Noche en Tahrir: de la protesta a la poesí­a

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Manifestantes ven un programa de televisión en la plaza Tahrir de El Cairo. Foto: Ed Ou / The New York Times

Manifestantes ven un programa de televisión en la plaza Tahrir de El Cairo. Foto: Ed Ou / The New York Times

Anthony Shadid, en The New York Times:

Minutos antes de la medianoche del domingo, al tiempo que una inesperada lluvia lava las sonmolientas calles de El Cairo, Ahmed Abdel-Moneim camina con unos amigos cruzando el puente que se ha convertido en el pasaje hacia la capital paralela de la Plaza Tahrir, un lugar que es ya, también, una idea. “Mi vista va mucho más lejos de lo que alcanzan mis ojos”, dice.

La revolución egipcia es como una carrera de ultimatums -caos y revolución, libertad y sumisión-, pero el ruedo de la Plaza Tahrir es más tranquilo por las noches. La cacofoní­a de la rebelión da paso a un rato para la poesí­a, las representaciones y la polí­tica.

Ya sea en la cantina donde se preparan bocadillos de queso, entre los voluntarios que llevan té a los guardias de las barricadas, en las farmacias atiborradas de Betadine o entre los artistas que han traí­do su estética hasta el asfalto, otro Cairo, el suyo propio, comienza cuando la ciudad duerme. El cansancio es ya agotamiento, pero nadie quiere rendirse en un momento que se siente lleno del idealismo del desafí­o.
“Aquí­ todo el mundo está despierto”, dice Abdel-Moneim, mientras pasa por un control del ejército donde un soldado acaba de orinar sobre su propio tanque. “Es posible que esté exhausto, pero sé que al llegar la mañana puedo respirar el aire de la libertad. Lo que he visto aquí­ no lo he visto nunca antes en toda mi vida”. O, como reza un graffiti en un tanque, “la revolución se hace en Tahrir, no durmiendo en la cama”.

En un dí­a como otro cualquiera, la ciudad más grande del mundo árabe se tambaleó, y a sus 18 millones de habitantes se les unió otro millón en el campo.

El sonido en stacatto de los cláxones marca la cadencia de una hora punta que se prolonga durante todo el dí­a. Tan sólo le supera el estruendo que produce una de las ciudades más pobladas del planeta. El asalto a los sentidos que supone esta ciudad hace tiempo que ha hecho nacer un sentimiento de nostalgia, como los brillos de esa urbe más antigua y más extraña que capturan las pelí­culas egipcias en blanco y negro.

Tahrir es un anhelo, algo nuevo.

A medida que la noche se va desplegando, los vendedores deambulan por calles tranquilas, entre parejas cogidas de la mano y hombres que aún llevan vendas tras su lucha contra los manifestantes progubernamentales que trataron de tomar la plaza. “¡Té a una libra!”, grita uno de ellos. Los voluntarios ofrecen barras de pan: “¡Cómetela, hombre!”, grita Ahmed Khater cuando se la rechazan con un gesto educado. “Coge al menos una, hemos venido aquí­ por ti”.

Calle abajo, la gente se sienta en el pavimento mojado para escuchar el recital de poesí­a coloquial de un hombre en una silla de ruedas, los discursos de un pendenciero envuelto en la bandera egipcia y los eslóganes de Mohammed Mahmoud, un chico de 16 años con una especial habilidad para las palabras: “Dios reina sobre la crisis, y ese tí­o tiene la mente de un zapato”, dice bajo una fina lluvia, refiriéndose al presidente Hosni Mubarak (la frase rima en árabe). “Oh, Mubarak, cobarde, somos la gente de la plaza”, dice otro (también rima). Le sigue un dicurso que termina así­: “Al fin, la decisión está en nuestras manos”.

“Cuando nos deshagamos de él limpiaremos la plaza; este lugar tendrá un gran valor para nosotros”, afirma Azza Kalil, una oncóloga que ha estado trabajando las 24 horas en una farmacia montada cerca de la lí­nea de tanques. “Será el símbolo de la construcción de algo nuevo”.

Azza camina entre cajas y cajas de vendas, pomadas, desinfectantes, inhaladores, soluciones intravenosas e incluso insulina -lo que ella llama una “casi farmacia”-, todo ello procedente de donaciones y organizado por su compañera (una mujer con velo), el doctor Khalil (un musulmán laico) y un joven cristiano.

Los hombres que se están curando las heridas tras los enfrentamientos duermen en una especie de cobertizos situados junto a las tiendas que solí­an usar las mujeres. En dos dí­as, el doctor Khalil se ha ausentado tan sólo unas pocas horas. “Algunos se van, pero vuelven enseguida porque la cosa ahí­ fuera está muy fea”, dice Azza.

Los manifestantes han bautizado estos dí­as como “la Semana de la Perseverancia”, y no es perseverancia lo que falta aquí­. Pero existe también un sentimiento de estar sitiados, y el miedo acechante de que la gente acabe sucumbiendo a una realidad más triste. Junto a las hogueras, en las que hay más humo que fuego, los hombres debaten sobre si Mubarak se marchará mañana o pasado. La respuesta, probablemente, es ni mañana ni pasado. El gobierno ha empezado a recuperar el paso tras 13 dí­as de levantamiento.

“Quién sabe cómo será la vida después de Tahrir”, dice Mohammed Ali, uno de los manifestantes. “No sé si podemos ganar o no. Ellos tienen el poder, pero nosotros no somos débiles”. “La palabra del pueblo,” añade, “es más fuerte que las armas”.

A las tres de la madrugada las palabras se propagan por la plaza en forma de canciones de los años sesenta y setenta. “Oh, Egipto, aún somos muchos, no tengas miedo del poder de los otros”, dice una de ellas. Mohi Salah toca un oud y canta otra canción a la multitud: “Si muero, madre, no llores; habré muerto para que mi paí­s viva”.

El debate polí­tico se hace también más intenso cuando cientos de personas empiezan a discutir, micrófono en mano, sobre si la televisión egipcia deberí­a ser vetada en Tahrir y si deberí­an descolgarse los muñecos de los semáforos (ambas propuestas son rechazadas, a mano alzada).

Y, por todas partes, ese sentido del humor famoso entre los egipcios. “Mubarak, por favor, vete”, reza una pancarta, “hace 20 dí­as que me casé, y echo de menos a mi mujer”. Otro bromea con que Mubarak se ha inmolado para protestar contra su pueblo.

“¿Dónde puedo encontrar a los jóvenes de Facebook?”, pregunta un campesino del sur del paí­s. A medida que se va acercando el amanecer, los jóvenes empiezan a teclear en sus ordenadores y a hojear Twitter y las páginas web de los canales árabes por satélite, gracias a las conexiones a Internet desbloqueadas en los apartamentos que rodean la plaza.

Los hombres esperan hasta dos horas en la cola del único baño que hay en la plaza, en la mezquita de Omar Makram. Se levantan dos tiendas de objetos perdidos. Otra tienda se ha convertido en la casa de varios artistas. Uno de ellos declara que Tahrir es la Revolución de la Luz, y hay algo que encaja bien en su descripción, una idea de lo efí­mero y lo fugaz.

“Dios ha curado mis dolencias aquí­”, dice Ali Seif, de 52 años, un fotógrafo que ha estado en la plaza desde que empezó el levantamiento y que asegura padecer diabetes y problemas del corazón. “Así­ es como te sientes cuando hay libertad”, dice Ibrahim Hamid, a su lado.

Poco después de las cinco de la mañana, cuando un resplandor suave se filtra a través del cielo, comienza la llamada a la oración. “Rezar es mejor que dormir”, dice a gritos el almuédano. Los hombres y las mujeres se despiertan y se unen a su comunidad, mientras la llamada se va mezclando y propagando por una capital conocida como la Ciudad de los Mil Minaretes. Por un momento, Tahrir vuelve a entrelazarse con El Cairo.

Mohamed Farouq se ha detenido a la entrada del puente de Kasr al Nil, el pasaje hacia Tahrir. “Esta es la sociedad en la que quiero vivir”, dice.


Traducción del inglés: Miguel Máiquez
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