La falsa religión de la paz en Oriente Medio

arafat clinton
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Aaron David Miller, en Foreign Policy:

El 18 de octubre de 1991, con todo en contra y ante una prensa incrédula, el secretario de Estado estadounidense James Baker III y el ministro soviético de Exteriores, Boris Pankin, anunciaron que invitaban a árabes e israelíes a una conferencia de paz en Madrid. Aquel día, de pie, al fondo del vestíbulo del hotel Rey David en Jerusalén, me asombró lo que había conseguido Estados Unidos. En el plazo de 18 meses, más o menos, Henry Kissinger había negociado tres acuerdos de retirada de las dos partes y Jimmy Carter había logrado un tratado de paz entre Egipto e Israel; EE UU había librado una guerra breve y triunfal –el mejor tipo de guerra– y expulsado a Sadam Husein de Kuwait. Y ahora tenía grandes posibilidades de dar a árabes e israelíes el último empujón diplomático. O eso pensé.

Baker, que quitaba importancia a todo, se mostró tan precavido como de costumbre. “Chicos”, nos dijo a unos cuantos ayudantes en su suite tras la rueda de prensa, “si queréis bajaros del tren, éste es el momento, porque a partir de aquí es todo cuesta abajo”. Pero yo no estaba escuchándole. Estados Unidos había utilizado su poder para la guerra y ahora quizá podría usarlo para la paz. Me había vuelto creyente.

Ya no lo soy.

Los especialistas en etimología nos dicen que la palabra “religión” quizá procede de la raíz latina religare, que significa adherir o unir. Es una derivación maravillosa. Tanto en su manifestación laica como en la religiosa, la fe es atractiva y seduce precisamente porque se basa en unas propuestas que unen o adhieren al creyente a una serie de ideas que le satisfacen en lo racional o en lo espiritual pero que siempre le obligan.

Y eso es lo que ha sucedido y sucede con el compromiso de EE UU de lograr la paz entre árabes e israelíes desde hace 40 años, y, por supuesto, desde que la guerra de octubre de 1973 diera paso al esfuerzo diplomático serio de los norteamericanos y a la expresión “proceso de paz” (acuñada con probabilidad por un brillante veterano del Departamento de Estado, Harold Saunders, que vio cómo Kissinger se apropiaba del término). Desde entonces, la estrategia de Estados Unidos se ha basado en un triángulo casi inquebrantable de hipótesis, auténticos artículos de fe. En los 90, estos principios constituían ya una especie de religión del proceso de paz, una cadena de lógica reverencial que ha obligado a prácticamente todos los presidentes a intervenir en la cuestión árabe-israelí. Barack Obama es el último converso, y todo parece indicar que se ha vuelto un creyente fanático; a los pocos días de su toma de posesión prometió “buscar activamente una paz duradera entre Israel y los palestinos y entre Israel y sus vecinos árabes”.

Como todas las religiones, el proceso de paz ha desarrollado un credo dogmático, lleno de principios inmutables. Durante los dos últimos decenios, los puse por escrito cientos de veces para mis jefes del Departamento de Estado y la Casa Blanca; eran un catecismo que todos sabíamos de memoria. Primero, la búsqueda de una paz total era la prioridad estadounidense en la región, y conseguirlo era la única forma segura de proteger los intereses norteamericanos; segundo, la paz podía lograrse, pero sólo mediante un proceso de negociación basado en el intercambio de paz por territorios; y tercero, sólo EE UU podía ayudar a los árabes y a los israelíes a hacer realidad esa paz.

Como corresponde a una doctrina religiosa, había pocos matices. Y aunque no todos se convirtieron (Ronald Reagan y George W. Bush prefirieron dedicarse a otras prioridades en la zona), las excepciones han confirmado la regla. El triángulo de hierro que empujó a Richard Nixon, Gerald Ford, Jimmy Carter, George H. W. Bush, Bill Clinton y Barack Obama a otorgar al problema árabe-israelí tal prioridad ha resultado ser una base duradera a la que se han adherido los dos partidos. Estos principios, adoptados por los sumos sacerdotes de la seguridad nacional, incluidos veteranos del Departamento de Estado como yo, analistas de los servicios de inteligencia y la mayoría de los expertos independientes en política exterior, han permanecido y prosperado incluso cuando la realidad en la que se basaban había empezado a cambiar. Qué mejor definición de “fe”.

Que Barack Obama, con el peso de dos guerras en el extranjero y la crisis económica más grave desde la Gran Depresión, hablara más, más alto y más pronto sobre el tema árabe-israelí que ninguno de sus antecesores es una prueba notable de hasta qué punto está arraigada esa fe; una fe que proclamó en público mientras presidía el anuncio del nombramiento de George Mitchell como enviado especial para Oriente Medio, en una ceremonia organizada en el Departamento de Estado dos días después de su toma de posesión.

Al principio, pareció que Obama, el presidente que simbolizaba el compromiso de Estados Unidos con el mundo, había encontrado una causa perfecta para su visión de la diplomacia, cuya importancia destacaba aún más por el abandono al que la había sometido su predecesor y el apego de árabes y musulmanes a ella. Ya antes de que estallara la guerra de Gaza, tres semanas antes de su toma de posesión, los expertos le habían bombardeado con prudentes pe-ti–ciones de que volviera a centrar la atención en el proceso de paz como forma de recuperar el prestigio y la credibilidad del país después del trauma de los años de Bush. El nuevo presidente empezó enseguida a aparecer en los medios árabes como alguien que sentía empatía hacia su situación, y eso aumentó las expectativas, al mismo tiempo que los israelíes vieron que hacía oídos cada vez más sordos a sus necesidades.

Obama se rodeó de personajes como el jefe de gabinete Rahm Emanuel y la secretaria de Estado Hillary Clinton, que creían profundamente en la religión de la paz. Designó como mediador principal a Mitchell, un hombre de auténtico prestigio y experiencia negociadora; y nombró consejero de Seguridad Nacional a James Jones, que fue enviado especial para Oriente Medio y que el año pasado hizo esta asombrosa declaración: “Si hay un problema que recomiendo al presidente que resuelva, es éste”.

Todos estos veteranos dirigentes no sólo eran creyentes, sino que tenían más motivos para fomentar una actuación más dura respecto a Israel: ya habían visto actuar antes a Benjamin Netanyahu y estaban decididos a no dejar que su oportunidad de lograr la paz en Oriente Medio acabase como en el pasado. En su primera legislatura, en los 90, el inflexible primer ministro israelí volvió loco a Bill Clinton (me contaron que tras su primer encuentro, en 1996, el presidente Clinton gruñó: “¿Pero quién coño es la superpotencia aquí?”). Ante tal perspectiva, Obama y su equipo no necesitaron ningún empujón para mostrarse duros sobre la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania, un problema que los expertos de dentro y fuera del Gobierno habían pedido a Obama que planteara como primer paso en su renovado esfuerzo de paz.

Fue una especie de convergencia mágica del líder y el momento necesarios: la cuestión árabe-israelí parecía perfecta para los objetivos transformadores y el estilo negociador de Obama. Si quería empezar a cambiar Estados Unidos, ¿por qué no intentar transformar también la compleja política de la paz? Al fin y al cabo era el presidente del diálogo, firme partidario del poder de las negociaciones.

Obama no era el único convencido, desde luego. El credo del proceso de paz ha durado tanto tiempo porque, en gran parte, era lógico y encajaba con los intereses norteamericanos. La pregunta es: ¿sigue haciéndolo? ¿Sirve para las nuevas realidades? ¿El conflicto árabe-israelí sigue siendo el tema fundamental? Y después de dos decenios de esperanzas infladas, violencia, terror y de un estancamiento sin rumbo, ¿podemos creer aún que las negociaciones darán fruto?

Por desgracia, las respuestas a estas preguntas parecen demasiado obvias. Y los primeros 15 meses de Obama como discípulo del viejo credo nos dicen por qué. En 2009, el presidente instó a israelíes, árabes y palestinos a reanudar las negociaciones, y fue rechazado por las tres partes. Después declaró a la revista Time: “Sobrevaloramos nuestra capacidad de persuasión”. En marzo de este año, tras la provocación que supuso el incomprensible anuncio del Gobierno de Netanyahu sobre las nuevas viviendas en Jerusalén Este en plena visita del vicepresidente estadounidense, Joe Biden, Obama volvió a presionar a los israelíes, con más fuerza esta vez, aunque da la impresión de que sin una estrategia clara que permitiera sacar provecho a la crisis.

Obama está decidido a no conformarse con un “no”. Recién salido de su victoria en la reforma sanitaria, vuelve a ser el rey del mundo y no quiere que el rey de Israel frustre sus planes. Ese empeño es admirable, y hace que sea todavía más necesario, ahora que se ha adherido a la fe, examinar esa vieja religión con nuevos ojos, a partir no sólo de lo que es posible sino de lo que es probable. No tenemos derecho a abandonar la esperanza, pero sí la responsabilidad de dejar, o al menos moderar, nuestras ilusiones.

No saben cuántas veces, en los últimos 20 años, he escrito memorandos a todo tipo de personajes importantes, desde mi posición de analista de inteligencia, estratega político y negociador, sobre lo fundamental que era el problema árabe-israelí y por qué mi país necesitaba arreglarlo. Mucho antes de llegar al Departamento de Estado, en 1978, mis predecesores habían presentado los mismos argumentos. Un conflicto árabe-israelí sin resolver desencadenaría una guerra ruinosa, aumentaría la influencia soviética, debilitaría a los árabes moderados, fortalecería a los radicales, pondría el peligro el acceso al petróleo de Oriente Medio y, en general, desgastaría la influencia de Washington desde Rabat hasta Karachi.

Desde los 40 hasta los 80, el poder de resonancia de la cuestión palestina en el mundo árabe le costó a EE UU prestigio e influencia. No obstante, ya entonces exageraba con el nerviosismo y las predicciones pesimistas de mis memorandos, dignos de Casandra. En una ocasión hice la advertencia siniestra –y equivocada– de que sufriríamos constantes atentados terroristas palestinos en territorio estadounidense si no avanzábamos hacia una solución. Durante esos mismos años, Estados Unidos consiguió promover sus intereses vitales en la región: contuvo a los soviéticos; reforzó lazos con Israel y algunos Estados árabes tan importantes como Egipto, Jordania y Arabia Saudí; mantuvo el acceso al petróleo árabe; e incluso acabó siendo, en los años posteriores a la guerra de octubre de 1973, el mediador fundamental en las negociaciones de paz entre árabes e israelíes.

Hoy no podría redactar esos mismos memorandos ni nada parecido con la conciencia limpia ni sin sentirme hipócrita. Aunque las opiniones de muchos expertos no han cambiado, la región se ha vuelto muchísimo más peligrosa y compleja. Y los intereses y las prioridades de EE UU también han variado. La idea de que existe una solución única o sencilla para proteger esos intereses estáequivocada. En una región tan fracturada y airada, con tantos problemas –economías estancadas y llenas de desigualdades, gobiernos recaudadores y autoritarios, una cultura popular envuelta en conspiraciones y negativas a reconocer la realidad–, resulta prácticamente imposible creer que el conflicto árabe-israelí sea la cuestión más urgente, o que, si se solucionara, se garantizaría la estabilidad en Oriente Medio.

El conflicto sin resolver entre árabes e israelíes sigue siendo un grave problema para Estados Unidos y sus aliados: alimenta la indignación contra ellos, representa un peligro de guerra y enfrentamiento que ya ha quedado patente (la guerra de Líbano en 2006, la de Gaza en 2008) y constituye una pesadilla demográfica para Israel. Pero existen otras tres cuestiones, al menos, que compiten por el primer plano y que podrían acabar siendo mucho más significativas para el destino de la influencia, el poder y la seguridad de la primera potencia mundial que la larga historia de lo que yo llamo “la tierra demasiado prometida”.

En primer lugar están las guerras de Irak y Afganistán, donde decenas de miles de norteamericanos están expuestos al peligro y van a seguir estándolo durante un tiempo. Si a eso se añade la delicada situación de Pakistán, los resultados son volatilidad, amenazas y consecuencias que van mucho más allá de Palestina. En segundo lugar, aunque la política exterior estadounidense no puede depender de la guerra contra el terror (o como se le llame ahora), los atentados del 11-S fueron un hito fundamental para un país que siempre se había sentido seguro dentro de sus fronteras. Y por último está Irán, cuyas aspiraciones nucleares son claramente una prioridad más urgente para EE UU que Palestina. Si fracasan las sanciones y la diplomacia, no se puede descartar la medida que quedaría –una acción militar–, con unas consecuencias galácticas para la región y el mundo. En cualquier caso, es difícil imaginar que Netanyahu tome grandes decisiones sobre el proceso de paz hasta que haya mucha más claridad sobre lo que, para él y para la mayoría de los israelíes, es la amenaza existencial que supone un Irán dotado de la bomba.

Como imagina seguramente Obama, progresar rápidamente en el proceso de paz árabe-israelí ayudaría a afrontar estos problemas. Pero esa vinculación no fue tan convincente cuando Bush la utilizó para sugerir que una victoria en Irak haría que el conflicto árabe-israelí fuese más fácil de resolver; tampoco es convincente ahora como estrategia de salida de Irak, como si emprender la labor diplomática entre árabes e israelíes fuera a hacer que los árabes se tragaran mejor el posible caos que quizá dejemos en Irak. Y la cuestión árabe-israelí no puede aprovecharse para movilizar a los árabes contra Irán, porque Estados Unidos nunca podría conseguir con la diplomacia lo suficiente (o lo bastante pronto) como para que surtiera efecto. Por último, que EE UU vinculara su voluntad de ayudar a los israelíes en la cuestión de Irán con la disposición de ellos a hacer concesiones respecto a Jerusalén y las fronteras no es una gran estrategia. Washington podría perder su influencia sobre el Estado judío en la cuestión iraní, con lo que aumentarían las posibilidades de que los israelíes actuasen por su cuenta.

Es de suponer que la Administración estadounidense puede hacer varias cosas a la vez, el equivalente diplomático de andar y mascar chicle al mismo tiempo. Pero además debe hacer varias cosas bien. Obama no puede tener la estrategia de querer abarcar todo sin profundizar en nada, de comprometerse a todo sin hacer una evaluación cruel e implacable de lo que es posible y lo que no. Y no puede permitirse otro fracaso basado en lo que un Clinton brillante y entregado nos dijo poco antes de que fuéramos a Camp David: “Chicos, intentarlo y fracasar es mucho mejor que no intentarlo”. Éste es un eslogan apropiado para un equipo de fútbol de instituto; no puede sustituir a una estrategia meditada en la primera potencia mundial. Obama ya se ha comprometido ante el pueblo estadounidense a poner fin a dos guerras, mantenerlo a salvo en su territorio e impedir que Irán obtenga un arma nuclear, por no hablar de los retos de una grave recesión y un déficit cada vez mayor.

Gobernar consiste en escoger, establecer prioridades, administrar la política, tener un pensamiento estratégico, elegir lo importante y buscar oportunidades que puedan explotarse, no en luchar contra molinos de viento. Y en el último tiempo, el proceso de paz entre árabes e israelíes es un molino bastante grande.

Incluso en el caso de que se argumentara que el conflicto árabe-israelí es un tema central, ¿es posible lograr la paz? Los estadounidenses somos optimistas. Nuestro idealismo, nuestro pragmatismo y nuestra fe en el individuo nos hacen creer que el mundo puede ser mejor. A diferencia de muchos países que se debaten con cuestiones de identidad política y de supervivencia física, nosotros, hoy, no vivimos en el filo de la navaja ni tenemos (pese a nuestras raíces puritanas) una oscura visión determinista de la naturaleza humana.

Eso nos hace pensar que hablar es mejor que disparar. Como Rodney King, creemos que, si la gente se sentara a hablar y exponer sus diferencias de forma racional, a hacer concesiones, sería posible encontrar la manera de dar cabida a opiniones contrarias. Al fin y al cabo, Estados Unidos es una gran tienda bajo la que muchos grupos religiosos, políticos y étnicos han logrado tener una coexistencia increíblemente amistosa. La mejor encarnación de este espíritu es quizá George Mitchell, el enviado especial de Obama que en una ocasión me dijo que los seres humanos podían resolver cualquier conflicto creado por ellos. Mitchell está auténticamente convencido de que se pueden encontrar soluciones y de que el trabajo diplomático serio es lo que hay que hacer hasta que llegue ese momento. Sin embargo, su primera incursión en la diplomacia árabe-israelí acabó con tres “noes” categóricos: el de Israel sobre una paralización de los asentamientos, el de Arabia Saudí sobre la normalización parcial y el de los palestinos sobre la vuelta a las negociaciones.

Gran parte de nuestra experiencia anterior en el difícil mundo del diálogo entre árabes e israelíes parecía confirmar la convicción de Mitchell. En el periodo entre la guerra de 1973 y la de 1991, dos secretarios de Estado republicanos (Kissinger y Baker) y un presidente demócrata (Carter) consiguieron una serie de acuerdos que establecieron la reputación de EE UU como mediador eficaz e incluso honrado y parecieron dar validez a la afirmación de que las negociaciones pueden salir bien.

Si hay alguien que representó la fe en esa afirmación fui yo. Recuerdo que di una charla en Jerusalén en otoño de 1998, después de que Clinton lograra los acuerdos de Wye River (nunca llevados a la práctica), en la que afirmé que las negociaciones entre árabes e israelíes y el camino hacia la paz eran ya irreversibles. Esa observación, uno de los grandes disparates de la década, provocó una nota de Efraim Halevy, entonces subdirector del Mossad, en la que, con razón, ponía en duda mis argumentos y –aunque era demasiado educado para decirlo– mi sensatez. Sin embargo, yo seguía teniendo fe.

La tuve durante los 90, la única década de la segunda mitad del siglo XX en la que no hubo una guerra importante entre árabes e israelíes. Al contrario, en esos años se produjeron la reunión de Madrid, los acuerdos de Oslo y el tratado de paz entre Israel y Jordania; hubo acuerdos regionales sobre temas económicos, y en el último año de Clinton, un esfuerzo histórico para negociar acuerdos de paz entre Israel, Siria y los palestinos. Pero, por diversas razones, entre ellas la negativa de los árabes, los palestinos, los israelíes y los estadounidenses a reconocer qué precio tenía que pagar cada bando para lograr esos acuerdos, el periodo terminó mal, con la búsqueda de la paz ensangrentada, maltrecha y descompuesta. Tal vez la víctima más grave fue la esperanza de que las negociaciones pudieran dar a árabes e israelíes lo que querían.

Y ésa es la situación desde entonces: más proceso que paz.

Si miramos hacia el futuro, el proceso parece mucho más difícil –y la paz más escurridiza–, por tres motivos:

En primer lugar, construir la paz entre árabes e israelíes es peligroso, desde el punto de vista político y desde el punto de vista físico. Acordémonos de los asesinatos del presidente egipcio Anuar el Sadat y el primer ministro israelí Isaac Rabín. En Camp David oí al líder palestino Yasir Arafat decir al menos tres veces: “Ustedes, los americanos, no desfilarán detrás de mi ataúd”. Los dirigentes sólo se arriesgan cuando las perspectivas de lo que tienen que sacrificar y lo que pueden ganar les obligan a hacerlo. Los líderes actuales de Oriente Medio –Netanyahu en Israel, Bashar el Asad en Siria y Mahmud Abbas en Palestina– no son suicidas. Al fin y al cabo, fue Netanyahu quien me dijo en una ocasión: “Usted vive en Chevy Chase [barrio de Washington]. No juegue con nuestro futuro”.

En segundo lugar, las grandes decisiones exigen líderes fuertes –como el rey Huseín de Jordania o el israelí Menahem Begin–, porque las cuestiones que están en juego afectan a la esencia de su identidad política y religiosa y a su supervivencia física. Por eso son necesarios dirigentes con legitimidad, autoridad y dominio de la política, capaces de hacer respetar un trato. La hornada actual está formada por personajes que son más prisioneros de sus bases que jefes de ellas: Netanyahu preside una coalición dividida y un país sin consenso sobre qué precio está dispuesto a pagar Israel por los acuerdos con los palestinos y con Siria; Abbas forma parte de un movimiento nacional palestino y comparte el control de las armas, la autoridad y la legitimidad con Hamás. Es difícil que alguno de ellos pueda tener la voluntad y la autoridad necesarias para tomar grandes decisiones.

Tercero, incluso con líderes fuertes, sigue siendo necesario un proyecto que no supere la capacidad real de cada parte. En el pasado, la diplomacia estadounidense tuvo éxito porque los acuerdos de retirada tras la guerra de 1973, el acuerdo entre Israel y Egipto y la conferencia de paz de tres días en Madrid se ajustaban a las capacidades de cada bando. Hoy, cuestiones como Jerusalén, las fronteras y los refugiados constituyen unos gigantescos retos políticos y de seguridad para árabes y para israelíes. Ya será bastante difícil conseguir un solo acuerdo. Parece todavía menos realista la perspectiva de negociar una paz amplia, firmar tres acuerdos –entre Israel y los palestinos, Israel y Siria e Israel y Líbano–, desmantelar los asentamientos en los Altos del Golán y Cisjordania y retirarse a las fronteras de junio de 1967.

En definitiva: las negociaciones pueden salir bien, pero tanto árabes como israelíes (y los dirigentes de EE UU) deben querer y poder pagar el precio. Y no quieren ni pueden.

En estas circunstancias, se oye decir en muchos rincones que Estados Unidos debe arreglar la situación. Si los árabes y los israelíes son demasiado débiles o demasiado recalcitrantes, Estados Unidos debe apoyarlos o empujarlos a cerrar el trato.

La diplomacia de la presión le ha funcionado a los gobiernos estadounidenses en otras ocasiones. De hecho, es una paradoja sorprendente que, con la excepción del tratado de paz de 1994 entre Israel y Jordania, todos los demás acuerdos logrados hayan salido no de negociaciones directas sino de una mediación de Estados Unidos. Los acuerdos de Oslo, aireados con frecuencia como un milagro producido por unas negociaciones directas entre israelíes y palestinos, fueron un fracaso espectacular. Lo único que falta ahora, dicen esas voces, es la voluntad estadounidense.

Comprendo la lógica de esta opinión, y, después de más de 20 años de frustrantes conversaciones con árabes y con israelíes, comprendo también que puede ser gratificante desde el punto de vista emocional. Pero, precisamente porque sé algo de fracasos y no quiero ver fracasar (otra vez) a Estados Unidos, este argumento no me convence. Si de verdad creyera que los estadounidenses pueden imponer y ofrecer una solución mediante una labor diplomática enérgica, me convencería más, pero no es así. Y he aquí por qué:

Propiedad: Larry Summers, principal asesor económico de Obama, lo expresó muy bien: en la historia del mundo, nadie ha lavado nunca un coche de alquiler. Sólo nos preocupa lo que es nuestro. Si los árabes y los israelíes no quieren acuerdos políticos ni paz, ni ponen suficiente esfuerzo en ellos para que tengan posibilidades de triunfar, nosotros desde luego no podemos. Oriente Medio está lleno de restos de grandes potencias que creyeron que podían imponer su voluntad a pequeñas tribus. Irak, Afganistán, Irán… No hace falta que continúe. Las tribus pequeñas siempre serán más listas, más duras y más resistentes que los diplomáticos estadounidenses, porque se trata de su hábitat y de su supervivencia; siempre se jugarán mucho más en la lucha que la gran potencia a miles de kilómetros de distancia y con muchas otras cosas que hacer. ¿Quieren ver un fracaso? Intenten obligar a los israelíes y palestinos a aceptar una solución norteamericana para Jerusalén.

La mística del negociador: Ha desaparecido, al menos por ahora. Cuando los estadounidenses conseguían cosas en la diplomacia árabe-israelí era porque los respetaban, los admiraban e incluso los temían. El poder y la influencia de EE UU eran cosas que se tomaban en serio. Hoy, gran parte de esa magia ha desaparecido: estamos desbordados, debilitados y empantanados. ¿Cómo puede la mayor potencia mundial seguir siendo el país que más dinero debe del planeta? Nuestros amigos están preocupados por nuestra fiabilidad; nuestros adversarios, incluidos Hamás, Hezbolá e Irán, creen que pueden aguantar y ser mejores estrategas. No parece que decir “no” a la superpotencia tenga un coste ni unas consecuencias muy graves. Después del infructuoso primer año de Obama y Mitchell, me inquieta que la mística del mediador que rodeaba a Kissinger y Baker y el empeño de Carter no puedan recuperarse.

Política nacional: La comunidad proisraelí en Estados Unidos tiene una voz poderosa, sobre todo a la hora de influir en los sentimientos y en las iniciativas del Congreso (en particular en la ayuda a Israel), pero no tiene poder de veto en la política exterior norteamericana. Los lobbies hacen presión; así es como se trabaja en EE UU, para bien o para mal. Los presidentes deben dirigir. Y cuando lo hacen, con una verdadera estrategia basada en los intereses nacionales, la política interna queda supeditada. Sin embargo, esta última siempre es una limitación, sobre todo cuando parece que un presidente es débil o está ocupado en otras cosas. Obama está un poco maltrecho últimamente, y su partido seguramente va a sufrir derrotas importantes en las elecciones legislativas de 2010. Si hubiera una oportunidad seria de avanzar en el proceso de paz, la aprovecharía. ¿Pero es prudente arriesgarse a fabricarla? Lo que menos necesita Obama en este momento es una lucha con los israelíes y con sus partidarios o, peor aún, un gran fracaso de política exterior.

Relaciones EE UU-Israel: Estados Unidos es el mejor amigo de Israel, y debe seguir siéndolo. Nuestra relación se apoya en unos valores esenciales comunes, y nuestra cercanía nos da armas y credibilidad para intentar construir la paz, siempre que las usemos debidamente. Ahora bien, esta relación especial, que puede ser positiva para Estados Unidos, se ha convertido en algo exclusivo y que no nos beneficia. Hemos perdido la capacidad de ser independientes de los israelíes, de ser sinceros con ellos cuando hacen cosas que no nos gustan, de imponer la responsabilidad y la transparencia y de adoptar posturas que puedan ser distintas de las suyas en una negociación. Es difícil ser un mediador creíble con esos impedimentos.

Las disputas con Israel forman parte de la realidad y del trabajo de los mediadores. Todos los presidentes y los secretarios de Estado norteamericanos que han triunfado (y algunos que no) han tenido encontronazos con Tel Aviv. (¿Recuerdan cómo emplearon Bush padre y Baker las garantías de los préstamos hipotecarios? En 1991, EE UU negó a Israel miles de millones de dólares en créditos con tipos de interés reducido por el empeño del primer ministro Isaac Shamir en construir asentamientos). Pero esas disputas deben desembocar en algo que valga la pena –como la conferencia de Madrid–, que no sólo haga quedar bien a EE UU sino que impulse las negociaciones. Es decir, necesitamos una estrategia que pueda funcionar. Si no, ¿para qué va a enfrentarse ningún presidente estadounidense a un estrecho aliado con firmes partidarios entre nuestros electores?

Y éste fue el problema de las duras palabras de Obama a Israel sobre los asentamientos. No sólo el objetivo que expuso –la paralización de los asentamientos, incluido el crecimiento natural– era imposible de alcanzar, sino que no formaba parte de una estrategia general cuyos dividendos compensaran. Enfrentarse a Israel por los asentamientos para complacer a los árabes o para sentirnos más satisfechos no sirve de nada si no tenemos forma de poder avanzar. El hecho de que Obama, el año pasado, acabara dando marcha atrás cuando Netanyahu se negó a una congelación general de las colonias explica por qué.

Ese sigue siendo el reto del presidente después del lío con Biden y las viviendas en Jerusalén Este. Es primavera de 2010, no se ve ningún avance y, sin embargo, estamos distanciados de los israelíes. Como no logremos una concesión importante, parecerá que hemos vuelto a retroceder. Y aunque el presidente consiga sacar algo a Jerusalén, las posibilidades de que se pueda avanzar mucho más en un aspecto fundamental como las fronteras quedarán muy reducidas. Salvo que el presidente pretenda deshacerse de Netanyahu (y que haya una nueva coalición), no tendrá más remedio que encontrar la forma de cooperar con él.

Así que ahora Obama se enfrenta a un dilema. Un presidente brillante y que conecta bien, con un premio Nobel, que ha adoptado el triángulo de hierro y ha convertido a Estados Unidos en el punto central de actuación y de responsabilidad sobre la cuestión árabe-israelí en un momento en el que el país quizá puede hacer menos que nunca al respecto.

Intentar compensar la falta de urgencia, voluntad y liderazgo entre los árabes y los israelíes con los de Estados Unidos ha sido siempre una tarea difícil. La dolorosa realidad es que la fe en la capacidad estadounidense de resolver este problema ha sido siempre desmesurada. Desde luego, no es casual que cada avance importante, desde el tratado entre Egipto e Israel hasta los acuerdos de Oslo, pasando por el acuerdo de paz entre Israel y Jordania, surgiera siempre como consecuencia de reuniones secretas de las que Estados Unidos fue el último en enterarse. Sólo entonces, sólo cuando las partes se habían involucrado o cuando surgía alguna crisis regional que EE UU podía aprovechar, pudimos avanzar.

Hoy, EE UU no tiene ni la oportunidad ni, francamente, el coraje de hacer cosas importantes en la construcción de la paz entre árabes e israelíes. Quizá el presidente se encuentre la fortuna de su parte. El régimen de los mulás en Teherán podría desmoronarse. Los sirios y los israelíes podrían tenderse la mano en secreto, o tal vez estalle un enfrentamiento violento que acabe con el compás de espera. Pero, si no se mueve alguna placa tectónica, va a ser difícil reproducir los buenos tiempos en los que unos líderes árabes e israelíes valientes y heroicos recorrieron el escenario de la historia, junto con los estadounidenses, para construir la paz.

Recuerdo cuando asistí al funeral de Rabin, en 1995 en Jerusalén; intenté convencerme a mí mismo de que EE UU debía y podía salvar el proceso de paz, tan dañado con su asesinato. No soy de los que piensan que estamos en un declive irrevocable. Todavía creo en el poder de la diplomacia estadounidense cuando es dura, astuta e imparcial. Pero el entusiasmo, el fervor y la pasión han dejado paso a una visión mucho más sobria de lo que es posible. Es lo que tienen los fracasos.

Los creyentes deben reexaminar su fe, sobre todo en un momento en el que Estados Unidos está en tantos sitios y tan agotado. Debemos hacer lo que podamos, como trabajar con los israelíes y los palestinos para negociar las cuestiones fundamentales del status permanente (en especial las fronteras, donde existen las menores diferencias), ayudar a los palestinos a desarrollar sus instituciones, conseguir que los israelíes ayuden permitiendo a los palestinos que respiren en lo económico y que amplíen su autoridad, mantener el orden en Gaza y, al mismo tiempo, intentar aliviar su desesperación y su sentimiento de asedio mediante la ayuda económica. Pero EE UU no debe ser sólo consciente de lo que puede hacer, sino también de lo que no puede.

Lord Alfred Tennyson, que seguramente no sabía gran cosa de Oriente Medio, lo expresó a las mil maravillas: “Vive más fe en la duda sincera, te lo aseguro, que en la mitad de los credos”. Y si eso hace que Estados Unidos tenga una visión más realista del proceso de paz árabe-israelí, quizá no sea tan malo.

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