Mano negra, mano blanca

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Ramón Lobo, en Aguas internacionales (El Paí­s):

¿Es todo fruto de la hartura de los jóvenes árabes, de la pérdida simultánea y colectiva del miedo? ¿Es Mohamed Bouazizi la mecha que prende un incendio global televisado por Al Jazeera, una cadena con auctóritas en la calle musulmana? Fidel Castro es de los que ven una mano negra, es decir, estadounidense, detrás de las revueltas y sostiene que EE UU se dispone a invadir Libia para defender sus intereses petroleros. Los amantes de las teorí­as conspirativas han encontrado en estos acontecimientos un filón. Los hay que apuntan a un plan judí­o-norteamericano cuyo objetivo final es Irán.

La realidad es casi siempre menos sofisticada.

La anterior Administración, la de W. Bush, se sacó de la manga una mano negra bien larga y guerrera para expulsar del poder a un dictador infiel, Sadam Husein. El precio fue alto en vidas civiles en destrucción de un Estado. Aunque uno de los argumentos para defender la guerra era la democratización en cascada de Oriente Próximo no hay, de momento, un solo dato que pueda avalar este resultado. ¿Es Irak una democracia? Casi ocho años después de la invasión, el paí­s resultante tras pasar una guerra civil entre chií­es y suní­es con miles de muertos está más cerca de los intereses estratégicos de Irán que los de Washington.

No parece que los extraordinarios acontecimientos que estamos viviendo tengan que ver con aquella invasión. Están sucediendo a pesar de la invasión.

El ascenso de Gobiernos más o menos democráticos en el mundo árabe perjudica a Europa y EE UU, que llevan “20 años sesteando sobre el estatus quo”, según declara a Aguas Internacionales un experto que pide no ser identificado.

Las revoluciones ocurren, sorprenden a los que no escuchan a la calle, a los que hacen polí­tica, análisis, negocios o periodismo desde el mundo oficial. Dice Javier Martí­n, periodista de la agencia Efe, que es necesario mancharse los zapatos de polvo para entender lo que sucede en el mundo. Pocos occidentales tení­an los zapatos manchados de polvo antes de este estallido social.

La bola continua rodando por el mundo árabe e islamí­co: mañana están convocadas manifestaciones en Sudán, el viernes en los territorios palestinos, aunque organizado desde arriba. Y el 11 de marzo en Arabia Saudí­.

Hace 10 dí­as cualquiera hubiera dicho: ‘En Libia es imposible que se repita lo ocurrido en Egipto’. Ha pasado. Ahora todo es posible. Todo está en discusión. Nadie está a salvo.

El rey de Arabia Saudí­, Abdullah bin Abdul Aziz, de 87 años, ha regresado a palacio después de tres meses de ausencia por razones médicas. Son solo tres meses pero parecen años. Aterriza en un Oriente Próximo cambiado, desconocido, revuelto; y más que va a cambiar, sin los dictadores Ben Ali y Hosni Mubarak en sus tronos de Túnez y Egipto, y con decenas de miles de manifestantes y alzados en las calles de Libia, Yemen, Bahréin, Argelia, Marruecos…

El rey Abdullah ha adoptado nada más llegar unas serie de medidas que podrí­amos llamar defensivas, para adelantarse a los acontecimientos: 15% de aumento del salario de los funcionarios (imita a las alzas preventivas aprobadas en Siria y Jordania), incremento del salario mí­nimo a 10.000 riales (unos 2.700 dólares), ayudas para los parados y estudiantes valoradas en 35.000 millones de dólares y cancelación de penas de cárcel para los morosos. Arabia Saudí­, que es el principal exportador del mundo de petróleo, tiene un serio problema de inflación. El rey se sienta sobre 400.000 millones de dólares, que es la valoración de su negocio petrolero. Occidente es su cliente.

Quizá las maniobras salariales lleguen tarde: ya corre por Facebook la convocatoria de un Dí­a de la Ira el 11 de marzo.

El prí­ncipe heredero, Sultan Ibn Abdul Aziz Al Saud, cerca de 82 años y enfermo de cáncer, es la alternativa continuista. Le sigue el prí­ncipe Nayef bin Abdul-Aziz Al Saud, de 78. Los analistas tienen la mirada puesta en el hijo de este, Mohamed bin Nayef, de algo mas de 50 años, jefe de los servicios de contraterrorismo, amigo de EEUU y supuestamente algo más abierto.

Arabia Saudí­ tiene el 25% de las reservas de crudo mundiales.

Hoy se han reunido en Ryad el rey Abdullah y el rey de Bahréin, Hamad bin Isa al Khalifa, que busca socorro para salir del laberinto. El suyo es un laberinto chií­, que salpica a su vecino. La mayorí­a de los habitantes de la región saudí­ de Jutba, rica en petróleo, son chií­es.

No sé si hay una mano negra norteamericana o iraní­, pero se han liberado de sus ataduras unas fuerzas que van a cambiar el mapa del Oriente Próximo durante generaciones. Y mientras, la UE, el poder colonial colegiado que se presenta bajo otras siglas, anda preocupada por el precio del petróleo y por las oleadas de refugiados. Como campaña de imagen para encontrar nuevos amigos, y socios, posdictaduras es impagable.

Europa está ausente, EE UU, desconcertada, e Israel no mueve un músculo. De todos los actores, Israel es el único que sabe cuáles son las reglas del póker.

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