Ni una oportunidad al pacifismo en Libia

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¿Era la intervención armada la única manera posible de detener la brutal represión de Gadafi contra su propio pueblo? Muchos piensan que sí, y la ONU ha dado su bendición. Otros, sin embargo, mantienen firme su apuesta por la no violencia como único modo efectivo y moralmente válido de resolver conflictos. Es el caso del británico Symon Hill, tal y como explica él mismo en el siguiente artículo, publicado hoy en The Guardian, y traducido al castellano para este blog.

Millones de personas por todo el norte de África y Oriente Medio han demostrado en estos últimos meses el poder de la no violencia. Pero ni los políticos británicos ni los expertos parecen haber aprendido la lección, y se han ido sumando uno tras otro al apoyo a los bombardeos sobre Libia […]. A pesar de todas las evidencias, se vuelve a dar por cierta la antigua suposición de que la violencia funciona.

La no violencia ha sido una de las principales características de la gran mayoría de los activistas que han luchado contra la tiranía en Túnez, Egipto y otros lugares. Comprensiblemente, el pueblo libio ha tenido que recurrir a la violencia en su desesperación, pero su caso ha sido la excepción.

Como pacifista, estoy acostumbrado a que me tachen de ingenuo, de cínico y de antipatriota. La mayoría de los medios de comunicación apenas han dedicado espacio a los que se oponen a los bombardeos. La ausencia de un debate real alcanzó el absurdo cuando a los diputados [británicos] se les permitió votar sobre el ataque… una vez que ya había comenzado.

El ambiente era similar en 2001, cuando bombardear Afganistán se nos presentaba como la única posibilidad de capturar a Osama Bin Laden y de prevenir nuevos ataques terroristas. Como entonces, también ahora, a los que se atreven a cuestionar estos argumentos se les dice: “No podemos quedarnos de brazos cruzados”. Es la vieja trampa de los belicistas, pretender que sólo existen dos opciones: la violencia o la pasividad. Pero el pacifismo no es pasivo. Ser pacifista es plantarle cara a los valores dominantes de nuestra sociedad, y esto no es posible hacerlo desde la pasividad.

De hecho, no hay nada más ingenuo que creer que la violencia es siempre la respuesta adecuada. Por supuesto, algunos movimientos no violentos han sido más efectivos que otros. Pero, mientras que los muchos éxitos de la no violencia suelen olvidarse, la guerra se aplaude y se escribe en los libros de Historia. Y los partidarios de la guerra rara vez mencionan los repetidos fracasos de la violencia a la hora de conseguir sus supuestos objetivos, ya sea a largo o a corto plazo.

Tal como indicó el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Guido Westerwelle, “la alternativa a la opción militar no es, ni mucho menos, quedarse sin hacer nada”. Las sugerencias que apuntó incluyen la asistencia financiera a los movimientos anti-Gadafi, compartir con ellos la información de nuestros servicios de inteligencia, trabajar con los vecinos de Libia para intentar frenar el flujo de mercenarios extranjeros hacia las fuerzas del dictador, y todo tipo de medidas de presión, políticas y económicas.

Esto no quiere decir que todas estas opciones sean efectivas. Pero los ministros, utilizando funcionarios civiles y militares, han preferido planear una campaña de bombardeos antes que tratar de determinar, mediante una investigación rigurosa, cuál de ellas podría funcionar.

Resulta esencial que el debate sobre la guerra no sea silenciado jamás, ni por los políticos ni por los medios de comunicación. No es ingenuo preguntar por qué nuestros ministros -conservadores, laboristas y liberal-demócratas- han estado denunciando a algunos dictadores mientras armaban a otros. No es cínico preguntar por qué hay dinero para la guerra y no -al parecer- para las universidades y los servicios sociales. Y no es antipatriótico sugerir que un civil al que mata una bomba británica es tan víctima de la injustica como lo es uno asesinado por Gadafi.


Traducción del inglés: Miguel Máiquez
Más información:
» Reflexiones sobre el ataque a Libia
» La ONU da a esperanza a las revueltas árabes

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