Inmigrantes, el triste reverso de la opulencia del Golfo

Migrant worker in the construction business of Bahrain
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Cientos de trabajadores de una empresa contratista de Bahréin hicieron huelga este jueves en protesta por la muerte de un compañero, que falleció tres semanas después de ser despedido. El personal de la compañía Bahrain Motors en Hafeera se negó a ir a trabajar, en un gesto que, aunque pueda parecer anecdótico, pone de manifiesto la difícil situación en que viven cientos de miles de inmigrantes en el Golfo Pérsico. Son la otra cara de una de las regiones más opulentas del mundo, en algunos de cuyos países los inmigrantes, a menudo mal pagados y con pocos derechos, llegan a constituir hasta el 80 por ciento de la población.

Bihari Lal, procedente del Punjab (India), tenía 43 años, era vigilante en las instalaciones de la compañía y ganaba 65 dinares al mes (unos 153 euros). Según informa el diario bahreiní Gulf Daily News, fue despedido al descubrirse que había desaparecido una bomba de agua. Sus compañeros aseguran que el trabajador sufrió entonces una profunda depresión al verse incapaz de seguir manteniendo a su esposa y a sus hijos, y que finalmente murió de un ataque al corazón. En la protesta participaron más de 300 trabajadores, la mayoría compatriotas del fallecido.

“Se sentaba en el campo y se pasaba las horas llorando y hablando de su familia”, dijo al mencionado diario uno de los colegas de Lal. “Fue varias veces a las oficinas [de la empresa] para reclamar sus derechos, pero siempre le decían que volviese al día siguiente”, añadió.

Otro compañero dijo al diario que “técnicamente fue una muerte natural, un infarto de miocardio, pero la realidad es que el hombre estaba gravemente deprimido y bajo mucho estrés. No dejaba de hablar de su familia, y de que sus hijos iban a tener que dejar de ir a la escuela porque no podría seguir pagándola. Le dolía tener que volverse a casa sin un centavo”.

El trabajo de Bihari Lal, de cuyos envíos de dinero dependían su esposa, sus tres hijos y su madre, consistía en patrullar varios kilómetros durante la noche para asegurarse de que las instalaciones estaban en orden. Según sus compañeros, cuando se descubrió la falta de la bomba de agua, Lal ni siquiera se había enterado: “En esta zona son frecuentes los robos; es imposible que una persona pueda cuidar de todo durante toda la noche”.

Los inmigrantes son el gran colectivo ignorado de Oriente Medio, pese a constituir una parte esencial en el funcionamiento de las economías de la región, especialmente las del Golfo. Algunos son trabajadores altamente cualificados, técnicos o empresarios de éxito, pero la inmensa mayoría son obreros manuales, mujeres empleadas en el servicio doméstico o en limpieza de oficinas, chóferes, trabajadores de la construcción, barrenderos, jardineros… La situación de miseria en sus lugares de origen les ha empujado a tratar de ganarse la vida al calor de la riqueza petrolera del Golfo, donde, a pesar de la crisis económica global, sigue habiendo una  gran oferta de empleo. Las divisas que estos inmigrantes envían a sus familias suponen una parte fundamental del producto interior bruto de sus países de origen. Según informa el portal migranrights.org, en Filipinas, por ejemplo, estas divisas constituyen el 11% del PIB, y en Nepal, el 17%. El problema es que, en muchos casos, estos trabajadores son explotados, carecen de derechos básicos y su labor es subestimada sistemáticamente. Las organizaciones de derechos humanos hablan de “esclavitud moderna”.

Hasta la crisis de 1973, la mayoría de los inmigrantes en la zona procedían de países árabes como Yemen, Egipto, los territorios palestinos, Sudán, Jordania o Líbano, pero según fueron adquiriendo más poder económico, y especialmente tras las dos guerras del Golfo, las dinastías reales de países como Kuwait, Arabia Saudí, Bahréin, Catar o los Emiratos Árabes Unidos fueron restringiendo la inmigración de estas comunidades y favoreciendo la de otros países no árabes y no musulmanes.

La mayoría de los inmigrantes del Sur de Asia (indios, paquistaníes, bangladeshíes, nepalíes y afganos) que trabajan en el Golfo lo hacen en el sector de la construcción, donde dan respuesta a la enorme demanda de mano de obra barata que ha supuesto el vertiginoso aumento de las obras de infraestructura e inmobiliarias en la región (los increíbles rascacielos de Dubai o la isla artificial con forma de palmera en los Emiratos no se han construido solos). Del trabajo doméstico para las familias locales se encargan decenas de miles de mujeres llegadas de países como Sri Lanka, India, Filipinas, Etiopía o Indonesia, y muchas realizan también trabajos mal pagados como limpiadoras en fábricas y oficinas. En Arabia Saudí, la mayoría de los inmigrantes son empleados como conductores, ya que las mujeres tienen prohibido conducir.

Migranrights.org, una web dedicada a informar sobre los abusos a los inmigrantes en Oriente Medio, explica así la situación a la que se enfrentan estos trabajadores:

Emigrar el Golfo es una empresa arriesgada. Al llegar, a muchos trabajadores de la construcción y empleadas domésticas los empleadores les confiscan el pasaporte para “guardárselo de una forma segura”. Los obreros de la construcción viven a menudo en condiciones de masificación y falta de higiene. Agentes corruptos de contratación se quedan con parte de su salario, y frecuentemente se ven obligados a trabajar bajo temperaturas extremas o sin la seguridad adecuada. No es casual que una de las causas más comunes de muerte entre jóvenes que están perfectamente sanos sea, aparte de los accidentes laborales, un ataque al corazón. Por otra parte, muchas mujeres empleadas en el servicio doméstico están mal pagadas y trabajan excesivas horas, sin derecho a días libres. Algunas son golpeadas por sus empleados y, en casos extremos, violadas.

Con la excepción de Bahréin, todos los países del Golfo tienen un sistema de permisos laborales mediante patrocinio conocido como “kafala”, según el cual, el derecho de un extranjero a trabajar y residir en el país depende de que sea patrocinado por su empleador. Los inmigrantes no pueden cambiar de trabajo y se enfrentan a ser deportados si intentan dejar la empresa que les contrató. Esta normativa tiene consecuencias especialmente duras para las mujeres que trabajan en el servicio doméstico, obligadas por ley a vivir con sus empleadores, y que no tienen modo de escapar de situaciones de abuso.

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