El impacto de Al Jazeera

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La presentadora Rola Ibrahim, en el estudio de Al Jazeera. Foto: Reuters

La presentadora Rola Ibrahim, en el estudio de Al Jazeera. Foto: Reuters

El canal de televsión catarí Al Jazeera se ha convertido en el principal referente informativo de las revueltas populares que están sacudiendo actualmente los países de Oriente Medio y el Magreb. Millones de personas (y no sólo del mundo árabe) están siguiendo los acontecimientos a través de esta cadena de noticias 24 horas, gracias a su emisión por satélite y en Internet.

Sin duda, redes sociales como Facebook o Twitter están teniendo un gran efecto en las revueltas (aunque probablemente no tanto como se cree), pero probablemente sea Al Jazeera la que esté jugando el principal papel en lo que respecta al efecto contagio. El siguiente reportaje, escrito por Regan E. Doherty en Reuters, analiza la cadena por dentro y plantea preguntas fundamentales sobre su independencia, su influencia y sus planes de futuro. Este es el artículo, traducido al castellano:

En la redacción, el ambiente está cargado de energí­a. Los periodistas están como petrificados frente a los monitores que muestran en vivo imágenes de El Cairo, donde cientos de miles de manifestantes están a punto de sacar del poder a otro hombre fuerte, y donde, también, los equipos de Al Jazeera se han estado enfrentando a repetidas detenciones y acoso policial. Las cintas se apilan en una esquina, con las etiquetas garabateadas en árabe.

“Esta es nuestra historia”, dice un periodista de Al Jazeera que pide no ser identificado, ya que no ha sido autorizado para hablar con los medios. “Esta es la historia que está enseñando a todos los pesimistas y negativos del mundo lo que somos capaces de hacer. Nosotros tomamos la iniciativa y todos los demás nos siguieron, la CNN, Christiane Amanpour… A pesar de todo el acoso, de que nos roban las cintas y de que golpean a nuestra gente. Si estás en Estados Unidos y quieres saber lo que ocurre en Egipto, ves Al Jazeera”.

En las últimas semanas se ha hablado mucho del poder de Al Jazeera, el canal de televisión catarí­ lanzado hace 15 años en este paí­s del Golfo Pérsico por el emir Sheij Hamad bin Jalifa al-Thani, con el objetivo de ofrecer la clase de noticias independientes que los canales estatales de la zona llevaban tanto tiempo ignorando.

Fue Al Jazeera la primera en comprender la gran magnitud de la revuelta de Túnez y las implicaciones que tendrí­a ésta en toda la región. Y cuando las protestas comenzaron a resonar en Egipto, fue también Al Jazeera la que las cubrió -sus crí­ticos dirí­an que las instigó- sin despegarse ni un minuto. Y el público, en todo el mundo, respondió: La audiencia global de la cadena se ha disparado. Durante los dos primeros dí­as de la protesta egipcia, el número de espectadores que siguen el canal en directo a través de Internet se incrementó en un 2.500%, hasta los 4 millones, 1,6 millones de ellos en los Estados Unidos, según indica Al Anstey, director ejecutivo del canal en inglés de Al Jazeera.

“Se trata de un auténtico punto de inflexión para nosotros en lo que respecta al reconocimiento de la integridad del producto que estamos realizando. Es la prueba de que existe una demanda real para nuestros contenidos y nuestra información”, indica Anstey a Reuters.

Pero incluso en este momento de éxito, persisten algunas dudas sobre Al Jazeera. A pesar de su proclamada independencia y de su periodismo valiente, la cadena no elude desempeñar un papel polí­tico. ¿Son ciertas las acusaciones que le hacen muchos en la región, según las cuales simpatiza con partidos islamistas como Hamás o Hizbulá? ¿Critica con dureza a algunos regí­menes de Oriente Medio, mientras que a otros los trata más suavemente? ¿Qué papel desempeña, si es que desempeña alguno, su adinerado patrocinador catarí­?

En su visita de hace siete años a la sede de la cadena en Qatar, el depuesto presidente egipcio Hosni Mubarak no pudo decirlo mejor: “¿Todos esos problemas salen de esta pequeña caja de cerillas?”

Independencia

Desde el mismo dí­a de su lanzamiento, en 1996, Al Jazeera (“la isla”, en árabe) ha logrado ganarse el rencor de muchos lí­deres del mundo árabe, pero también la admiración de muchos árabes de a pie.

Además de ser el primer canal de noticias árabe que recogió declaraciones de oficiales israelí­es, por Al Jazeera han pasado todo tipo de invitados, desde disidentes saudí­es hasta feministas militantes y cléricos islámicos. “Cuando aparecieron los primeros israelí­es en nuestras pantallas, la gente creí­a que estábamos financiados por el Mossad”, dice un empleado.

Durante sus últimas semanas en el cargo, Mubarak no se molestó en ocultar la ira que le provocaban las retransmisiones que estaba realizando Al Jazeera de las protestas contra su gobierno. Durante los 18 dí­as que duró la revuelta, la cadena no dejó de retransmitir en directo desde la plaza Tahrir de El Cairo, a pesar de que su oficina habí­a sido cerrada, de que sus periodistas habí­an sido golpeados y detenidos, y de que su material habí­a sido destruido o confiscado.

En sus conversaciones telefónicas con los lí­deres occidentales durante el levantamiento, Mubarak se quejaba de que Al Jazeera -y Catar- estaba fomentando los disturbios, según informan fuentes polí­ticas europeas. Mubarak decí­a que, en su opinión, el emir estaba tratando de desviar la atención a Egipto, por orden de Irán. Es una queja que se ha repetido a lo largo de los años. Los ejecutivos de la cadena rechazan esta acusación y mantienen que su único interés es el buen periodismo.

Los crí­ticos de Al Jazeera destacan que los asuntos a los que Al Jazeera dirige sus golpes son una prueba del papel polí­tico que puede desempeñar la cadena. Al principio, el canal dedicaba un amplio seguimiento a Arabia Saudí­, lí­der polí­tico y económico en el mundo árabe. Pero en 2002 el reino retiró a su embajador de Doha, como protesta, en parte, por los programas de Al Jazeera sobre la polí­tica saudí­. Las relaciones entre ambos paí­ses se normalizaron seis años después, y los observadores señalan que Al Jazeera ha moderado su tono en las noticias sobre Arabia Saudí­. La cadena no cubrió, por ejemplo, un enfrentamiento ocurrido el pasado mes de marzo entre la marina de los Emiratos Árabes Unidos y un patrullero saudí­, tras una disputa sobre las aguas territoriales.

“Han traí­do un montón de problemas”, dice una fuente en el Reino Unido, que prefiere no ser identificada por temor a perjudicar sus aspiraciones laborales.

En julio de 2009, un informe diplomático de la embajada estadounidense en Catar, publicado por Wikileaks, lo expresaba así­: “Al Jazeera, la televisión por satélite más vista en Oriente Medio, está fuertemenete subvencionada por el Gobierno catarí­, y ha demostrado ser una herramienta muy útil para sus amos polí­ticos. La cobertura que realiza de los acontecimientos de Oriente Medio es relativamente libre y abierta, pero suele evitar las crí­ticas a Catar y a su gobierno. La capacidad de Al Jazeera para influir en la opinión pública de toda la región supone un seguro de estabilidad para Catar, algo a lo que no es probable que este paí­s renuncie. Por otra parte, la cadena puede ser usada también para mejorar las relaciones”.

Al Jazeera insiste en que la intervención del gobierno [catarí­] es cero. “Catar no ha intervenido en absoluto”, señala Anstey. “[En Egipto] nos pusimos sobre el terreno muy rápidamente, en los primeros minutos, con fuerza y con total independencia editorial”. En lo que respecta a la lí­nea editorial, el Gobierno catarí­ “no mete sus manos jamás”, añade. “Las autoridades egipcias ejercieron una gran presión sobre nosotros para que no siguiéramos cubriendo lo que estaba pasando, pero nosotros estábamos sobre el terreno, hablando con la gente en la plaza, con los polí­ticos, decididos a continuar y a enfrentarnos a ese alto nivel de presión”.

Algunos expertos opinian que Al Jazeera, como otros grandes medios de comunicación en muchas partes del mundo, ha aprendido a contenerse para poder sobrevivir. “Creo que Al Jazeera ejerce cierta autocensura para asegurarse de que no se cruzan determinadas lí­neas”, señala David Roberts, investigador de la Universidad de Durham, en el Reino Unido. “Pero, en general, el Gobierno de Catar no mete sus narices ni censura contenidos. Hasta cierto punto, les dejan emitir cualquier historia”.

La opinión de Washington

Inicialmente, Washington dio la bienvenida a la cadena como un ejemplo del florecimiento de la libertad de prensa en el mundo árabe. Pero tras los ataques a Estados Unidos en 2001, esta actitud empezó a cambiar. El Gobierno de Bush la acusó de propaganda e incluso de tener lazos con Al Qaeda. El Ejército estadounidense bombardeó las oficinas de Al Jazeera en Kabul y en Bagdad, donde un periodista resultó muerto. Washington declaró que, en ambos casos, se habí­a tratado de accidentes, pero son muchos en Al Jazeera los que creen que la cadena era el objetivo.

El tono de Washington se ha suavizado notablemente tras el cambio en la Casa Blanca. El presidente Obama ha admitido que ve el canal en inglés de Al Jazeera, y, hace unas semanas, un portavoz del Departamento de Estado pedí­a desde su página de Twitter la liberación de los periodistas detenidos en El Cairo. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, visitó el año pasado la sede de la cadena en Doha, en un viaje que los responsables de Al Jazeera describieron como “cordial”.

Una fuente del Departamento de Estado indicó a Reuters que sus portavoces árabes “prefieren discretamente” a Al Jazeera “antes que a cualquier otra fuente de noticias del mundo árabe, pero no aireamos mucho esta preferencia, dada la mala reputación que tiene la cadena en Estados Unidos”.

En general, los espectadores árabes rechazan la poco verosí­mil teorí­a de un matrimonio entre la cadena y Al Qaeda, pero también son muchos los que reconocen que Al Jazeera puede parecer favorable a grupos extremistas como Hamás, que derrotó al más laico Fatah en las elecciones palestinas de 2006 [en Gaza]. Esta creencia es lo que podrí­a estar detrás de la publicación el pasado mes de enero, por parte de Al Jazeera, de documentos filtrados que revelan que la Autoridad Nacional Palestina, liderada por Fatah, ha hecho múltiples concesiones a Israel en las conversaciones de paz. Estas revelaciones, que Al Jazeera compartió con el diario británico The Guardian, hicieron parecer débiles tanto a la Autoridad Palestina como a Fatah, y condujeron finalmente a la renuncia de Saeb Erekat como jefe de la delegación negociadora palestina. Erekat ha acusado a Al Jazeera de intentar hacer caer a la Autoridad Palestina.

Por otra parte, las tensiones en el seno de la propia cadena salieron a la luz el año pasado, cuando varias presentadoras presentaron su dimisión en protesta por las normas conservadoras sobre la vestimenta.

“Una cultura informativa correcta”

“Es eléctrico”, dice un periodista de Doha para describir el ambiente que se respira en la sede de la cadena durante los acontecimientos de Egipto. “Estar en la redacción significa estar todo el tiempo manos a la obra. Sabemos que somos de los pocos que están haciendo esto sobre el terreno. La gente sale a la caza del periodista en la plaza Tahrir gritando ¡Al Jazeera!”.

En una región donde los gobiernos autoritarios están acostumbrados a enterrar las historias que no quieren ver publicadas, Al Jazeera representa un importante y, según muchos, positivo, cambio cultural. Lanzada con un presupuesto inicial de 137 millones de dólares y el objetivo de generar beneficios en cinco años, la cadena supo aprovechar el talento de la también recién nacida BBC en árabe.

“Empezaron con el tipo adecuado de cultura”, explica Mohamed Zayani, profesor de la Universidad de Georgetown en Catar y autor de un libro sobre Al Jazeera. “La cadena se organizó con una estructura más flexible, menos burocrática. Y eso fue bueno, porque significaba que las cosas podí­an hacerse. Es algo muy importante en el negocio de las noticias, donde el tiempo es esencial”.

Zayani destaca asimismo que Al Jazeera ha sabido integrar las redes sociales en todo lo que hacen. “Eso supone un activo tremendo para ellos. Las redes sociales están ocupando el centro del escenario, mezclandose e interactuando con los medios regionales. Se trata de algo nuevo que está cambiando profundamente el modelo que hemos tenido hasta ahora, y transformando a una audiencia que está dejando atrás el papel de meros consumidores pasivos”, señala.

El uso de las redes sociales ha permitido a Al Jazeera esquivar a algunos censores, lo que resulta crucial en el mundo árabe. “Ha sido una necesidad, un mecanismo de supervivencia”, explica Zayani. “Es experimental, y resulta excitante”.

Las oficinas de la sede central se encuentran justo a las afueras del distrito comercial de Doha, escondidas en un complejo situado en una calle polvorienta al lado de la carretera principal. La parte del canal en árabe, más antiguo, está como desgastada, mientras que la del más reciente servicio en inglés muestra un aspecto más pulido. Los espectadores que ven ambos canales señalan que las emisiones de Al Jazeera en árabe tienden a ser más emotivas y sensacionalistas, mientras que el canal en inglés es más austero.

Tanto los periodistas como el resto del personal que trabaja allí­ destacan que las imágenes ofrecidas por Al Jazeera de las revueltas en Egipto y Túnez vienen directamente de la calle: “Nuestra fuerza está sobre el terreno. Las oficinas tienen un papel de apoyo”, dice Satnam Matharu, director de comunicación y relaciones internacionales de Al Jazeera en Doha.

Oportunidad comercial

Al Jazeera no revela a cuánto asciende la financiación que proviene del emir, pero, según indica Anstey, “es la financiación que necesitamos para cubrir noticias en todo el mundo”.

Su principal espónsor ha dicho en alguna ocasión que le gustarí­a que la cadena pudiera autofinanciarse, pero, hasta ahora, no ha sido fácil conseguir los necesarios ingresos publicitarios. Un analista británico explica que, a pesar de que Al Jazeera es actualmente  la marca más popular de Oriente Medio, su modelo de negocio ha hecho crecer el la idea de que cualquiera que se anuncie en la cadena puede ver dañados sus intereses económicos en Arabia Saudí­.

El aumento en el número de espectadores que ha supuesto la revuelta de Egipto ha animado a Al Jazeera a darle un nuevo impulso a su proyecto de llevar su servicio en inglés a más televisores estadounidenses. Al comienzo de las protestas en El Cairo, Al Jazeera sólo podí­a verse en unas pocas ciudades de Estados Unidos, debido en parte, según creen muchos de los que trabajan en el canal, a las dudas sobre la buena fe de la cadena.

En las últimas semanas, sin embargo, esta percepción ha empezado a cambiar, y en Facebook y otros lugares hay ya peticiones para que el acceso a la cadena sea mayor. Una portavoz de Time Warner Cable, la segunda empresa de televisión por cable de Estados Unidos, con 12,5 millones de suscriptores en Nueva York y Los Ángeles, indica que, si bien no se ha llegado a ningún acuerdo con el servicio en inglés de Al Jazeera, “mantenemos la voluntad de hablar con ellos”. Cablevisión, que tiene 3 millones de suscriptores en el área de Nueva York, rehúsa hacer comentarios sobre Al Jazeera en concreto, pero indica que realiza una evaluación continua de los canales que ofrece.

“Vamos a renovar esfuerzos para hablar con los operadores, poner los datos sobre sus mesas y mostrarles que hay mucha, mucha gente pidiendo contenidos de calidad y periodismo equilibrado”, dice Anstey, al tiempo que anuncia planes para abrir una o dos oficinas más en Estados Unidos este mismo año.

Algunos advierten que el mercado estadounidense pude resultar menos jugoso de lo que parece: “No creo que sepan aún hasta qué punto pueden contar con el éxito de Egipto”, dice Joe Jalil, profesor adjunto de Comunicación en la Universidad Northwestern de Catar. “En Estados Unidos hay una dificultad real. La falta de espacio en los canales por cable es un impedimento”.

Más allá de Estados Unidos, la cadena va a abrir en las próximas semanas una sede en Corea del Sur, y tiene previsto asimismo lanzar pronto Al Jazeera en turco, así­ como una estación para los Balcanes con sede en Serbia. “Lo que sustenta el futuro de nuestra red es la calidad de los contenidos”, dice Anstey. “Cuando nos movemos hacia nuevos mercados, llevamos siempre las normas y el espí­ritu que aplicamos en las más de 60 oficinas que tenemos repartidas por todo el mundo, con testigos informando sobre las cosas que están pasando. El alcance es extraordinario”.

En cualquier caso, se convierta o no Egipto en una máquina de hacer dinero para Al Jazeera, lo cierto es que la cadena ha conseguido que los lí­deres árabes le presten una mayor atención. “Tal vez, después de los aplausos recibidos por su trabajo en Túnez y Egipto, y especialmente tras haber sabido sortear de tantas maneras los intentos de censura, la cadena va a ser más temida y respetada en otros paí­ses”, indica el profesor Roberts, de la Universidad de Durham. “Quizá los Estados se hayan empezado a dar cuenta de que no es tan fácil apagar Al Jazeera”.

(Con información de Sara Ledwith desde Londres, Andreas Rinke desde Berlí­n y Yinka Adegoke desde Nueva York. Editado por Simon Robinson)


Traducción del inglés: Miguel Máiquez
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