Ni dictadores ni islamistas: una tercera ví­a

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Khaled Hroub, profesor de la Universidad de Cambridge, en Open Democracy:

Los regí­menes autoritarios árabes están siendo sacudidos de raí­z o se encuentran en plena caí­da. Y lo mismo está ocurriendo con muchas de las falacias existentes sobre los árabes en sí­. Durante décadas, estos regí­menes han utilizado la amenaza del islamismo fundamentalista para manipular a sus ‘aliados’ occidentales: o nos apoyáis, o estos extremistas os van a montar otro Irán antes de que os déis cuenta. Y Occidente, temeroso, decidió optar por lo malo conocido.

La calle árabe, sus durante tanto tiempo marginados ciudadanos, ha demostrado la falsedad de este argumento. Y lo ha hecho, además, de un modo que ha sorprendido a casi todo el mundo, empezando por los propios islamistas.

Los millones de tunecinos, egipcios y otros que han irrumpido en el centro mismo de la vida polí­tica de sus paí­ses han enviado seis mensajes muy claros:

El primer mensaje, el más general, es que los pueblos árabes se han cansado de aguantar tanto a sus dictadores como a los que les han promovido. Han hecho falta varias décadas para llegar a este punto, pero al fin se ha alcanzado.

Los paí­ses árabes de la era postcolonial tienen una media de 60 años de vida. Durante la mayor parte de este periodo, las élites gobernantes han dispuesto de tiempo y espacio para construir una nación y edificar un estado. Durante los años que siguieron a la independencia, la abrumadora tarea fue conseguir que las nuevas entidades territoriales encajasen con las antiguas entidades locales, dentro de las fronteras coloniales heredadas, y disolviendo, de paso, el sentimiento panárabe que pudiera estar incrustado entre la población. Los gobernantes argumentaron entonces que estas necesidades estratégicas justificaban el dar prioridad al desarrollo por encima de la democracia. Algunos invocaban incluso la débil noción de “especificidad cultural” para afirmar que la democracia es un sistema poco apropiado para los árabes. El resultado fue un modelo basado en la seguridad y en el control autoritario.

Además, la guerra con Israel fue utilizada como excusa para denostar la apertura polí­tica y la democratización, al ser tachadas ambas de distracciones de la principal causa árabe. Al final, tanto esta causa como el otro gran objetivo, el desarrollo, han fracasado. En lugar de lograr progreso y victorias, la mayorí­a de los estados árabes, tanto monarquí­as como repúblicas, se transformaron en corruptos negocios familiares, en torno a los cuales surgieron oportunistas camarillas, bajo la protección, todos ellos, de draconianos aparatos de seguridad respaldados por un indiferente Occidente. La corrupción y la ineficacia afectaron a todos los aspectos de la vida social, polí­tica y económica.

Todo esto tení­a que terminar, y lo ha hecho ahora, gracias a la revuelta de un pueblo que no está dispuesto a seguir siendo humillado. El pueblo ha dado por concluido el tiempo otorgado a sus gobernantes para crear sistemas polí­ticos y económicos viables.

El segundo mensaje de las revueltas desacredita la creencia común de que la única alternativa concebible a la dictadura es un régimen islamista. Aún estamos en los primeros dí­as, pero existen ya suficientes evidencias de que este impulso va encaminado hacia una tercera ví­a, más allá de esa cerrada dualidad. Tanto en Túnez como en Egipto, la fuerza dominante de la revolución es una nueva generación de jóvenes educados, cuyas valientes acciones han tocado la fibra de todos los estratos de la sociedad, dejando atrás a los tradicionales (e ineficaces) partidos de la oposición.

Su éxito a la hora de movilizar a tantos miembros de la “mayorí­a silenciosa” demuestra que millones de árabes están hartos tanto del status quo como de cualquier alternativa de futuro basada en la religión. Ciertamente, los islamistas tienen una gran influencia en el mundo árabe, incluidos estos dos paí­ses. Pero son sólo una parte del escenario polí­tico, y, de momento, se están decantando más por compartir el poder que por controlarlo.

El tercer mensaje es que el cambio que anuncian estas revoluciones no es fruto del trabajo de una élite, o de un grupo promovido por un golpe de Estado o una intervención extranjera. Al contrario, este cambio está inspirado por el pueblo, y lo está realizando el pueblo. Y el hecho de que la paternidad del cambio pertenezca sólo al pueblo permite tener confianza en que el destino de los árabes está, al fin, en sus propias manos. La nueva era estará definida por el poder del pueblo, y no por una junta revolucionaria o por un monarca custodio actuando en nombre del pueblo.

El cuarto mensaje es que esta protesta generalizada tiene un carácter fundamentalmente polí­tico. Las exigencias de trabajo y de mejores condiciones de vida pueden haber sido el catalizador, y son importantes en sí­ mismas, pero las aspiraciones polí­ticas se han colocado pronto a la cabeza de las demandas. En Túnez, el eslogan dominante de la “Revolución de los Jazmines” era: “Viviremos sólo con pan y agua, pero sin Ben Ali”. En Egipto, el eslogan “El pueblo quiere cambiar el régimen” expresa la misma idea. La gente no se está escondiendo detrás de peticiones modestas y a corto plazo; lo que quieren es cambiar el sistema polí­tico en su conjunto. Se trata de un cambio espectacular y sin concesiones.

El quinto mensaje, que necesita ser comprendido por las clases gobernantes y por quienes las apoyan desde fuera, es que la (superficial) estabilidad basada en una seguridad armada ya no es una opción. Este modelo puede haber aguantado durante mucho tiempo, pero los acontecimientos actuales han demostrado que, al final, acaba haciendo aguas. La miope estrategia de Occidente consistente en comprar estabilidad a costa de cerrar los ojos ante la represión sólo revela la falsedad de sus valores democráticos.

Por último, el sexto mensaje es que la tradicionalmente mano libre de los regí­menes autoritarios (incluidos los árabes) está empezando a sufrir parálisis en un mundo interconectado por la cobertura informativa que, más allá de las fronteras, ofrecen los medios por satélite y las redes sociales. La ola de protesta que recorre los paí­ses árabes (como en Túnez y Egipto) crece primero de manera organizada en redes sociales como Facebook y Twitter, se hace visible después en las calles, y es recogida y transmitida a continuación por las televisiones por satélite e internacionales.

El resultado es que el trabajo de los servicios de seguridad del Estado y de inteligencia, e incluso el de los militares, se vuelve mucho más difí­cil. Estas instituciones no poseen ni la habilidad ni las herramientas para hacer frente a “movimientos electrónicos de resistencia civil”. Frente a una determinación sin armas pero masiva, y bajo la atenta vigilancia del resto del mundo, estos aparatos de seguridad y los regí­menes a los que protegen han sido desenmascarados como tigres de papel.


Traducción del inglés: Miguel Máiquez

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