiste en la amenaza iraní­. “No vamos a consentir que Irán opere en Egipto”, afirma antes de añadir en que ya han advertido a Teherán de que si lo hacen, ellos también interferirán en Irán. De hecho, confí­a, su departamento “ya ha empezado a reclutar agentes en Irak y Siria”. Se supone que para infiltrarlos en la República Islámica. “Irán debe pagar un precio por su comportamiento”, concluye.

Un año antes durante la vista de una delegación del Congreso norteamericano a El Cairo, Soliman se muestra satisfecho de que la Nueva Estimación de Inteligencia sobre Irán no signifique un giro en la polí­tica de Washington hacia ese paí­s (documento 136139). “Sabemos que Estados Unidos nunca permitirá que Irán tenga una bomba nuclear”, manifestó, según el informe diplomático.

Jordania alerta ante la extensión del arco chií­

“La metáfora que más a menudo utilizan los funcionarios jordanos cuando se habla de Irán es la de un pulpo cuyos tentáculos llegan insidiosamente a manipular, fomentar [sic] y minar los planes mejor establecidos de Occidente y los moderados de la región”, escribe el embajador estadounidense en Ammán, Stephen Beecroft, en un informe sobre cómo reaccionarí­an los paí­ses de la zona a un eventual compromiso de EEUU con Irán (documento 200230). “Aunque los funcionarios jordanos dudan de que el diálogo con Estados Unidos vaya a convencer a Irán de retirar sus tentáculos, opinan que pueden cortarse privando a Irán de asuntos polémicos que le convierten en héroe para la calle árabe, como su defensa de la causa palestina”.

“El rey Abdalá indicó al enviado especial George Mitchell en febrero que la implicación directa de EE UU con Irán en este momento solo profundizarí­a las divisiones intra árabes y que más ‘paí­ses sin agallas’ se pasarí­an al lado iraní­”, menciona Beecroft. El monarca jordano fue el primero en advertir del riesgo de un “arco chií­”, que irí­a desde Irán hasta Lí­bano, pasando por las minorí­as del Golfo y sobre todo Irak, si se intervení­a para derribar al régimen de Saddam.

Algunos de sus asesores siguen temiendo que “EE UU y Occidente permitan que Irán sea hegemónico en Irak y a través de la región a cambio de abandonar su programa nuclear”, recoge el informe. También menciona que Zeid Rifai, presidente del Senado hasta diciembre de 2009, predice que el diálogo con Irán no llevará a ninguna parte: “Bombardeen Irán o vivan con una bomba iraní­. Sanciones, zanahorias, incentivos, no funcionarán”. En definitiva, los jordanos temen que Irán sea el único que se beneficie del diálogo con EE UU, y que a ellos les toque paga el precio.

La sombra de Irán aterra al rey de Bahréin. “Hay que parar ese programa”, le dice el rey Hamad bin Isa al Khalifa de Bahréin al general Petraeus, en noviembre de 2009, cuando este era comandante del Mando Central (CENTCOM) estadounidense (documento 232927). El informe de la reunión que elabora el embajador norteamericano en Manama, Adam Ereli, señala que el monarca defiende “con fuerza que se actúe para acabar con [el] programa nuclear [iraní­], por cualquier medio necesario”. “El peligro de dejarlo avanzar es mayor que el peligro de pararlo”, cita textualmente al rey.

“Hamad señaló a Irán como la fuente de la mayorí­a de los problemas tanto en Irak como en Afganistán”, reporta Ereli. Ni el rey ni el embajador hacen referencia a las razones internas que alientan esa suspicacia hacia Irán. La dinastí­a Al Khalifa pertenece a la rama suní­ del islam, mientras que la mayorí­a de los habitantes de Bahréin son chií­es y se quejan de discriminación en la educación, el empleo y el acceso a la vivienda. Sus lazos históricos y personales con Irán, de donde son originarias muchas familias les convierten automáticamente en sospechosos de quintacolumnistas. Aunque Bahréin es un archipiélago con apenas medio millón de habitantes, como sede de la V Flota, su estabilidad es clave para EE UU.

“El rey Hamad respaldó plenamente convencido de que un mayor compromiso e influencia árabes ayudarí­an a frustrar las intenciones iraní­es en Irak”, escribe Ereli. También recordó a Petraeus que “Bahréin estaba trabajando para reforzar la coordinación dentro del CCG”, antes de confirmar que su paí­s ha dado el visto bueno a la solicitud de la OTAN para utilizar la base aérea Isa para misiones AWACS (de reconocimiento aéreo).

Omán considera que los iraní­es conocen sus lí­mites

“Irán es un paí­s grande con músculos y debemos tratar con él”, le dice el sultán Qabús de Omán al entonces jefe del CENTCOM, el almirante William Fallon, en febrero de 2008 (documento 143790). Según el relato del embajador estadounidense en Mascate, Gary Grappo, el monarca comparte “las preocupaciones de EE UU sobre la intromisión iraní­ en Irak y otros lugares, pero sostiene que Teherán sabe que un enfrentamiento con EE UU no le beneficia”.

El sultán opina que los iraní­es “no están locos” y, de acuerdo con el despacho de Grappo, asegura que “Teherán se da cuenta que hay ‘ciertas lí­neas que no puede cruzar’ (por ejemplo, el enfrentamiento directo con EE UU)”. “Debo decir que en tanto [que EEUU] esté en el horizonte, no tenemos nada que temer”, concluye Qabús.

Pero esta percepción respecto a la amenaza que representa Irán y que repiten todos los cargos civiles omaní­es, no es del todo compartida por sus militares y sus servicios de seguridad. “Omán niega que Irán plantee una amenaza directa a la seguridad nacional del sultanato. Sin embargo, [su] planteamiento de defensa, incluidos su organización y compra de material militar, muestra que reconoce claramente el riesgo que Irán plantea a la estabilidad regional”, interpreta el ministro consejero de la embajada, Victor Hurtado, en un informe para el general Petraeus en julio de 2009.

Uno de los más precavidos frente a Irán es el teniente general Ali bin Majid al Ma’amari, el más alto responsable de seguridad y consejero del sultán. Tras una entrevista con Ali Bin Majid en agosto de 2008, el embajador escribe que los omaní­es “son conscientes de las tácticas engañosas de Irán y de sus deseos de expansionismo ideológico en la región” (documento 165127). Pero cuando el diplomático le pregunta por las declaraciones iraní­es amenazando con cerrar el estrecho de Ormuz, Ali Majid las desestima como “palabras hueras” y, resume el despacho, “tal vez un vago intento de aumentar su poder de negociación frente al G-6”.

Los omaní­es se sienten mucho menos preocupados por Irán que sus vecinos. Además, como resume otro informe (documento 216486), “los dirigentes omaní­es siguen convencidos de que Irán no atacará paí­ses del CCG con misiles en respuesta a un ataque militar llevado a cabo en el Golfo. Ven más probables operaciones terroristas, asimétricas, de Irán contra los Estados del Golfo, incluidos objetivos de EE UU en estos paí­ses”. En consecuencia, “los omaní­es tienen poco interés por los caros misiles Patriot, pero están interesados en el Shared Early Warning (SEW) [sistema de alerta temprana compartida] y desean modernizar su capacidad -tanto defensiva como disuasiva- para hacer frente a las que consideran amenazas más posibles”.

La familia real de Kuwait, dividida ante Irán

“Irán está decidido a exportar su revolución y solo puede ser disuadido por la fuerza de alcanzar sus ambiciones nucleares”, le dijo el ministro kuwaití­ del Interior, el jeque Yaber al Jaled al Sabah, a la embajadora estadounidense, Deborah Jones, el pasado febrero (documento 219197). La contundencia de esas palabras contrasta con la actitud tibia que sus vecinos atribuyen a Kuwait a la hora de hacer frente común ante Teherán. La propia embajadora precisa en su informe sobre la entrevista que el jeque Yaber es “un duro en [asuntos de] seguridad cuyas opiniones no siempre reflejan las del resto del Gobierno”.

Aun así­, no deja de ser significativo que una voz de tanto peso (el ministro es un destacado miembro de la familia gobernante) califique a Irán de “centro neurálgico del extremismo islámico”. Su grado de preocupación, o de paranoia, se intuye cuando Jones escribe que el jeque Yaber opina que “incluso los palestinos aspiran ahora a ser chií­es porque se han creí­do las ‘historias’ iraní­es sobre que los chií­es están más preparados para ‘luchar hasta el final’ y hacer frente a Israel”. El ministro también se hace eco de los intentos iraní­es de “infiltrarse en Egipto, explotando la pobreza de ese paí­s”.

El jeque Yaber indica que habla con franqueza porque se trata de la mayor preocupación del Gobierno de Kuwait. Sin embargo, Jones matiza que su tono parece influido por sendos incidentes en los que lanchas rápidas de la Guardia Revolucionaria se acercaron a una terminal petrolera saudí­-kuwaití­ en aguas internacionales y molestaron a unos pescadores kuwaití­es. Aunque sin duda las palabras del ministro dan pistas sobre las preocupaciones privadas de algunos altos cargos del emirato, otros despachos de esa embajada ponen en perspectiva la visión global de la familia real.

La postura del Gobierno kuwaití­ trata de “instar discretamente a Teherán para que cumpla con las salvaguardas del OIEA a la vez que mantiene una relación amistosa con un vecino que es mucho más grande y poderoso”, resume un despacho del pasado febrero (documento 250223). En definitiva, “dará la bienvenida a cualquier propuesta que saque a Irán de su camino nuclear, pero no se expondrá a la ira iraní­ colocándose al frente de alguna de ellas”, estima el encargado de negocios estadounidense, Tom Williams.

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