Lawrence de Arabia, 75 años de erosión sobre un mito esculpido en arena

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T. E. Lawrence

Efe:

Hace 75 años fallecí­a, después de seis dí­as en coma, Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, y el hombre que, arqueólogo, militar y literato, removió la Historia con su propia historia, relatada en su libro Los siete pilares de la sabidurí­a.

Pasados tres cuartos de siglo de ese accidente en una motocicleta que ahora se exhibe en el Imperial War Museum de Londres, el que fuera apodado por el aventurero Lowell Thomas como “rey sin corona de Arabia” es una figura enigmática que contextualiza un conflicto todaví­a incandescente: el de Oriente Medio.

Durante su misión a favor de la independencia árabe con el rey Feisal en plena Primera Guerra Mundial, ¿era T. E. Lawrence un manipulador al servicio de los intereses de su paí­s? ¿Un cristalino ejemplo de la distorsión entre la realidad de una batalla y el tablero de juego de un gobierno? ¿O un idealista enloquecido por la cadencia monótona de las dunas de un desierto?

Las hazañas de un mito, que habí­a nacido en 1888 en Gales, siguen sin decantarse entre la realidad o el espejismo. Su relato en Los siete pilares de la sabidurí­a es tan apasionante que los historiadores siguen dudando. Y el cine, desde luego, colaboró a difuminar los auténticos lí­mites de su gesta.

Ésta no era otra que su empecinamiento por la que consideraba una causa justa: “una cabalgata de la libertad árabe de La Meca a Damasco”, pero que serví­a como estrategia británica para frenar al imperio Otomano, enemigo suyo y aliado de Alemania.

Su libro partí­a ya con una advertencia: “No pretendo ser imparcial. Yo estaba luchando por mi causa en mi propio estercolero”. Un estercolero que le hizo pasar de militar de baja graduación a mano derecha del rey árabe.

Recientemente, el periódico The National ofrecí­a desde Abu Dhabi la visión que Oriente Medio tiene del mito y recogí­a los testimonios de Michael Asher, autor del documental En busca de Lawrence. “Cuando -dice- les hablabas de Lawrence, ellos se pensaban que te referí­as a Peter O’Toole, quien le retrató en el cine”.

Mapa ori­gi­nal tra­zado por T. E. Lawrence con su pro­puesta para Oriente Medio tras la Pri­mera Gue­rra Mun­dial (1914–1918)

T. E. Lawrence, en realidad, siempre rehuyó la gloria. “Mi exacta participación en ella (la liberación árabe) fue secundaria, pero a causa de una pluma fácil, un habla despejada y cierta habilidad mental, asumí­, como digo, una falsa primací­a”, explicaba.

Pero Lowell Thomas explicaba: “Parecí­a extraño que este hombre tí­mido, casi endeble, pudiera ser el misterioso jefe de los guerrilleros. Solamente después, cuando lo vi galopando audazmente sobre su camello, rodeado de su fiera e impetuosa escolta, pude creer al fin”.

Su carisma tuvo un punto de inflexión: “Una vez, andando solo por Deraa, una plaza otomana, fue detenido. Los turcos ni sospechaban que aquel hombre pequeño era el lí­der de la revolución. Y fue salvajemente torturado”, relataba Thomas en un artí­culo publicado en 1964.

Desde entonces, precisaba, “exhausto por las heridas y el cansancio, Lawrence parecí­a el genio de la venganza, casi no durmió hasta que destrozo a las columnas turcas que huí­an”.

T. E. Lawrence, al final de su vida, estaba lejos de sentirse orgulloso de los resultados de su bravura. El tratado Sykes-Picot de 1916 entre Gran Bretaña y Francia, acabó con las esperanzas de autodeterminación del pueblo árabe y las suyas propias.

“Cuando terminamos y amaneció el mundo nuevo, los hombres viejos volvieron a surgir y nos arrebataron nuestra victoria para rehacer el mundo según el modelo que ya conocí­an. La juventud pudo ganar, pero no habí­a aprendido a conservar”, resumirí­a Lawrence.

Y es que en una época de reminiscencias todaví­a coloniales, si algo hizo T. E. Lawrence fue entender con humildad que tení­a que adaptarse a un pueblo distinto al suyo.

Y Lawrence se lamentaba: “Durante los dos años que estuvimos juntos bajo el fuego se acostumbraron a creerme y a pensar que mi gobierno, al igual que yo, era sincero. Con tal esperanza llevaron a cabo hermosas hazañas, pero en vez de sentirme orgulloso, me sentí­a continua y acremente avergonzado”, escribió.

Su lamento histórico, en cambio, iba acompañado del desencanto y del flagelo personal en su interior. “Un sentimiento de intensa soledad en la vida y un desprecio, no por los demás hombres, pero sí­ por todo lo que hacen”.

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