¿Un Oriente Medio sin fronteras?

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El presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, al frente de la República Árabe Unida (RAU), que unificó Egipto, Siria y, durante un breve periodo de tiempo, Irak, entre 1958 y 1961

El presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, al frente de la República Árabe Unida (RAU), que unificó Egipto, Siria y, durante un breve periodo de tiempo, Irak, entre 1958 y 1961

Mohammed Khan, en Al Jazeera:

La geografía moderna de Oriente Medio fue labrada en la primera parte del siglo XX por colonialistas británicos y franceses cuyo único interés era repartirse entre ellos mismos el botín de la guerra, y mantener su supremacía en la región. Los trazos que dividen la zona, con sus perfectas líneas rectas (ver los mapas de Argelia, Libia, Egipto y Sudán), siguen siendo prácticamente los mismos hoy en día que cuando fueron trazados por primera vez, a pesar de décadas de invasiones fronterizas y conflictos.

Nunca antes se había guardado tan celosamente un concepto importado: Las familias gobernantes y las élites políticas de Oriente Medio hicieron suya la idea del estado-nación, junto con el santo grial de las teorías sobre relaciones internacionales y soberanía.

La artificialidad de las fronteras en cuestión está fuera de toda duda. Si se echa un vistazo a cualquier mapa de Oriente Medio anterior al Acuerdo Sykes-Pikot de 1916 entre Francia y el Reino Unido (cuando se completó la división de la región sin tener en cuenta las opiniones de la gente que vivía en ella), resulta difícil encontrar muchas fronteras físicas reales entre Siria, al noreste, y Marruecos, en el oeste.

Lo que sí puede verse, sin embargo, son rutas de ferrocarril que se expanden libremente por toda la región. Los restos de la antigua vía férrea del Hejaz, que conectaba Damasco con Medina, continúan en pie (en ruinas) en el centro de la capital siria. En su día sirvió para transportar a los peregrinos hasta la ciudad santa musulmana, actualmente en Arabia Saudí, sin necesidad de engorrosos visados ni burocracias frustrantes. Pero de eso hace ya, obviamente, algún tiempo.

Ensayo y error

A lo largo de la historia reciente, los líderes árabes han tratado de fomentar una mayor unidad, ya sea mediante la Liga Árabe, formada por 22 miembros con el fin de “salvaguardar la independencia y la soberanía [de los estados árabes]”, o mediante los seís países que integran el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), una unión política, económica y de seguridad surgida como respuesta a la revolución islámica de Irán. Sin embargo, la santidad del estado en el seno de estos bloques ha seguido siendo absoluta.

El experimento más importante en uniones transfronterizas fue, probablemente, uno que comenzó en 1958 y apenas duró tres años: Con toda la región barrida por la ola nasserista, Egipto y Siria (y también Irak, aunque durante un periodo muy corto de tiempo) establecieron la llamada República Árabe Unida (RAU). El proyecto vio su final en 1961, debido a la demagogia y las ansias de poder de Gamal Abdel Nasser, y al desastre económico en que se sumió Siria.

En teoría, Egipto y Siria se convirtieron en un solo país, como parte de la RAU. Bajo un único liderazgo descentralizado, se suponía que la RAU fomentaría el espíritu de unidad y animaría a otros países de la región a incorporarse.

El fracaso de este proyecto no refleja en absoluto el deseo de los pueblos egipcio y sirio de formar una alianza. De hecho, llegó incluso a plantearse la creación de unos Estados Unidos Árabes en los que se incluiría también a Yemen.

Hasta el momento, eso es lo último que hemos oído sobre planes nacionalistas panárabes.

Podría decirse que la década de los noventa y el principio del siglo XXI han sido los años del postnacionalismo transfronterizo, especialmente como consecuencia de la aparición de movimientos islámicos, y de su papel como actores políticos principales cuya ideología se basa en ideales religiosos que trascienden las fronteras nacionales.

Sin embargo, al analizar atentamente los manifiestos de algunos de estos movimientos, y considerando asimismo sus orígenes específicos, resulta evidente que sus ambiciones políticas han estado siempre, y lo siguen estando, fírmemente enraizadas en los estados en los que han surgido.

Así, el Frente Islámico de Salvación fue un actor dominante en Argelia, y solo en Argelia, y los Hermanos Musulmanes centran en Egipto sus políticas reformistas. Las ramas de los Hermanos existentes en otros países están centradas asimismo en la realidad de sus propios estados.

Estos movimientos tal vez posean fundamentos ideológicos cuyo fin es recuperar los días gloriosos de los primeros califatos, o del Imperio Otomano, pero el realismo les ha llevado a concentrar sus energías en los límites de sus fronteras nacionales. Y esto no es probable que vaya a cambiar a corto plazo.

Todos para uno

Teniendo en cuenta estos antecedentes, ¿sigue siendo viable la idea de un Oriente Medio sin fronteras? Podría serlo si consideramos que la actual naturaleza globalizada del mundo ha abierto en esta región posibilidades que habrían resultado inconcebibles tan sólo unos cuantos años atrás.

Más concretamente, la convulsión política que está sacudiendo actualmente toda la zona ha revelado con claridad el hecho de que, en el mundo árabe, los problemas y las potenciales soluciones tienen una base muy similar. La asfixia política, económica y social que han sufrido los pueblos de Túnez y Egipto, hasta que sendas revoluciones populares barrieron del poder a los dictadores de ambos países, es prácticamente idéntica. Las dolencias políticas, económicas y sociales que se sufren en Libia, Argelia, Bahréin y, ahora, Omán, tienen un mismo origen.

Obviamente, las causas de las revueltas políticas en estos estados tienen muchos matices, y no pueden ser reducidas a generalizaciones. Pero, en cualquier caso, el futuro, como era de esperar, está en la juventud, una realidad demográfica que ha tomado la delantera en la lucha contra la corrupción y la autocracia, comunicándose, animándose y ayudándose más allá de las fronteras, en el espíritu y el lenguaje de la unidad.

Por supuesto, esto no significa que las fronteras se hayan vuelto irrelevantes. Pero sí es una prueba de que ni los problemas políticos y económicos ni las oportunidades pueden seguir encarándose en los límites de los estados. La frustración acumulada de la juventud árabe, las desigualdades económicas y las exigencias de una mayor representatividad se extienden por toda la región. Una única voz está emergiendo en demanda de un solo valor: La libertad.

No parece que del actual caos político vaya a surgir una autoridad única, pero esa autoridad tampoco es necesaria. Un gobierno apropiado para el mundo árabe podría parecerse al de la Unión Europea: Los 27 países de esta unión política y económica han eliminado las fronteras, en el sentido de que la gente puede vivir, trabajar y viajar en cualquiera de ellos sin muchas trabas.

La soberanía sigue siendo primordial en la UE, pero la federalización del poder político y económico está beneficiando a cientos de millones de europeos. Por descontado, la reciente crisis económica y financiera ha puesto en duda su viabilidad y, más concretamente, la viabilidad de su moneda única, pero la voluntad política en defensa de la unión se mantiene firmemente.

Probablemente podríamos encontrar un sinfín de razones por las que una unión real, política y económica, no funcionaría en el mundo árabe. Si después de una década intentándolo, el CCG, un bloque de cerca de 40 millones de habitantes, todavía no ha sido capaz de tener una moneda única, ¿cómo van a ponerse de acuerdo 200 millones de personas en una unión económica basada en el federalismo?

Sin embargo, eso sólo serviría para frenar el impulso de cara a la consecución de unos objetivos que son comunes en todo el mundo árabe. En esta nueva ecuación, las fronteras tienen cada vez menos importancia. El significado de los medios de comunicación de masas, de la interdependencia, de la facilidad de accesos a través de mejores infraestructuras, de la identificación con causas más que con países, todo ello lleva a pensar que el despertar político de esta región podría desembocar en una realidad política y social completamente diferente.

El estado-nación tal como lo conocemos, y que fue impuesto en Oriente Medio por los poderes coloniales, está ya maduro para un cambio. La liberación del poder popular ha abierto nuevas posibilidades al mapa del futuro del mundo árabe. A pesar de que los manifestantes siguen ondeando sus banderas nacionales en las protestas, las causas por las que están luchando y por las que se están arriesgando van más allá de sus fronteras inmediatas.


Traducción del inglés: Miguel Máiquez

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