Occidente pierde a su tirano favorito

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Toma de posesión de Hosni Mubarak como presidente de Egipto, en octubre de 1981. Foto: DPA

Florian Gathmann, Ulrike Putz y Severin Weiland, en Der Spiegel:

Al final, el rechazo de los manifestantes democráticos a rendirse selló su destino. En las calles de Egipto, el pueblo insistí­a en que Mubarak se fuera. Occidente, sin embargo, se mantuvo al lado del lí­der hasta el final, a pesar de que el déspota habí­a convertido a su paí­s en un Estado policial y habí­a saqueado su economí­a.

Eran exactamente las seis de la tarde en El Cairo cuando la decisión se hizo pública. En una breve declaración, el vicepresidente egipcio, Omar Suleiman, anunciaba que el presidente Hosni Mubarak abandonaba su cargo, debido a la “difí­cil situación” del paí­s. El poder, añadió Suleiman, serí­a transferido inicialmente al Ejército.

La renuncia supone un triunfo para la oposición. Semanas de protestas cada vez mayores habí­an ido incrementando la presión sobre Mubarak. El presidente se dirigió a la nación en tres ocasiones, y en las tres dijo que no iba a dimitir.

Mubarak, de 82 años, habí­a gobernado su paí­s durante tres décadas, pero, al final, incluso él se dio cuenta de que no podí­a hacer frente a la protesta masiva que estaba sacudiendo Egipto desde hací­a 18 dí­as. Los manifestantes simplemente se negaban a rendirse. E incluso aquellos que durante tanto tiempo habí­an permanecido a su lado -el presidente de Estados Unidos, Barak Obama; los lí­deres europeos- empezaban a abandonarle. Habí­a llegado la hora, le decí­an, de que el lí­der egipcio dejara sitio a un nuevo comienzo.

El viernes por la tarde, cientos de miles de manifestantes recibieron con júbilo el anuncio en la plaza Tahrir, epicentro del movimiento democrático, en el corazón mismo del centro de El Cairo. Después del discurso del jueves por la noche, en el que Mubarak dijo que permanecerí­a en el cargo hasta septiembre, muchos habí­an perdido la fé en que era posible seguir luchando por su exigencia más importante. Mubarak, lo habí­an estado reclamando desde el principio, tení­a que irse.

Durante 30 años, los socios occidentales de Mubarak han estado a su lado mientras el presidente gobernaba Egipto con puño de hierro. Apodado “la vaca que rí­e” antes de su ascenso al poder -un apodo que se ganó por la mueca que solí­a exhibir cuando aparecí­a junto al ex presidente Anwar al Sadat-, Mubarak, sin hacer apenas ruido, se convirtió en un poderoso lí­der tras el asesinato de su antecesor, en octubre de 1981. Transformado asimismo en un rentable aliado de Occidente, no dudó en gobernar su paí­s por la fuerza.

Su retrato está colgado en todas las oficinas oficiales del paí­s, y su persona era alabada en cada discurso. Los jóvenes egipcios, bastante más de la mitad de la población, no han conocido nunca otro lí­der. De hecho, para ellos, Mubarak representaba todo lo que funciona mal en el paí­s: pocas oportunidades económicas, poca libertad y ningún derecho para las voces crí­ticas.

Un seguro de vida polí­tico para Occidente

Pero Mubarak era valioso para Occidente. Nunca se echó atrás a la hora de mantener el tratado de paz con Israel, y desempeñó un papel esencial en Oriente Medio. Su gran influencia en el mundo árabe le hizo, además, indispensable. Presidentes de Estados Unidos, jefes de Estado de Francia, primeros ministros británicos, todos mantuvieron relaciones cercanas con el mandatario egipcio.

[…]

Las habilidades diplomáticas de Mubarak seguí­an siendo apreciadas hasta hace muy poco. En marzo de 2010 fue recibido por la canciller alemana, Angela Merkel, en Berlí­n, antes de ser operado de la vesí­cula en Heidelberg. No obstante, el Gobierno alemán continuó poniendo sobre la mesa el tema de los derechos humanos en sus conversaciones con Mubarak […]. Pero nunca se pasó de un diálogo prudente, y Berlí­n no hizo jamás verdaderas demandas de reforma.

Mubarak era visto como un baluarte en la lucha contra el Islam radical. Y el Gobierno del presidente estadounidense George W. Bush consideraba a Egipto un régimen de lí­nea dura que le resultaba muy útil en su lucha contra los sospechosos de terrorismo y quienes les apoyan. El ejemplo más espectacular de esta cooperación fue el caso del clérigo Abu Omar, secuestrado por la CIA en un lugar público de Italia y torturado después en Egipto, según se denunció. La descripción que hizo Abu Omar de su detención en Egipto da idea de los horrores que existí­an en el interior de las mazmorras del régimen.

Cómo se convirtió en un dictador

En Egipto, a Mubarak se le considera un tirano desde hace mucho. El paí­s se encontraba bajo un estado de emergencia perpetuo. Mubarak conservaba su control del poder mediante el uso de leyes antiterroristas y la celebración de elecciones obviamente amañadas. Convirtió el paí­s en un Estado policial. Se calcula que más de un millón de informantes, agentes y policí­as se encargaban de mantener la vigilancia sobre una población de 80 millones de personas. A la oposición no se le permití­a crecer, y los medios de comunicación crí­ticos con el régimen lo pasaban mal. Los disidentes polí­ticos acababan en cárceles famosas por las torturas, y mucha gente sencillamente desaparecí­a sin dejar rastro.

Los intentos de asesinato a los que Mubarak ha sobrevivido a lo largo de los años reflejan hasta qué punto era odiado el déspota. Lo más cerca que estuvo de la muerte fue en 1995, durante una vista a la capital de Etiopí­a, Addis Abeba. Mubarak se dirigí­a a una cumbre de la Organización para la Unidad Africana cuando su convoy fue atacado por islamistas egipcios. Se salvó sólo gracias al blindaje del coche (de construcción alemana) en el que viajaba.

Mubarak resistió la presión internacional para otorgar a su pueblo mayores reformas. Presionado por Washington, toleró otros candidatos aparte de él mismo en las elecciones presidenciales de 2005. Pero el régimen no se esforzó demasiado en hacer que las elecciones fuesen democráticas. Como consecuencia de una evidente manipulación, el candidato opositor Aiman Nur logró obtener tan sólo el 7% de los votos. Nur tuvo que pagar, además, un elevado precio por su candidatura. Poco después de las elecciones fue condenado a cinco años de cárcel bajo acusaciones falsas.

En cualquier caso, ha sido el declive económico egipcio lo que ha acabado alimentando la ira. En los años setenta el paí­s podí­a compararse aún con economí­as como la de Corea del Sur. Pero cuando los paí­ses asiáticos empezaron a crecer, Egipto no pudo seguirles el paso.

Un fracaso también económico

El fracaso de la economí­a planificada socialista que, como muchos otros paí­ses árabes, adoptó Egipto, es, por supuesto, una de las razones. Pero el sistema de Mubarak demostró ser también un campo abonado para la corrupción y la cleptocracia. Un reportaje publicado en el diario alemán Die Tageszeitung recoge un chiste popular en Egipto: El hijo de Mubarak, Alaa, es invitado al concesionario de Mercedes en Egipto: “Por sólo dos euros puede llevarse cun sedán de lujo, excelencia”, le dice el vendedor. El hijo del presidente saca entonces un billete de 10 euros de su bolsillo. Cuando el vendedor trata de detenerle, Alaa dice: “Me llevo cinco”.

Las reformas emprendidas con el objetivo de consolidar el presupuesto nacional beneficiaron a las clases media y alta. El sufrimiento de los pobres siguió creciendo y, con él, la rabia. Los rumores han sido la única fuente de información disponible sobre el alcance de la riqueza del dictador, pero han bastado para alimentar el odio. Se dice que la fortuna de la familia Mubarak está valorada en unos 40.000 millones de dólares, una fortuna acumulada, por ejemplo, a base de las comisiones recibidas por contratos de defensa. Los medios de comunicación árabes han informado de que el dinero está a salvo, invertido en el extranjero. Aunque hayan abandonado el poder, no parece que la familia Mubarak vaya a pasar necesidad. Los expertos, no obstante, ponen en duda estos cálculos sobre la riqueza del dictador y los califican de poco realistas.

Las relaciones de Mubarak con otros paí­ses del mundo árabe han sido problemáticas desde el principio. El tratado de paz unilateral que su predecesor, Anwar al Sadat, firmó con Israel en 1979 dañó gravemente la posición de Egipto como el mayor poder polí­tico entre las naciones árabes. Pese a ello, Mubarak optó por mantener el polémico acuerdo. Ello le aseguraba una conexión con Occidente, así­ como la ayuda económica de Estados Unidos, 1.500 millones de dólares al año, incluyendo 1.300 millones en concepto de apoyo militar. Más tarde, Mubarak logró que Egipto fuera readmitido como miembro de la Liga Árabe, lo que acabó con el aislamiento del paí­s en la región.

Aún así­, son muchos los que no han perdonado nunca a Mubarak el haber declarado que conseguir la paz entre los árabes e Israel era “su misión”. Por todo el mundo árabe, Mubarak siguió siendo visto por algunos, hasta el mismo dí­a de su renuncia, como un “sionista”, o un “lacayo de Occidente”. Los musulmanes más fieles le consideraban asimismo su enemigo, debido a la represión que los Hermanos Musulmanes sufren en Egipto.

Está aún por ver qué va a significar exactamente este traspaso de poder. ¿Mantendrá el Ejército su plan de celebrar elecciones en septiembre o incorporará antes a la oposición en el proceso de transición? El papel del vicepresidente Suleiman, pusto en el cargo hace tan sólo unos dí­as, tampoco está claro. En cualquier caso, son preguntas para los próximos dí­as. De momento, los egipcios están celebrando su revolución.


Traducción de la versión en inglés: Miguel Máiquez
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