Los peligros de una intervención militar en Libia

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Alain Gresh, en Nouvelles d’Orient:

Las informaciones provenientes de Libia son contradictorias, parciales y, en ocasiones, sin confirmar. En cualquier caso, no hay ninguna duda de la brutalidad del régimen, y de que el número de muertos es muy alto: centenares, según las organizaciones no gubernamentales, probablemente más si se tiene en cuenta la violencia utilizada por las milicias del régimen. Si bien el este del paí­s, con las ciudades de Bengasi y Tubruk, ha caí­do en manos de los insurgentes, lo que ha permitido la entrada en Libia de periodistas extranjeros, la parte oeste, y especialmente Trí­poli, continúa siendo inaccesible. Aparentemente, Gadafi ha recuperado el control de la capital, y parece conservar el apoyo de las tribus de la región. […]. Por otro lado, se está apoyando en mercenarios del África subsahariana, lo que podrí­a contribuir a aumentar el racismo contra los negros que viven en el paí­s

El carácter errático y dictatorial del coronel Muammar al Gadafi quedó confirmado en su iluminado discurso del pasado dí­a 22. El lí­der libio recordó las conquistas conseguidas durante su mandato, y, en particular, la retirada de las bases británicas y estadounidenses y la nacionalización del petróleo, unas conquistas que le valieron, al principio, una popularidad indiscutible y una condena occidental igual de masiva. Pero en su discurso se prodigó también en declaraciones amenazadoras e incoherentes, afirmando que no podí­a dimitir puesto que no ocupa ningún cargo oficial, que lucharí­a hasta la última gota de su sangre, que el paí­s se dirigí­a hacia la guerra civil, etc.

La justificada indignación que ha producido contrasta con el silencio que prevalecí­a cuando el régimen, a principios de la pasada década, masacraba sin piedad a los islamistas al tiempo que ensayaba una reconciliación con Occidente. La detención y la tortura de los militantes islamistas en Libia (como en Egipto o en Túnez) no parecí­a indignar a los bien pensantes.

En cualquier caso, los llamamientos a una intervención militar se han multiplicado.

Marc Lynch, en su blog de Foreign Policy, no tiene dudas, tal y como indica en el tí­tulo de su entrada: Intervening in the Libyan tragedy (21 de febrero de 2011):

La comparación debe hacerse con Bosnia o Kosovo, o incluso con Ruanda: el mundo se enfrenta al reto de actuar ante una masacre que se está televisando en directo. Ha llegado el momento de que los Estados Unidos, la OTAN, la ONU y la Liga Árabe actúen con fuerza para tratar de frenar una situación ya sangrante, antes de que degenere en algo peor aún.

Resulta un poco difí­cil entender estas comparaciones. En Ruanda nos encontrábamos ante un genocidio que causó centenares de miles de muertos. Y en Kosovo no está claro que la intervención militar fuese un éxito.

Marc Lynch continúa:

Y me refiero a una respuesta lo suficientemente enérgica y directa como para impedir al régimen libio utilizar sus recursos militares para masacrar a sus adversarios. He visto informes en los que la OTAN advierte severamente a Libia sobre las consecuencias de usar la violencia contra su propio pueblo. Una forma de hacer creí­bles estas advertencias serí­a la imposición de una zona de exclusión aérea sobre Libia, a cargo, por supuesto, de la OTAN, que impidiera utilizar aviones militares contra los manifestantes.

Este punto de vista contrasta radicalmente con el de Justin Raimondo, en el sitio web Antiwar.com: Interventionists Target Libya (23 de febrero):

El fantasma de una intervención estadounidense es justo lo que desea Gadafi, algo que jugarí­a en su favor. Como suele suceder, cuando EE UU interviene militarmente el efecto es justo lo contrario de lo que se pretendí­a. […] ¿Realmente piensa el profesor Lynch que una “intervención enérgica” no reforzarí­a la posición de Gadafi? Gadafi sabe muy bien cómo manejar las pasiones y los prejuicios de su pueblo, y su estrategia es, obviamente, dividir el paí­s en base a grupos generacionales. […]

Una intervención occidental reforzarí­a a Gadafi y le evitarí­a, probablemente, su merecido final. Además, darí­a munición a la corriente islamista marginal que simpatiza con Al Qaeda. […] Mirad, dirí­a Gadafi, los extranjeros vienen a controlar el paí­s. Mirad, dirí­an los islamistas, los cristianos vienen a robaros vuestra revolución.

Las imágenes que recibimos de Libia son terribles, pero ¿pidió alguien una intervención militar occidental cuando los aviones israelí­es bombardeaban Gaza durante la operación Plomo fundido, o durante los bombardeos de la OTAN sobre Afganistán, o de EE UU sobre Irak? […]

El caso iraquí­ está ahí­ para incitarnos a la prudencia. La dictadura de Sadam Husein era una de las más brutales de Oriente Medio, y habí­a sido también aliada de Estados Unidos cuando el régimen de Bagdad mantení­a una guerra de agresión contra Irán. Pero al invadir Kuwait todo esto cambió y se convirtió en un paria. ¿Puede alguien pensar que, ocho años después, la intervención militar estadounidense en Irak ha sido un éxito? Las manifestaciones, tanto en el Kurdistán iraquí­ (que se presenta como un modelo de democracia) como en el resto del paí­s, han sido brutalmente reprimidas, aunque los medios de comunicación no hayan hablado apenas de ello.

¿Qué puede hacerse entonces?

Lo primero, aceptar el hecho de que, salvo en el caso de genocidios como el de Ruanda, una intervención militar bajo los auspicios de la ONU no es siempre la mejor solución. Sobre todo cuando lo más probable es que fuese delegada en la OTAN, cuyo papel en Afganistán no ha sido precisamente positivo. Los movimientos en Túnez y Egipto han tenido éxito sin una intervención militar exterior.

También deberí­amos alegrarnos de la posición de la Liga Árabe, que, por primera vez, ha suspendido a un Estado miembro […]. Esta postura, como la de la Union Africana y la de la Organización de la Conferencia Islámica, deberí­a agrandar las fisuras en el régimen libio, especialmente en el ejército y entre los diplomáticos, muchos de los cuales han abandonado ya a Gadafi. En cualquier caso, estos organismos tienen más peso que los gobiernos europeos y estadounidense, sospechosos, no sin razón, de albergar motivos ocultos, a la vista de las buenas relaciones que han mantenido con el régimen de Gadafi en los últimos años.

Por otra parte, los Estados de la Unión Europea pueden sacar algunas lecciones para el futuro. Si no les es posible basar toda su polí­tica exterior en el respeto a los derechos humanos, y si les resulta imposible e incluso no deseable, romper relaciones con cualquier régimen que los viole (con Israel, por ejemplo), sí­ que deberí­an al menos ser capaces de adoptar polí­ticas más equilibradas entre sus intereses y sus principios, más aún cuando muchos proyectos extravagantes han resultado ser puros espejismos (leer Los peligros de comerciar con Gadafi, en Le Monde, 24 de febrero).

A lo largo de los últimos años, los paí­ses europeos, entre ellos, Francia, han armado al ejército libio, le han aconsejado y le han dado asimismo los medios para combatir a su propia población […].

El apoyo de la Unión Europea, y especialmente de Italia, al régimen del coronel Gadafi se basó en un chantaje: El poder de Libia para frenar el flujo de inmigrantes africanos hacia el Viejo Continente. Esta obsesión migratoria ha llevado a Bruselas a prestar ayuda a regí­menes poco preocupados por lso derechos humanos para que se hagan cargo ellos mismos de los inmigrantes, en condiciones a menudo terribles. Es necesario defender la fortaleza europea a cualquier precio, y, desde esta perspectiva, Gadafi resultaba un aliado al que, especialmente para Silvio Berlusconi, habrí­a sido una pena dejar de lado.

En su polí­tica de cooperación con todos los paí­ses del Mediterráneo, la Unión Europea hace prevalecer los principios del libre cambio sobre el desarrollo, multiplicando informes elogiosos sobre Túnez o Egipto. ¿No ha llegado la hora, como señala George Corm, de dar prioridad a otros conceptos? (Cuando la ‘calle árabe’ supone un modelo para el Norte, Le Monde, 11 de febrero de 2011).

Es una pena que las preocupaciones esenciales de los europeos en lo que respecta a los acontecimientos de Libia tengan que ver, sobre todo, con las exportaciones de petróleo y el miedo de ver llegar oleadas de inmigrantes. Esta actitud no hacer presagiar nada bueno. […]


Traducción del francés: Miguel Máiquez

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