La apuesta de Europa

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Ilustración de Peter Schrank en 'The Economist'

Ilustración de Peter Schrank en ‘The Economist’

Cómo ha respondido hasta ahora Europa ante las revueltas en Oriente Medio y el Magreb, y cómo debería responder a partir de ahora. Artículo de hace dos días en The Economist, traducido al castellano:

Cuando el pueblo salió a la calle en Túnez, Francia ofreció su ayuda a las fuerzas del orden del presidente Zine el-Abidine Ben Ali. Cuando tomó las plazas de El Cairo, Italia elogió a Hosni Mubarak como el más sabio de los hombres. Y cuando fue masacrado en Trí­poli, la República Checa dijo que la caí­da de Muammar al Gadafi causarí­a una catástrofe, Malta defendió la soberaní­a de Libia e Italia predijo que las protestas desembocarí­an en un emirato islámico.

Por cada levantamiento árabe ha habido algún Estado europeo que se ha situado en el lado equivocado de la historia. No es de extrañar, por tanto, que la Unión Europea haya tardado tanto en exigir a estos regí­menes que escuchen las demandas de democracia, y en condenar las represiones violentas.

Y en lo que respecta a actuar, la UE lo ha hecho incluso peor. No se decidió a congelar las cuentas de los dictadores tunecino y egipcio hasta que  ya habí­an huido o renunciado. Y Gadafi, a pesar de haber usado la fuerza aérea para matar libios, no se enfrentó a sanciones inmediatas por parte de la Unión, que se limitió a interrumpir las negociaciones comerciales y a decir que estaba “preparada para tomar nuevas medidas”. Hasta la Liga Árabe, el mayor club de autócratas del mundo, ha suspendido a Libia como paí­s miembro.

Europa ha desplegado barcos y aviones de guerra, pero no para ayudar a los libios, sino para evitar la llegada a sus orillas de más refugiados e inmigrantes, o para repatriar a ciudadanos de la UE. El presidente bielorruso, Alyaksandr Lukashenka, debe de estar preguntándose por qué han recibido él y sus lugartenientes el castigo de la UE, que ha congelado sus activos y les prohí­be viajar a territorio comunitario. A fin de cuentas, lo único que ha hecho ha sido amañar unas elecciones en su favor, romper los cráneos de los manifestantes y encarcelar a sus oponentes.

Una explicación es que nos encontramos aún en los primeros dí­as (la UE necesitó más de un mes para imponer sanciones a Bielorrusia). Otra es que, teniendo en cuenta su historia de intromisiones imperialistas en el mundo árabe, los paí­ses europeos no deberí­an meter sus narices en las revueltas. La tercera es el miedo a provocar el secuestro de ciudadanos europeos por parte de los regí­menes que están desmoronándose. Sin embargo, resulta difí­cil evitar la sospecha de que demasiados paí­ses europeos siguen más preocupados por la estabilidad en Oriente Medio que por la democracia. De momento, no tienen ninguna de las dos.

Lo cierto es que los manifestantes no van a notar mucho las matizadas declaraciones de la UE. Y el tirón de orejas de las sanciones no va a cambiar demasiado la actitud de unos gobernantes desesperados. Pero, aunque sólo fuese por enviar el mensaje correcto a otros árabes que están asistiendo a estos acontecimientos, Europa debe situarse de forma inequí­voca al lado de aquellos que están intentando deshacerse de las dictaduras. Evitar al menos las meteduras de pata ya serí­a algo.

La verdadera prueba de fuego para la diplomacia europea será si, a largo plazo, es capaz de ayudar a los paí­ses del Norte de África a establecer democracias duraderas. Europa tiene una gran experiencia en prestar ayuda para que se consigan reformas en antiguos paí­ses totalitarios. La democratización de Europa del Este, aunque incompleta, es un éxito notable para ese “poder blando” de la UE […]. Pero, si bien es cierto que la ampliación ha sido la herramienta de polí­tica exterior más exitosa de la UE, también lo es que han sido un fracaso sus intentos de promover reformas en los paí­ses de su frontera que tienen pocas esperanzas de ser admitidos.

La “polí­tica de vecindad” de la UE, adoptada en 2003, pretendí­a crear un “cí­rculo de amigos” mediante la ampliación de ayudas y beneficios con, por ejemplo, acceso al mercado único a cambio de reformas económicas y polí­ticas. La idea era lograr una asociación más profunda en la que los vecinos pudieran disfrutar de todo menos de las instituciones. Sin embargo, y a pesar de los miles de millones de euros invertidos, los resultados son escasos. Bielorrusia sigue siendo la última dictadura de Europa, Ucrania va hacia atrás, el conflicto árabe-israelí­ no se ha resuelto y está marcado por la violencia y, hasta este año, el norte de África a languidecido bajo el mando de los autócratas.

Hacia el este, la UE se ha esforzado un poco más en promover reformas polí­ticas, debido en parte a las demandas de sus miembros ex comunistas. Pero en el sur se ha centrado sobre todo en el desarrollo económico, destinando a esta zona la mayor parte de los fondos de la polí­tica de vecindad. Si algo ha conseguido el vanidoso proyecto “Unión para el Mediterráneo” de Nicolas Sarkozy, un club polí­tico que ha estado paralizado desde su creación en 2008, ha sido favorecer a presidentes y monarcas árabes vitalicios.

La estabilidad ha sido fundamental por muchas razones: mantener los tratados de paz árabe-israelí­es, combatir el terrorismo yihadista, poner freno a las armas de destrucción masiva, proteger los suministros de gas y petróleo y prevenir la entrada masiva de inmigrantes en Europa. No son asuntos triviales. Europa tiene que entenderse con los vecinos que tiene, no con los que le gustarí­a tener. Su error fue perder la fe en la capacidad de estos vecinos para cambiar a mejor. Pero ahora que el mundo árabe se está reconstruyendo desde dentro, la polí­tica europea también debe reconstruirse.

A la Alta Representante de Polí­tica Exterior de la Unión Europea, Cathy Ashton, le están lloviendo las ideas: Alemania cree que el apoyo de la UE (incluyendo el levantamiento de las barreras comerciales para la agricultura) deberí­a estar condicionado a las reformas democráticas. Italia quiere más “zanahorias” para alentar un cambio ordenado, pero rápido, actualizando además las relaciones con Egipto y Túnez, y con un nuevo sistema para gestionar la inmigración. Francia, España y cuatro paí­ses más abogan por aumentar el gasto en el sur e impulsar la Unión por el Mediterráneo, con pocas condiciones o ninguna.

El recuerdo de 1989

El final del comunismo en el Este fue una gran bendición para Europa. La caí­da de los dictadores en el Sur también podrí­a serlo, aunque la transición esté cargada de incertidumbre. En 1989 cayeron los enemigos comunistas de Europa Occidental; el pueblo se alzó resentido contra el ocupante soviético y volvió sus ojos hacia Occidente. En el mundo árabe son los incómodos aliados de Occidente los que están cayendo, y hace mucho tiempo que el pueblo está resentido con la supremací­a occidental.

Hasta ahora, e inesperadamente, las revueltas de 2011 han estado libres de ideologí­as islamistas, antiimperialistas y antiisraelí­es. Pero estos sentimientos todaví­a pueden agitarse si Europa parece ponerse de parte de los odiados gobernantes. Los levantamientos han removido el viejo de dilema de anteponer la estabilidad a la democracia, los intereses a los valores. La estabilidad ha desaparecido; los intereses y los valores siguen siendo los mismos. La única respuesta posible es apoyar, ayudar y proteger a aquellos que desean la democracia.


Traducción del inglés: Miguel Máiquez

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