La herida armenia

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“Después de todo, ¿quién se acuerda hoy del genocidio armenio?” Esta terrible y famosa frase, atribuida a Adolf Hitler, resume en apenas unas palabras la impunidad que puede otorgar a las atrocidades el paso del tiempo y el abandono de la memoria. En el caso del dictador alemán, la pregunta cobraba un especial sentido trágico, por cuanto acabó materializándose en la realidad del Holocausto.

Afortunadamente, sin embargo, son muchos los que se acuerdan. No las víctimas directas, que apenas quedan ya, pero sí sus miles de descendientes y todos aquellos dispuestos a mantener vivo el recuerdo de lo que ocurrió.

El 22 de diciembre la Asamblea Nacional Francesa aprobó una ley que sanciona con un año de prisión y 45.000 euros de multa el negacionismo del genocidio armenio. El Gobierno turco respondió tachando la medida de “injusta, racista, discriminatoria y hostil hacia Turquía”, suspendiendo las relaciones políticas y militares con Francia y, en una reacción que, más que a reclamar justicia, parece obedecer a esa vieja falacia de que los pecados de los demás justifican los pecados propios, acusando a los franceses de genocidio durante su ocupación colonial de Argelia.

El genocidio armenio, en un artículo publicado en ‘The New York Times’ el 15 de diciembre de 1915

Entre 1915 y 1917, en plena Primera Guerra Mundial, las autoridades del Imperio Otomano, cuyo gobierno estaba entonces en manos del partido nacionalista de los Jóvenes Turcos, organizó y ejecutó la deportación masiva y el asesinato de la población armenia residente en su territorio. El resultado fue la muerte de un número indeterminado de civiles, que se ha calculado aproximadamente entre un millón y medio y dos millones de personas. Muchos, hombres, mujeres y niños, fueron asesinados directamente. Otros miles perecieron en interminables marchas por el desierto sirio, privados de agua y de alimentos. La gran mayoría de las víctimas fueron armenios, pero también murieron asirios, caldeos, sirios y helenos pónticos.

El holocausto armenio está considerado como el primer genocidio sistemático moderno y es el segundo caso de exterminio más estudiado de la historia, después del perpetrado unas décadas después por los nazis. Según muchos estudiosos, el ‘ejemplo’ del genocidio armenio fue una referencia fundamental para los ideólogos de la ‘solución final’.

El Gobierno turco, sin embargo, lleva un siglo negando que se tratase de un genocidio. En Turquía está incluso prohibido por la ley calificar los hechos como tal. Ankara no niega que ocurriesen las muertes, pero desmiente rotundamente que fuesen consecuencia de un exterminio programado. Para el Gobierno turco, y, especialmente, para los militares de este país, las masacres fueron el resultado de las luchas interétnicas, las enfermedades y el hambre durante el confuso periodo de la Primera Guerra Mundial, una guerra en la que, según afirma Ankara, los armenios recibían además el apoyo directo de su enemigo ruso y amenazaban con quebrantar la estabilidad y la unidad del país.

Durante mucho tiempo, por otra parte, Turquía ha mantenido la tesis de que bajo las acusaciones de genocidio subyacían mecanismos de propaganda bélica, puestos en marcha principalmente por los britanicos, al formar el Imperio Otomano parte de la coalición compuesta por Austria-Hungría, Alemania y Bulgaria. Algunos negacionistas turcos han llegado a hablar también de una campaña orquestada por los países cristianos occidentales (la mayoría de los armenios pertenecen a esta religión) en contra de un país de mayoría musulmana.

Pero dejando aparte al Gobierno turco y a un puñado de revisionistas, la inmensa mayoría de los estudiosos lo tienen claro: Lo que ocurrió encaja perfectamente con la definición actual de genocidio. No cabe duda de que las potencias occidentales, y especialmente el Reino Unido, con grandes intereses económicos en la zona, estaban más que interesadas en propagar la imagen de una Turquía despiadada, y, de hecho, las noticias sobre las masacres, llegadas de la mano de misioneros y de enviados estadounidenses presentes en la zona (EE UU era aún neutral en la guerra) llenaron los periódicos y escandalizaron a la opinión pública. Pero nada de eso basta para negar una realidad que confirman tanto los estudios históricos como los testimonios de los supervivientes, de sus descendientes y de testigos de la época.

La contradicción interna que la negación del genocidio armenio supone para un país como Turquía, aspirante a ingresar en la Unión Europea y, pese a sus graves problemas de derechos humanos y libertades, bastante decente en muchos otros aspectos, la exponía claramente hace unos días el periodista Robert Fisk en el diario británico The Independent:

Para cientos de miles de turcos el genocidio armenio es un hecho histórico […]. Miles de turcos profundizan en sus raíces familiares y se preguntan: ¿Por qué tenemos abuelas y bisabuelas armenias? ¿Qué es esta historia secreta que puede hacer que te metan en la cárcel simplemente por discutir en público la responsabilidad de Turquía en el genocidio? Y yo me pregunto […]: ¿Por qué un país fuerte y valiente como Turquía […], cuyos soldados fueron los únicos de la unidad de la ONU en la guerra de Corea que se negaron a que les lavaran el cerebro, no puede reconocer los terribles actos que tuvieron lugar antes de que casi todos los turcos actuales hubiesen nacido? No queda vivo ninguno de los asesinos, no puede haber juicios […]. Dentro de cuatro años, el mundo conmemorará el centenario del genocidio armenio. ¿Por qué no reconocer esta historia ahora? Los alemanes han pedido perdón mil veces a los judios, los EE UU han pedido disculpas a los nativos americanos por la limpieza étnica que realizaron en el siglo XIX, los australianos han pedido perdón a los aborígenes, los ingleses a los irlandeses, los ucranianos a los polacos por las violaciones en masa, saqueos y masacres ocurridas bajo la ocupación alemana después de 1941. ¿Qué pasa con los turcos? Muchos de ellos creen que su país debería estar a la altura de su historia, incluso de la menos gloriosa.

Es posible que las razones del Gobierno de Nicolas Sarkozy para promover la ley que acaba de aprobar la Asamblea Nacional no sean del todo desinteresadas. A fin de cuentas, en Francia residen cerca de medio millón de ciudadanos de origen armenio, y el país celebrará elecciones presidenciales en abril del año que viene. Pero su supuesto oportunismo no le resta, al menos en este caso, el valor histórico que tiene, más allá incluso de posibles controversias sobre los límites de la libertad de expresión. Porque lo que molesta a Turquía no es que el Estado castigue a quien niegue un genocidio probado invocando la libertad de expresión (ese podría ser, en todo caso, otro debate), sino que uno de los  genocidios que se considera probado sea el suyo.

El genocidio armenio está oficialmente reconocido en 20 países (Argentina, Bélgica, Canadá, Chile, Chipre, Grecia, Italia, Líbano, Lituania, Holanda, Polonia, Rusia, Eslovaquia, Suecia, Suiza, Uruguay, El Vaticano, Venezuela y las propias Francia -desde 2001- y Armenia), y en 42 de los 50 Estados de EE UU (todos, menos Alabama, Mississippi, Virginia Occidental, Indiana, Iowa, Wyoming y Dakota del Sur), cuyo Congreso estudia actualmente una moción al respecto.

Otros, sin embargo, siguen sin usar oficialmente el término “genocidio”. Entre ellos, el Reino Unido y, en dos casos especialmente llamativos, Alemania e Israel. Tampoco lo hace España, donde solo las comunidades de Cataluña y el País Vasco reconocen el genocidio como tal.

El pasado mes de marzo, la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso español rechazó una moción de ERC a favor de reconocer el genocidio armenio como un crimen contra la humanidad. PSOE, PP, CiU y UPN votaron en contra. La portavoz del PSOE, Isabel Pozuelo, dijo que “los problemas que tiene hoy Armenia son otros” y añadió que lo prioritario para Armenia es acometer reformas políticas para acercarse a la UE y solucionar el conflicto que mantiene por el enclave de Nagorno Karabaj con Azerbaiyán, aliado de Turquía. El diputado del PP Francisco Ricomá afirmó por su parte que el reconocimiento del genocidio armenio “no forma parte de la prioridad ideológica” de su partido y sería entrar “en el terreno de la revisión histórica”. Tal cual.

Fustigarse por los crímenes cometidos por nuestros ancestros solo porque nacieron en el mismo lugar del mundo que nosotros es absurdo. Personalmente, me considero tan unido a Hernán Cortés como a Gengis Khan. Pero negar esos crímenes solo por el hecho de que quienes los cometieron nacieron en el mismo lugar del mundo que nosotros no solo es absurdo. Es, también, injusto. El primer paso para poder cerrar una herida es reconocer que la herida existe.

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