Los ‘bidun’: sin papeles, sin derechos

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Cientos de personas sin nacionalidad reconocida ('bidun') protestan en Kuwait, en marzo de 2011. Foto: Yasser Al Zayyat / AFP

Cientos de personas sin nacionalidad reconocida (‘bidun’) protestan en Kuwait, en marzo de 2011. Foto: Yasser Al Zayyat / AFP

“Una carretera, a veces un simple camino de tierra, separa los dos mundos. En el ‘lado malo’, casas bajas construidas a base de bloques de cemento y planchas de uralita, entradas tapadas por sábanas tendidas, cables eléctricos a ras del suelo, un aire de provisionalidad que se extiende sin fin. En el otro lado, villas de varios pisos, acicaladas, no necesariamente lujosas, pero que transpiran bienestar y estabilidad”.

Así comienza el interesante reportaje que Alain Gresh, director adjunto de Le Monde Diplomatique, publica en la edición de junio de esta revista sobre la difícil situación que siguen viviendo en Kuwait los llamados bidun (“sin”: sin papeles, sin nacionalidad reconocida). El artículo aparece también, en árabe, en la web del diario egipcio Al Akhbar. Lo que sigue es una traducción de la versión en francés publicada por Orient XXI:

Una carretera, a veces un simple camino de tierra, separa los dos mundos. En el ‘lado malo’, casas bajas construidas a base de bloques de cemento y planchas de uralita, entradas tapadas por sábanas tendidas, cables eléctricos a ras del suelo, un aire de provisionalidad que se extiende sin fin. En el otro lado, villas de varios pisos, acicaladas, no necesariamente lujosas, pero que transpiran bienestar y estabilidad.

En el lado bueno, familias de funcionarios, docentes, médicos, poseedores de todos los beneficios de la nacionalidad kuwaití, propietarios de sus propias casas gracias a las ayudas gubernamentales. En el otro, familias de exfuncionarios, de expolicías, de exmilitares, que descubrieron a principios de los años noventa que no eran “nacionales” y que han sido privadas de sus derechos, personas a las que se prohíbe trabajar y a las que se niega el acceso a hospitales y escuelas públicas. Simples arrendatarios que pagan un alquiler mensual al Gobierno.

A tan solo unos metros de allí, los obreros le dan el último toque a una universidad que acogerá a sus primeros estudiantes en septiembre, pero solo a los que viven en el ‘lado bueno’.

Estamos en Tayma, una localidad a unos 25 kilómetros de Ciudad de Kuwait donde, a finales de los años setenta, se construyeron las llamadas bouyout cha’biyya (viviendas populares), con el fin de reagrupar a una parte de aquellos a los que llaman aquí bidun, “sin”, es decir, sin nacionalidad; en realidad, sin papeles. A menudo de origen beduino, desconocedores de las prácticas administrativas, los bidun se ‘escaparon’ del registro en los comités de nacionalidad que exige la Ley sobre Nacionalidad aprobada en 1959, poco antes de la independencia del país en 1961.

Es aquí donde, tras las caídas de Ben Alí y de Mubarak, entre febrero y marzo de 2011, vivió el emirato sus primeras manifestaciones. Centenares de personas abandonadas a su suerte organizaron concentraciones para exigir igualdad de derechos. Enarbolaban retratos del emir y se reafirmaban en su pertenencia a la nación kuwaití. Rápidamente, se instalaron sobre un terreno baldío que fue rebautizado como Midan Al-Hourriya (plaza de la libertad). El Gobierno respondería sometiendo la localidad a un auténtico estado de sitio, bloqueando los accesos, llevando a cabo una severa represión y multiplicando las detenciones. Los manifestantes fueron vilipendiados por una parte de la prensa. No obstante, varios kuwaitíes ‘nativos’ consiguieron atravesar las barreras.

Entre ellos, la activista pro derechos humanos Maha Barges, quien, desoyendo el consejo de sus amigos, decidió romper el bloqueo, y fue capaz de establecer un diálogo con los manifestantes. Para ella, lo que está en juego es un principio fundamental: la igualdad. Barges recuerda su descenso al infierno de los bidun, los olvidados del rico emirato petrolero:

“Desde la independencia hasta 1985 disfrutaron de los mismos derechos que el resto de los ciudadanos, especialmente, de la educación y la sanidad gratuitas, y aquellos que deseaban estudiar en el extranjero recibían becas del Estado. Tenían, además, una presencia masiva en el ejército y en la policía, cuyos efectivos habían aumentado hasta en un 70% debido a las amenazas de Bagdad (Irak reivindicaba el territorio desde principios de los años sesenta) y a las guerras árabe-israelíes de 1967 y 1973”.

A partir de 1985, sin embargo, la actitud de las autoridades se endureció. Los bidun fueron acusados de ser nacionales de otros Estados (Irak, Arabia Saudí), y de esconder sus papeles para poder beneficiarse de todas las ventajas del Estado del bienestar. El verdadero punto de inflexión, no obstante, ocurrió a raíz de la ocupación iraquí de 1990-1991, cuando se les consideró sospechosos (al igual que a los palestinos) de estar del lado del enemigo. ¿Acaso no eran, según pensaban muchos, iraquíes camuflados?

Se les privó entonces de la educación y la sanidad gratuitas, fueron expulsados del ejército (una medida facilitada por la instauración del servicio militar obligatorio en 1985) y de la administración pública, y se les denegó la posibilidad de obtener certificados de matrimonio o de divorcio. La presiones para que revelaran su “verdadera nacionalidad” se hicieron cada vez más grandes, y muchos se vieron empujados al exilio. Su número, calculado entonces entre 250.000 y 300.000, cayó, según cifras oficiales, a 105.000. No existen, de todos modos, datos fiables. El Gobierno puso bajo llave las cifras de las que disponía la administración (durante los veinte primeros años después de la independencia, los bidun estaban registrados, podían obtener documentos de viaje, etc.).

Este trato discriminatorio no provocó demasiada indignación entre la sociedad kuwaití. Algunos consideran a los bidun agentes extranjeros, o simplemente criminales, delincuentes. Otros les temen por ser chiíes. A muchos les preocupa el coste económico que conllevaría su integración. Claire Beaugrand, autora de una estimulante tesis sobre su situación (publicada bajo el título Stateless in the Gulf : Migration, Nationality and Society in Kuwait, IB.Tauris, Londres), insiste en el hecho de que las grandes familias urbanas, las llamadas de “sangre azul” (Al-dima al-zarqa), se ven a sí mismas como las “constructoras del Estado”, las que hicieron posible la edad de oro del emirato entre 1960 y 1985. Después vendría la crisis, como consecuencia de la afluencia de unos bidun “sin proyectos para una tierra a la que nada les une, atraídos tan solo por el dinero del Estado”. Se trata de un discurso que, más que racismo, revela una arrogancia de clase. ¿No se decía en Francia, en el siglo XIX, que solo los propietarios deberían tener derecho de voto?

Sin embargo, algunas voces disidentes comenzaron a hacerse oír en la sociedad kuwaití. En 1992, la organización kuwaití de derechos humanos que preside Maha Barges presentó su primer informe sobre la situación de los bidun, y alertó a las organizaciones internacionales. Y las organizaciones internacionales, impactadas por la expulsión de 400.000 palestinos, empezaron a interesarse por Kuwait. En 1995, Human Rights Watch los definió como “ciudadanos sin ciudadanía”.

Las consecuencias humanas de estas medidas de discriminación, especialmente las referentes a la escolarización, llegaron a conmover a miembros de la familia reinante. En las familias en las que no hay medios económicos para enviar a todos los niños a la escuela es necesario llevar a cabo dolorosas elecciones. “Algunos decidían privilegiar a los chicos; otros alternaban, enviando un hijo a la escuela un año, y otro distinto al año siguiente”, explica un defensor de los derechos de los bidun. A principios de la década de 2000, la hija del emir obtuvo un fondo especial para ayudar a la educación de los niños y los jóvenes. Actualmente, un total de 13.000 bidun de entre 7 y 18 años de edad se benefician de estas becas.

De este modo, está surgiendo una nueva generación de bidun que se ha podido beneficiar del sistema universitario, o que ha sido capaz de superar los obstáculos planteados por el poder accediendo a las universidades privadas (especialmente, a la rama kuwaití de la Universidad Árabe Abierta), una generación mejor formada y más reivindicativa.

“Comenzamos nuestras actividades en 2006”, explica uno de los organizadores del movimiento actual de protesta: “Logramos derribar el muro de silencio, dar a conocer mejor nuestra causa. Empezamos a tener relaciones con el Parlamento, a poder publicar artículos en la prensa. Conseguimos organizar actividades desde una base humanitaria, especialmente en lo que respecta al acceso a la educación”.

No obstante, añade, la resistencia es numerosa: los que aún les consideran agentes extranjeros (como un diputado que asegura que 37.000 bidun son militantes del grupo iraquí chií de los sadristas); los que se benefician de que las condiciones laborales de los bidun no estén reglamentadas, al no estar dentro ni de la legislación de los nacionales ni de la legislación de los inmigrantes…

“Al sector privado le gusta emplearlos en todos aquellos servicios que requieren contacto con el público, ya que, culturalmente, los bidun son totalmente kuwaitíes. En los gabinetes de abogados, en el comercio, en la seguridad, o incluso en las escuelas y los hospitales privados, están a merced de empleador, con sueldos más bajos y sin derecho a vacaciones”. Su situación recuerda a la de los ‘sin papeles’ en Europa.

El Gobierno se niega a reconocer que se trata de personas “sin Estado”, y les denomina “residentes ilegales”. Pero se está viendo obligado a ceder terreno: según un responsable [del Ejecutivo] 37.000 bidun podrían beneficiarse de la nacionalidad, aunque de momento no se ha adoptado ninguna medida en este sentido. Es en el aspecto social donde los avances están siendo más significativos: algunos bidun están volviendo a ser contratados como docentes o como médicos en el sector público; la barrera levantada contra su acceso a la universidad empieza a presentar fisuras; su estatus se discute con más libertad en los medios de comunicación.

La situación de los bidun no es más que una de las injusticias existentes en la sociedad kuwaití. Desde hace varios meses, un movimiento que lucha por la democratización está reagrupando a diversas fuerzas en el país, y decenas de miles de personas han exigido la anulación de una ley electoral impuesta por el emir, que dio lugar a la elección de un Parlamento a las órdenes. Es difícil saber si podrá mantenerse la unidad de estas fuerzas, o si el poder será capaz de seguir aprovechándose de las divisiones entre ciudadanos y beduinos, entre suníes y chiíes, entre tribus.

En cualquier caso, la suerte de los inmigrantes sin derechos reales (la mitad de la población) sigue sin movilizar a la sociedad. El diario en inglés Arab News publicó que entre el 1 de enero y el 23 de abril, un total de 601 mujeres filipinas fueron repatriadas a su país. Las mujeres se habían refugiado en un centro de acogida tras huir de sus empleadores debido a “malos tratos de carácter verbal, físico o sexual, además de impago de salarios y de horas extraordinarias”. Cada día huyen de sus empleadores seis o siete personas, una cifra que asciende a entre doce y catorce durante los fines de semana.


Artículo original: Les sans-papiers du Koweït, por Alain Gresh, en Orient XXI.
Más información:
» Stateless in Kuwait: Who Are the Bidoon? (Open Society Foundation)
» Kuwait: Stateless ‘Bidun’ Denied Rights (Human Rights Watch)
» Arrests and Trials of Kuwait’s Stateless Protesters (Mona Kareem, en Mideast Youth)
» Kuwait MPs pass law to naturalise 4,000 stateless Bidun (BBC)
» Kuwait: Small step forward for Bidun rights as 4,000 ‘foreigners’ granted citizenship (Aministía Internacional)
» Bedoon Rights
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